A las letras germanas, como a otras, es posible ingresar por la puerta grande, o bien, escabullirse por la parte de atrás. Cuando se habla de letras argentinas, por poner un caso, parece obligatoria cualquier lectura sobre Jorge Luis Borges, pero, si hay algo que caracteriza a la literatura de ese país sudamericano, es su naturaleza eficazmente ecléctica. Borges puede ser considerado el mayor emblema de su país; no el único. Algo similar podría decirse sobre el territorio que conforman hoy las tres principales naciones germanoparlantes ‒Alemania, Austria y Suiza‒. Es que ha sido, pese a las reconfiguraciones políticas, una vastedad en sí misma, al menos, desde el punto de vista literario. Pensar a esta tierra desde la literatura es pensarla también, desde la historia, desde la cultura, desde la propia política. Así, la cuna del escritor sobre el que se centra este artículo, es Salzburgo, la misma ciudad del prodigioso y celebérrimo Wolfgang Amadeus Mozart. Ese escritor es Georg Trakl.

Georg Trakl, muy posiblemente, no aparecería entre los primeros autores en alemán de una lista de recomendados. El peso de algunos, como suele suceder, mella el protagonismo de otros en un escenario tan inabarcable como el de las letras germanas. Asimismo, y gracias a las facilidades que nos proveen las nuevas tecnologías, bucear y rescatar tesoros en el fondo ‒a aquellos escritores perdidos o injustamente olvidados‒ se ha vuelto, prácticamente, cosa de todos los días. Georg Trakl, quizá, se fue demasiado pronto como para ganar esa pulseada que todo escritor libra contra el mundo y contra sí mismo. Abandonó antes. Murió joven y alejado de su patria. Murió en una cama de hospital tras una vida de tormentos y de reiterados intentos de suicidio. Se fue, estaba solo. Su hermana más querida y con quien suele involucrárselo en una relación tan fuerte como prohibida, ‒a quien Georg llamaba cariñosamente Gretl‒ decidiría correr la misma suerte que él tres años más tarde, en Berlín.

Georg Trakl (centro) junto a sus cinco hermanos.
George Trakl (centro) junto a sus cinco hermanos

Lo cierto es que Georg Trakl vaciló entre el éxtasis de la poesía y el teatro y los influjos de apaciguar su locura por medio de los estudios formales en Farmacia. Encontró en la dramaturgia de Ibsen y Maeterlinck un reducto y una escapatoria al mismo tiempo.  Esa clase de contradicción que embriagaba sus días. Fueron las composiciones de Chopin, Schubert y Liszt parte de ese microcosmos que, el escritor austríaco   inventó para   ahogar otros ahogos.    Pero, todo esfuerzo por huir de ese caos interno, sería en vano. El alcohol lo acompañó hasta el último día.

La guerra del 14 no pudo menos que socavar aún más en ese hombre joven con el alma agusanada. Dada su profesión de farmacéutico, fue enviado al frente, a ocupar fila entre las tropas austro-húngaras. Fue allí que presenció los peores horrores que el mundo había visto hasta el momento. La guerra en carne propia, soldados reventados por los disparos y los estallidos, gimiendo en las trincheras. Algunos clamando que los dejen morir. Él también querrá morir y lo pararán sus compañeros. Son días en los que cunde el pánico, la desesperanza total en la humanidad.

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Amante empedernido de las obras de teatro de Ibsen y Maeterlinck y de la poesía de Rimbaud y Baudelaire.

La vida de Georg Trakl es la vida de un hombre que, de niño, fue estudiante mediocre.  Hijo de un ferretero luterano y una melómana católica de origen eslavo, Trakl fue un hombre abatido por el amor incestuoso que le profesaba a su hermana. Fue, también, ese Poète maudit de una Austria rica en personajes de la cultura como en profundos cambios de orden geopolítico. En una carta, su amigo Von Ficker así lo definía:

…Siempre se le hacía difícil arreglárselas con el mundo exterior, al tiempo que iba ahondándose cada vez más en el manantial de su creación poética… Bebedor y drogadicto empedernido, jamás le abandonaba su porte noble, de un temple espiritual fuera de lo común; no hay hombre que haya podido verle jamás tambalearse siquiera, o ponerse impertinente cuando bebía, si bien, a horas avanzadas de la noche, su forma de hablar, por lo demás tan delicada y como rondando siempre un mutismo inefable, se endurecía a menudo con el vino de una manera peculiar y, entonces, podía aguzarse en una malicia relampagueante. Pero, por debajo, solía sufrir él más que aquéllos sobre cuyas cabezas descargaba como un rayo la daga de sus palabras en el corro enmudecido, pues en tales momentos parecía de una veracidad tal que le partiera auténticamente el corazón. Por lo demás era un hombre callado, ensimismado, pero en modo alguno reservado; al contrario, sabía entenderse bondadoso y humano como el que más con gente sencilla y franca de cualquier clase social, de la más alta a la más baja, con que tuvieran el corazón “en su sitio”, en particular con los niños. Bienes apenas le quedaban, tener libros siempre le pareció superfluo, y acabó “liquidando” por lo que le dieran todo su Dostoievski, al que veneraba fervientemente… Entonces estalló la guerra, y Trakl tuvo que ir al frente en su antiguo puesto de farmacéutico militar con un hospital volante. A Galitzia. Al principio aquello pareció romper el hielo y arrancarle a su pesadumbre. Pero luego, tras la retirada de Grodeck, recibí desde el hospital de plaza de Cracovia, adonde se le había llevado para observación por su estado psíquico, un par de cartas suyas que sonaban como llamadas de socorro de su alma.

Su intervención como oficial médico en la batalla de Grodeck (actual Galitzia ucraniana) lo inspiró a escribir uno de sus más famosos poemas, de título homónimo. Tras permanecer un tiempo internado en una clínica neuropsiquiátrica en Cracovia, se fue definitivamente el 3 de noviembre de 1914. Una sobredosis con cocaína pondría fin a todo.  Tenía 27 años y la Primera Guerra Mundial llevaba sólo cuatro meses de iniciada. Antes, cuentan algunos archivos epistolares, se había asegurado de enviarle a su amada Gretl, una cuantiosa suma de dinero, donada por nada más y nada menos que Wittgenstein. Del filósofo se sabe que Trakl había conocido en el círculo de intelectuales alemanes y la admiración era mutua.

A continuación, un poema de Trakl (versión original y traducida). Su obra completa ha sido llevada al español por Editorial Trotta (Madrid).

SOMMER
Am Abend schweigt die Klage                                           
Des Kuckucks im Wald. 
Tiefer neigt sich das Korn, 
Der rote Mohn.

Schwarzes Gewitter droht 
Über dem Hügel. 
Das alte Lied der Grille 
Erstirbt im Feld.

Nimmer regt sich das Laub 
Der Kastanie. 
Auf der Wendeltreppe 
Rauscht dein Kleid.

Stille leuchtet die Kerze 
Im dunklen Zimmer; 
Eine silberne Hand 
Löschte sie aus;

Windstille, sternlose Nacht.


VERANO

Al atardecer, cesa el quejido
de los cucos en el bosque.
Se inclina el grano,
la roja amapola.

Una oscura tormenta amenaza
sobre las colinas.
La vieja canción de los grillos
fenece en el campo.

Ni se inquieta ya la hoja
del castaño.
En la escalera caracol
zumba tu vestido.

Silenciosa ilumina la vela
en una habitación a oscuras;
que una mano plateada
apaga.

Noche sin viento y sin estrellas.

 

[1](San Luis, Argentina, 1992 – Escritora. Estudiante de Lengua Alemana)

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