El arco iris se extiende

en el abanico del loro

Suave música de espejos:

el ángel revolotea en la onda sonora.

Alfredo Gangotena, El arcoíris

 

Es muy falso eso que dicen sobre los arcoíris: que en uno de sus extremos se esconde una olla de oro. Al final del arcoíris, mejor dicho, de cada arcoíris porque son todos diferentes, no hay más que tierra y sobre esa tierra, sin embargo, está cada una de sus bases que como las patas de una mesa son sólidas, se asientan sin miedo para sostener un cuerpo magnífico, tan dulce como rustico y tan visible como ilusorio.

Yo voy al final siempre, es donde los recojo, conozco ya muy bien sus patrones de movimiento y por eso siempre llego en el momento preciso, al lugar exacto y veo esas bases lánguidas; por eso también sé, puedo jurarlo por Dios, que no existe ningún oro. No aprendí esto de nadie, soy el pionero. Y aunque tampoco me considero un cazador (es ya muy despectiva esa palabra), debo reconocer que se requiere de una técnica minuciosa y bien cuidada que he podido ir perfeccionando con los años, estos trece años.

Mi soberado está preparado para recibirlos. Hay oscuridad total y eso es indispensable pues su luz es ya tan incandescente que requieren de la más negra penumbra para sentirse útiles. No obstante, y me adelanto a cualquier objeción científica, también requieren de la luz natural del sol para brillar y exponer todos sus colores. En tanto, abro una rendija en el techo para que el sol llene hasta la mitad el cuarto y así no se apaguen, no se quemen, mis huéspedes necesitando su luz.

Se requiere de un cálculo para predeterminar su aparición. Obviamente no siempre las condiciones climáticas lo permiten y en esos días ni me molesto en buscarlos. No aparecerán. En cambio, si en medio de un día luminoso empieza una llovizna o viceversa, se me saltan un poco los nervios, me subo al jeep y con mi agenda en mano voy conjeturando los datos, la posición del sol, la densidad de la lluvia, la hora del día y conduzco, a veces llego a siete u ocho locaciones incorrectas antes de dar con la precisa. Cuando salgo, lo hago sin muchas preocupaciones pues el soberado queda preparado y sé que al llegar, la bienvenida será no solo especial, sino gratificante. De esta forma, cuando estoy parado, con ansias y a veces hasta miedo, en el punto adecuado, no debo pensar en “preparativos” como todos siempre hacen con todo. Realmente solo espero, eso si no lo puedo calcular, el momento de la aparición y estiró los brazos para sentir como la luz me toca los dedos y los envuelve en color.

Apenas puede durar unos segundos esa comunión pues de inmediato debo poner en marcha el sigiloso plan para llevármelo. Aquí nuevamente se toman en cuenta una serie de condiciones que van determinando sus destinos y que finalmente me indican cómo proceder, por donde sostener, qué no tocar, cómo amarrar, amortiguar y finalmente taclear para llevarlos en la parte trasera del auto directo al soberado, que ya para entonces yo pensaría (si tuviera vida) estuviera deseoso de recibir a sus nuevos invitados. Es una estrategia perfecta pues el espacio es limitado, lo suficiente para admirarlos. Con el tiempo (hablo de tres a cuatro semanas) los colores se van degradando, de fosforecer pasan a una gama pastel que finalmente es turbia como el agua de manzanilla después de un día sin ser tomada y desaparecen. No se vuelven agujeros negros, no empequeñecen tampoco, las manchitas sepias se quedan impresas en los colores naturales y aburridos del piso, paredes y techo del soberado y es como si nunca hubieran estado ahí.

A veces esta fase final me duele, pero solo cuando uno de ellos ha sido muy difícil de atrapar, cuando ha sido muy grande o por su defecto, muy delgado y casi invisible. Aquellos que solo tienen un extremo en tierra y otro volando en el aire son los más patéticos, y no los cazaría (atraparía) si no fuera porque el temporal de vez en cuando solo produce de esos. Pero duele, es duro verlos apagarse, se abre como un vacío muy tangible que solo se llena cuando llegan dos o tres más. Sí, exactamente, la partida de uno se reemplaza con la llegada de dos. Hoy, el soberado está copado, eso también es difícil, pues veo algunas nubes grises desafiar al sol por la ventana y prefiero taparme fuertísimo los ojos. Arriba en el soberado los oigo gritar, quieren salir, es una lástima que ninguno comprenda que la vida tiene ciclos, como en todo, y que si alguna vez fueron libres, para brillar sin pudor y ser la evidencia de las contradicciones del clima, esta vez deberán acoplarse a iluminar la oscuridad, a que hay que ser versátiles. Hoy está copadísimo el soberado, por eso escribo esto, por eso estoy en casa cerrando las persianas de todas las ventanas pues parece que va a llover y con el sol incendiario de esta mañana es más que seguro que en unas horas aparezca otro arcoíris en el cielo.

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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