Al fin llegué a mi santuario, o a mi infierno, no lo sé. Al menos aquí dentro de estas cuatro paredes no recibo órdenes a las que tengo que responder con una sonrisa en el rostro, ni estoy obligada a usar mi tiempo para servir a personas que jamás me darán las gracias. La lluvia ha convertido mi ropa y maquillaje en trapos húmedos y tinta (más dinero tirado a la basura, como todo en mi vida). No quiero pensar ni hacer más nada que tirarme en la cama. Quiero cerrar los ojos a ver si puedo paralizar el tiempo y así abstraerme de este mundo lleno de absurdos. Mi estómago empieza a rugir. Tengo hambre. Pero no se me antoja nada de lo que tengo en casa y ni pensar en pedir a domicilio.

No tengo plata. No quiero verle la cara al que trae la comida y soportar su mirada de lástima, o lujuria, no lo sé. Pero tocará comer algo, no estoy para tener gastritis en estos momentos; además, no sirve de nada rebelarme e iniciar una lucha que nunca voy a ganar, yo aquí solo soy una esclava que responde a muchos amos: el cuerpo, los sentimientos, el dinero, la sociedad; todos me controlan, son ellos los que dirigen el rumbo de este barco que soy. He tomado decisiones que pensaba eran inquebrantables y se han desmoronado con cosas tan pequeñas como un beso en el cuello. Maldita lujuria, no me puede dejar en paz, quisiera tener un cuchillo para extirparme todas esas necesidades que me hacen cometer burradas, ya no quiero seguir diciendo no con la boca y sí con las piernas, soy una figura en su colección, lo sé, pero qué puedo hacer si lo tengo cerca todos los días. La naturaleza es clara y él es mi tipo de macho, un semental de alta calidad que llena todas mis expectativas como hembra. Pero es sólo sexo, el mejor de mi vida y el más caro. Como diría mi madre: “Hacer cosas incorrectas desequilibra tu vida y te roba la paz”.

Necesito comer, mi estómago me pasará factura si no lo hago pronto. Un emparedado de jamón y un té de canela no me caería mal. Todo este tiempo pensando tonterías y sigo con la ropa mojada puesta. Me despojo con rabia de este disfraz que me veo obligada a usar a diario, lo arrojo en una esquina y tomo la primera camiseta que encuentro; ese es uno de los beneficios de vivir sola: puedes andar desnuda si te da la gana sin que te cuestionen.

Pongo el agua con la canela a hervir, veo el fregador lleno de platos sucios y no puedo evitar compararlo con mi vida. Yo también tengo mucho acumulado en espera de limpieza que siempre dejo para después. Mientras hierve el agua, me preparo un emparedado con un poco de mostaza, como le gustaba a mi abuela.

Recuerdo que debo cocinar para llevar almuerzo (al día siguiente) y así estirar un poco la quincena. Se escucha el repicar de la lluvia que no ha dado tregua en todo el día, las piernas desnudas empiezan a resentir el frío y añoran calor; malditos deseos, no lo haré, ni pensar en traerlo aquí, no mancharé el único lugar que conserva algo de sacralidad en mi vida. El agua ya está hirviendo, la apago y vierto el contenido en una taza, me siento a la mesa a engullir mi cena, tiene mejor gusto de lo que pensé. Enciendo el televisor: programas de concursos en los que lucran con la esperanza de la gente, voy pasando los canales y decido dejarlo en uno de música suave, no quiero saber nada del mundo ni de sus trampas, tengo muchas cosas que hacer que no haré; por lo pronto, terminaré aquí y me iré a la recámara, aprovecharé el clima; con suerte hoy el insomnio me dejará descansar. Me levanto de la mesa, coloco los platos en el fregador.

Voy al cuarto, me dejo caer sobre la cama, imploro a todos los astros que mi noche sea placentera y larga¸ me tiendo boca arriba, examino el techo cual si fuera una noche estrellada, en busca de respuestas.

Caigo en sueño profundo.

¡Esta vez será eterno!

 

 

 

Escrito por zakira mussa pineda

Panamá, Colón 1988 Soy otra de las que busca un camino, abogada de profesión, escritora de corazón