Tu padre acaba de explicarte cómo y a qué velocidad viaja la luz, pero tú te niegas a creer que ese parpadeo en el cielo es sólo un reflejo, el vestigio, perceptible aún, de la estrella que no existe más. Tendidos en la cama, junto a la ventana, miran el recuerdo del astro que fue.

Tu padre te habla de la relatividad del tiempo, pero también de la importancia de las leyes de la mecánica clásica que intentas aprender de memoria, para luego olvidarlas con el solsticio de verano. Un día él pondrá todas sus cosas en una maleta y dejará atrás la ciudad, movido por la ley del hastío. Años después regresará desmemoriado del sitio donde nadie le dio anclaje a sus recuerdos. Las migraciones traen asociada pérdida de memoria: primero olvidas el número de teléfono de tu mejor amigo; luego, la cara de aquel vecino, el número en su puerta, el color de la verja que conduce a su portal.

Un día él volverá con el mismo equipaje. Recordará tu rostro, el día de tu nacimiento, el de tu ahora reciente catorce cumpleaños y el día de hoy, pero habrá olvidado o barajado lo que ocurrió en medio. Le parecerá haber escuchado ayer la voz de la madre, muerta cuando era un niño; pero las tres palabras dichas un minuto antes por el médico para comprobar la retentiva del paciente le serán imposibles de repetir: árbol, pelota, bandera.

Un día tú también te irás, pero ahora no puedes saberlo, predecir el futuro escapa a todas las leyes físicas que has tenido que aprender para aprobar la asignatura. Ahora estás aquí, apocada por la realidad de la estrella burlona que les envía un autorretrato antiguo y les habla quizá desde la muerte misma. Qué cosas extrañas comparten un padre y una hija al final del día…

Escrito por Yairen Jerez Columbié

Yairen Jerez Columbié (La Habana, 1985). Entre Irlanda y Cuba: periodismo, poesía, educación superior, investigación. Actualmente imparte clases de estudios culturales catalanes y latinoamericanos en University College Cork de Irlanda, donde se doctora en estudios hispánicos.