Me incomoda la idea de que el lenguaje tiene poder absoluto sobre el pensamiento, pero por mucho que me moleste aceptarlo, es cierto que el lenguaje puede tener un poder increíble sobre nuestro pensamiento y por ende sobre nuestras vidas.

Este suele ser el caballito de batalla de aquellos que buscan cambiar el lenguaje para obtener uno u otro objetivo. Si puedo cambiar la forma en que dices ciertas cosas, formulan estas personas, puedo cambiar la forma en que piensas sobre ciertas cosas. Quienes abogan por el lenguaje políticamente correcto, por ejemplo, siguen por lo general estas ideas.

Escribir “bienvenidxs todxs” en lugar de “Bienvenidos todos” sería un cambio en el lenguaje que, se supone, habría de generar inclusión en el discurso y por tanto inclusión en el pensamiento… (aun cuando en el español la segunda opción sea válida tanto para un colectivo de sólo hombres como para colectivos de hombres y mujeres).

En principio no tiene nada de malo, el lenguaje es algo que evoluciona con nosotros y, no está demás ponerle atención al lenguaje que usamos. Pero en lo personal considero que hay algo sumamente insidioso en todo de esto de modificar el lenguaje para modificar el pensamiento.

Como seres humanos una de las cosas más vitales dentro de nosotros es el pensamiento y creo que no está demás mirar con escepticismo y sospecha a aquello que tiene la capacidad de alterar algo tan vital como nuestro pensamiento.

Un ejemplo de esto, podemos encontrarlo en los supermercados cada vez que leemos que tienen a la venta vegetales orgánicos. Cuando escuchamos este término “vegetales orgánicos” por lo general pensamos en algo que es saludable y si seguimos el hilo de este pensamiento llegaremos en poco tiempo a todo tipo de retoricas de la vida sana, hablaremos de dietas, de ejercicio y de alimentación…

Pero pensemos un momento en “vegetales orgánicos” si lo piensas bien es un término redundante que a la hora de la verdad no dice nada. A menos de que haya algún vegetal compuesto de aleaciones de tungsteno del que no me haya enterado, todos los vegetales son orgánicos. Orgánico hace referencia o a sistemas de órganos o a las substancias de las que están compuestas los seres vivos. Toda la comida, saludable o no, es orgánica así que sin dudas un vegetal es orgánico, pero si te fijas bien ese vegetal que tiene “orgánico” en la etiqueta, es posiblemente más caro que los demás.

Las palabras han sido alteradas, retorcidas para cumplir un propósito, en este caso, asociar un producto con algo deseable. El lenguaje cambia nuestro pensamiento y es por esa razón que pagamos un absurdo extra por un vegetal marcado con un término redundante.

Dejar pasivamente que nuestro pensamiento sea cambiado por las palabras es algo peligroso, y no solo hablo de molestias tontas como la del ejemplo, recordemos que en algún punto de la segunda guerra mundial “Solución final” fue el término que se usó para vender ideas horribles, de las mima forma en que “vegetales orgánicos” se usa hoy día para estafar a quienes se preocupan por su salud.

Debemos ser críticos con los cambios que se hacen al lenguaje, no tanto por las cosas que se puedan decir, sino por el hecho de que el lenguaje se presta para actos de control mental que uno creería relegados únicamente a psíquicos de la ciencia ficción.

Yo en lo personal he empezado a rechazar el lenguaje políticamente correcto, siento que en alguna parte de aquel lenguaje hay una jugarreta igual de sucia que la de los vegetales orgánicos.

No tengo más que decir además de: Desconfiad lectores, desconfiad no solo de los vegetales orgánicos, sino de quienes retuercen las palabras.