Los descansos de clases estaban divididos en dos tandas matutinas. El primero antes de las nueve y el segundo antes de las once.

En ambos, la prioridad de los estudiantes era comprar algo de comer para mantener las energías hasta el mediodía -hora de salida- y dejar que el cerebro respirara de los asuntos relacionados con las matemáticas, literatura, química y errores de maestros. Maestros que desde un púlpito, hecho de cemento y baldosas, dictaban los parámetros de una educación bancaria y encerrada en un cubo para nada imaginario. Pobre el que osara ir en contra de la enseñanza estipulada en reglas y castigos.

Creo que por eso mi bachillerato, en especial el tramo final, fue una carrera de obstáculos y desesperanzas que sorteé como San Jorge matando al dragón; para que no derrotaran mi esperanza. Además, lo admito, era un rebelde (con causa).

Pero esto no tiene nada que ver con la filosofía de la pizarra y sus virutas de tiza. Es acerca de lo bien formadas que son un par de nalgas.

Mi memoria me envía destellos. Una niña con pelo en rulos y cintas de diversos colores para domar aquella melena. Piel con tonos de avellana tostada y una sonrisa, un poco torcida, que denotaba seguridad sobre los dos pies que calzaban aquel cuerpo adolescente. La camisa reglamentaria del colegio, que fallaba en ocultar la belleza de su pecho, y unos pantalones azul marino pegados desde la cadera hasta los muslos que jugaban con la forma de una pera bamboleante traducida en su trasero. Era hermosa. Es hermosa.

La niña más bonita de la promoción. La más inteligente. La del futuro más prometedor.

Habré cruzado tres palabras con ella por aquella época. Nuestros caminos no se unieron sino hasta diez años después. Ahí seguía: con su pelo en rulos, su piel de Nutella y esas formas con las que juega mi memoria. Pero ahora, toma mi mano, me abraza, pelea conmigo, carga a mi hijo, sonríe -con esa pequeña desviación en los dientes que me encanta- y me aconseja. Sus nalgas son igual de redondas, y hermosas, pero ahora complementan la calidad de una mujer que se ha metido en mi piel y plantó bandera. Una mujer que se ha convertido en las mejores partes de mi.

Me enseñó acerca de la humildad, de la realidad, del amor y de las circunstancias.

Y también, me enseñó  a cocinar arepas con la forma correcta.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.