Era distinto cuando había gente en el mundo
—prosiguió—gente que sabía que un hombre
podía convertirse en león de montaña o en
pájaro, o que un hombre podía volar así nomás.
Carlos Castaneda, Las Enseñanzas de Don Juan.

Introducción

Para definir el problema que aborda el presente trabajo nada mejor que el clamor de André Breton: “No; los ‘grandes hombres’ que vosotros proponéis, salvo raras excepciones, no son los nuestros. Su sombra no cubre sino una ínfima parte de la tierra que nosotros reconocemos. Rendidnos cuentas, pero ya ¿eh?, de lo que habéis hecho por el camino con el mayor interrogante del espíritu humano…Basta de historia elemental, ¿qué nos escondéis?”. Con este grito -cuenta Alexandrian (2003, p. 43)- Breton acusaba a artistas y pensadores de haberse quedado mudos o, aún más, de haber olvidado por completo a una tradición de pensamiento (filosófico) y a los hombres que con sangre y lágrimas la han cultivado. ¿Alguien acaso sabe quién fue Francis Barret y qué escribió? Demasiado pocos. ¿Pero qué tal de Saint-Yves d’Albert, René Guénon o Hoené Wronski? Tampoco muchos. Quizá (y sólo en cierta medida) se haya oído hablar (o se haya tenido en pequeño acercamiento) a Cornelio Agrippa, a Fulcanelli, a Ramón Llull o a Dionisio Aeropagita. ¿Será acaso que estos autores no valen la pena ni siquiera para ser leídos (y/o para ser leídos con mayor profundidad)? ¿En qué parte de las Universidades están “enterrados” sus libros? ¿Por qué los “enterraron”? Probablemente apelativos como: charlatanes, pseudo-filósofos, mentirosos, locos, chiflados, estén aún rondando por la mente de algunos de los que, al menos, saben sobre su existencia. O quizá sea que nos gusta la moda y lo inmediato, aquello gastado en comentarios y vueltas sobre sí mismo y hemos olvidado buscar en otras partes. Pues bien, ésa es la propuesta para aquél que guste de leer este pequeño artículo: adentrarse un poco en “terrenos desconocidos”, conocer algo distinto de lo habitual y tratar, finalmente, de comprender un sistema cultivado a lo largo de los siglos, es decir, tratar de entender qué pueda ser aquello que se denomina Filosofía Oculta1.

Que quede claro desde un inicio, mi objetivo no es el de rendir culto y pleitesía a la llamada Filosofía Oculta, sino, solamente, introducir al lector en aquello que ella pueda ser. Trataré, con base en esto, de formular, en la primera parte, una pequeñísima historia de este saber que es en este momento más la base de una arqueología que una total apología. En la segunda parte, adoptaré críticamente algunas nociones de las posturas del trascendentalismo kantiano y el voluntarismo schopenhaueriano para así dirigirme y aterrizar conceptualmente, mediante el método hermenéutico-analógico (Mauricio Beuchot, 2007), lo hasta ese momento comentado; para concluir con sus posibles métodos y herramientas. Sin embargo, como se verá a lo largo del trabajo, no puedo dejar de adoptar un leve tono de “reproche” para aquellos que simplemente descalifican esta rama de la filosofía sin siquiera conocer sus fundamentos y sin haber nunca leído seriamente a alguno de sus autores -como quien sin jamás haber leído a Platón quisiera decir que no vale la pena-. Por ello es que si bien, como ya dije, esto no pretende ser una apología, lo que sí pretende es abrir nuevos horizontes, o sea, hacer una invitación formal al lector a estudiar lo que sea la Filosofía Oculta y para ello he de justificar su importancia y su validez como pensamiento sensato y coherente, que no como puras galimatías de locos (aunque, como en todo, tampoco está exenta de ello). Esto mismo es lo que expresa Alexandrian (2003) en su Historia de la Filosofía Oculta al decir:

Es difícil juzgarla sin caer en uno u otro extremo, la credulidad o el escepticismo, que perjudican igualmente la objetividad. Cuando uno es demasiado crédulo ante los hechos […] no se es capaz de trazar una visión global atinada de ellos y reclasificarlos con íntegro sentido crítico. Y […] cuando uno se mantiene inflexiblemente escéptico corre el riesgo de perder la preciosa información que encierra sobre el hombre y el mundo, y de tomar por divagaciones […] las diversas opiniones que han tenido influencia real en las costumbres (p. 9).

Pero acaso, como hemos dicho ya, no vale la pena ni tomarse la molestia de averiguar acerca de ella. Quien así piense es porque, o tiene una mirada superficial, o ya lo intentó y no encontró nada (lo que implicaría tener razones que expliquen su postura) o porque posee un saber infinito y total, capaz de juzgar a priori y sin necesidad de la experiencia:

Para reír de anticipado al oír hablar de simpatía secreta o de acción mágica, es preciso hallar el mundo por completo comprensible, cosa que no cabe le sucede más que a aquel que lo mira con superficial mirada, sin sospechar siquiera que estamos sumidos en un mar de enigmas y de incomprensibilidades, y que no conocemos inmediatamente a fondo las cosas ni a nosotros mismos […] Si nuestro modo de natural de conocer fuera tal que nos procurase inmediatamente las cosas en sí y, por lo tanto, relaciones absolutamente verdaderas de las cosas y sus respectos, estaríamos autorizados a rechazar ‘a priori’ e incondicionalmente, por consiguiente, toda presencia del futuro, todas las apariciones de ausentes o moribundos , o aun de difuntos, y toda influencia mágica (Arthur Schopenhauer, 2003, p. 164-165).

Siguiendo las palabras de Schopenhauer, este artículo está dirigido a aquellos que no poseen la sabiduría absoluta y que, consecuentemente, tienen los sentidos y la mente abiertos a nuevas posibilidades y nuevos conocimientos. Pues lo que sí parece viable afirmar en este momento es que la Filosofía Oculta es un conjunto de conocimientos (probables y/o improbables, acertados y/o erróneos) que han permanecido en el espíritu de muchos hombres con el correr de los siglos2. Ahora bien, es importante aclarar antes de iniciar este trabajo que no iniciaremos el trayecto con una definición de “oculto”, “ocultismo”, “magia” o “pensamiento mágico”, sino que quisiera que estas definiciones surjan y crezcan paulatinamente de la investigación que aquí se emprende (Lucian Blaga, 1983, p. 198).

  1. Orígenes

Para tratar de alumbrar el contenido de un concepto, esto es, aquello que la palabra esté tratando de decirnos, en lo que va su significado y definición, es necesario (aunque no siempre suficiente) hacer un recorrido histórico que nos haga partícipes del surgimiento de un concepto, de sus pensadores y de sus fundamentos, lo que es lo mismo que estudiar al concepto en su devenir histórico. Será, pues, éste el método que utilice para guiar la primera parte de esta investigación. Qué sea entonces la Filosofía Oculta es cosa que debemos preguntarle al tiempo, que es preguntarles a aquellos que la comenzaron a cultivar: preguntarles sus razones y/o motivaciones y pedirles cuentas de ellas: ¿a qué denominaron Filosofía Oculta y porqué la denominaron así, con este nombre y no con otro? Remontémonos pues en el tiempo.

    1. El antiguo secreto

En varias sociedades de la Antigüedad (Egipto, India, China, Persia) existían, en términos generales y de forma sistemática, tres clases de enseñanzas y cada una era impartida por distintas “instituciones”; así, estaba la educación profesional, que era impartida por la tribu: una especie de oficio familiar o comunitario. Más allá de éste, en cuanto a tiempo y a profundidad, se encontraba la enseñanza de los Misterios menores, que eran impartidos por los templos y sus sacerdotes. Después de muchos años de estudio, el alumno pasaba a obtener algún título (Hijo de la Mujer, Héroe, Hijos del Hombre, etc.) y con ello adquiría determinados poderes sociales. Y para aquellos que gustasen, aún se podía cursar los Misterios mayores (y así llegar al título de Hijo de los Dioses). Sin embargo, para ser admitido en estos Misterios se requería una Iniciación, esta iniciación proveía una especie de selección, que no se daba en torno a una clase social específica o algo por estilo, sino que estaba abierta a todos, siempre y cuando hubiese un verdadero ánimo de conocimiento. De lo que se trataba era de no profanar la sabiduría divina impartida, principalmente, por medio de una compleja simbología. “Aquellos cuya estúpida mirada al fijarse en esas imágenes y símbolos, en esas santas alegorías, no veían cosa alguna más allá, estaban sumidos en la ignorancia, es cierto; pero su ignorancia era voluntaria. Desde el instante en que quisieran liberarse, no había más que hablar”3 (Papus, 2002, p. 17-20). En resumen: ciertos conocimientos estaban ocultos para la mayoría y sólo eran revelados a unos cuantos elegidos. ¿Qué tiene que ver la filosofía con esto? Vayamos a su origen griego.

    1. La iniciación filosófica

Decir que la filosofía (griega) surgió como “filosofía oculta” podría tomarse como un error y no pocos estarían ya, en principio, dándome la espalda, considerándose equívoco mi proceder. Sin embargo, esto no parece ser muy disparatado. Si tomamos como cierto aquello que nos cuenta Cicerón de que fue Pitágoras quien acuñó por primera vez el término de filosofía (Leopoldo Zea, 1967, p. 9) y después revisamos el proceder de este hombre con respecto a la sabiduría, se entenderá plenamente a qué me refiero: Pitágoras no enseñaba a todos, sino que escogía a sus discípulos, haciéndoles una serie de pruebas (Iniciación) que acreditaran sus cualidades4; lo que muestra una clara concepción de que este saber había de ser, en gran parte, esotérico, es decir, sólo para unos cuantos iniciados, a los que en conjunto se denominaba secta pitagórica5. Lo mismo pasará con Platón y Aristóteles (entre otros), quienes, si bien, tienen una mayor apertura al público en general, no por ello pierden este espíritu, que algunos verán como “elitismo” y otros como protección (de los hombres frívolos)6. Pero lo cierto es que en sus inicios “oficiales7 gran parte de la filosofía fue un saber reservado para unos cuantos, o al menos tenía muy clara la división entre lo que habría que decirle a los elegidos (esotérico) y lo que se podía decir al público general (exotérico).

Hasta aquí sería una especie de “prehistoria” de la Filosofía Oculta, demarcada esencialmente por una praxis que bordará a tiempos posteriores, otorgándoles un “símbolo práctico” en el cual desarrollarse, pues si bien en este momento no encontramos todavía una formulación estricta de la Filosofía Oculta, sí podemos ver una manera de proceder ante el conocimiento: el Verdadero Conocimiento debe ser sólo para aquellos capaces de comprenderlo.

    1. Lo sagrado, lo religioso y lo mágico

Nuestro siguiente destino es la Europa Medieval Cristiana. Época marcada por mitos y leyendas, por el predominio social, económico y político de la Iglesia, por un aura de oscuridad, pero también por grandes filósofos (Orígenes, Agustín, Casiano, Abelardo, Escoto Eriúgena, Bruno, Alberto Magno, Tomás de Aquino8, entre otros muchos) y también por lo que hoy conocemos en occidente como magos y brujas. Alexandrian (2003) es muy claro: “Mi punto de partida es que la historia de la filosofía oculta comienza con los inicios del cristianismo” (p. 19). ¿Cómo entender esto? La razón nos la da Alexandrian a partir del análisis de la interrelación de tres conceptos: lo sagrado, lo religioso y lo mágico.

Estos tres conceptos son clave en el intento de descifrar qué es la Filosofía Oculta. El quid de la cuestión estriba en que si investigamos los ritos del antiguo oriente grecorromano nos daremos cuenta que en ellos estaban “confundidos” o mezclados estos tres elementos9, mientras que, en el occidente europeo-medieval, el cristianismo propugnado por muchos de los Padres de la Iglesia se encargó, a partir de las interdicciones decretadas en el 366 contra la astrología y los encantamientos, de dejar claro que estos conceptos no eran lo mismo y que ni siquiera se podían unificar. Lo sagrado era sólo terreno de la religión, mientras que lo mágico nada tenía que ver con estos dos y, se puede suponer, que hasta se veía como algo opuesto (en un sentido negativo). Así, desterrado de su antigua casa, el “pensamiento mágico” buscará la protección de la filosofía, con miras a justificarse como pensamiento mismo, comenzaría entonces a ser pensamiento de oposición, pensamiento revolucionario (y, por tanto, prohibido oficialmente) (Ibíd., p. 20).

Es cierto, también, que antes del cristianismo ya había castigos contra los magos (por ejemplo, en el Código de Hammurabi o la Ley Cornelia), pero estos no pretendían hacer una separación entre lo sagrado, lo mágico y lo religioso, sino simplemente castigar a aquél que utilizase la magia en perjuicio de otro (lo que hoy denominamos “magia negra”). Si a esto añadimos que templos de muchos cultos prestaban servicios de ciertos tipos de magia (como la adivinación, la purificación y hasta lo que hoy vendría siendo el exorcismo) daremos buena cuenta de que de lo que se trataba no era de prohibir, como tal, la magia, sino sólo regular sus usos (Ídem).

En cambio, el “cristianismo institucional” (Iglesia) sí vino no sólo a combatir y a desterrar, sino incluso a “despedazar” todos los cultos que no fueran él mismo (alienación), tachándolos de creencias abominables, producto de la intervención de Lucifer10. Así dieron comienzo una serie de persecuciones, castigos, instituciones (Inquisición) y ejecuciones que desgarrarían toda la Edad Media. Antes, sólo se trataba de regular los usos de la magia (su ejercicio ilegal y/o criminal), ahora la magia, en sí misma, es un delito y todos aquellos que, ya no digamos la practiquen, sino, simplemente, crean en ella son criminales diabólicos a los que hay que “salvar” con el “fuego divino” (Ibíd., p. 21).

Los dioses han muerto y ha nacido un nuevo culto, que maldice y condena a la Naturaleza misma que no es otra cosa que el mismísimo demonio encarnado: una flor está maldita. Adiós a Pan y a Hércules (Jules Michelet, 2008, p. 21-22). Bienvenidos sean los Santos.

Hombres sin duda alguna, muchos de ellos realmente virtuosos, se convirtieron en la nueva estrategia política de la Iglesia: “la propaganda de lo maravilloso”. Con ellos se pretendió erradicar el paganismo; la forma era un tanto simple: cambiar una superstición por otra; es decir, mientras en las religiones paganas se hablaba de dioses y de magia, en el cristianismo se hablaría de la vida de los santos, pero de una vida llena de milagros (curaciones, exorcismos, visiones, profecías, etc.) en donde lo imposible se volvía posible. ¿No les suena esto? Unas supersticiones se cambiaron por otras (claro está, éstas últimas se tuvieron por verdaderas y las otras por falsas, heréticas y diabólicas) (Alexandrian, 2003, p. 23). La Iglesia tenía ahora el monopolio del pensamiento y el actuar mágico, pero transformado en la Omnipotencia de Dios a través de su cuerpo místico.

Sin embargo, la Iglesia se enfrentó a un gran enemigo: el Pueblo. Y es que el pueblo no ha dejado nunca de creer en la magia” (Arthur Schopenhauer, 2003, p. 161). Al parecer ésta le es inherente: el hombre es un ser mágico por naturaleza (Ibíd., p. 166-167; Alexandrian, 2003, p. 11-15). La Iglesia invita a los antiguos dioses (ahora demonios) a morir; el pueblo los protege, los bautiza, los hace leyenda, “imponiéndolos a la misma Iglesia […] se mantienen en lo más íntimo de las costumbres domésticas”11 (Jules Michelet, 2008, p. 23).

No confundamos y es que, si bien, anteriormente de lo que se trataba era de alejar al hombre frívolo de los Misterios, aquí no será diferente; pues una cosa es que el Pueblo desde siempre haya creído en la magia y en los misterios (razón mitológica) y otra, muy distinta, es que acceda a ellos y les dedique investigación. El punto será el enemigo común, pues lo antes dicho: el Verdadero Conocimiento debe ser sólo para aquellos capaces de comprenderlo, se seguirá, entendiendo que (aún más que el Pueblo) es la Iglesia aquella incapaz de comprender este Saber. Sólo la Edad Moderna con su Lutero y su burguesía podrán interiorizar de tal modo a la Iglesia que olvidará -o creerá hacerlo- casi por completo a sus dioses y creará lo que damos por llamar Civilización y Conciencia Occidental (Rüdiger Safranski, 2008, p. 159-160). Pero esa es otra historia…

Tenemos así que la magia, otrora libre, ha de ocultarse otra vez, pero ahora por causas distintas: la Iglesia no la quiere: la Iglesia la condena, a ella y a todos sus fieles. Mejor será resguardarla en un lugar seguro: para algunos será la casa, el lecho; para otros, el pensamiento, la Filosofía12.

1 Es importante aclarar que este ensayo se centra en lo que se conoce como Filosofía Oculta en el marco del Occidente Europeo (pues en el Occidente de las Amerindias existe también una tradición mágica, sin mencionar el resto del mundo), dado que hablar de toda la Filosofía Oculta implicaría o varios artículos (suponiendo regiones) o un libro entero.

2 Quiero dejar claro, de una vez por todas, que no pretendo victimizar a la Filosofía Oculta, sino sólo revalorizarla en el marco del estudio filosófico. Ella y su terminología, como todos las demás vertientes filosóficas, deben ser expuestas al análisis y a la crítica, reparando sólo en la búsqueda de la verdad, sea ésa cual sea. Pero para ello habrá, primero, que reconsiderar y replantear cuál es su discurso (conceptos y métodos). Este es el punto esencial de este trabajo.

3 Es interesante también observar que algunas tribus prehispánicas tengan también una especie de proceso de selección de sus miembros, algo muy similar a las iniciaciones de las que aquí se hablan. (Carlos Castaneda, 2000, p. 278-280).

4 Esto no era nuevo sino que ya ocurría desde antaño, como por ejemplo, con los ritos órficos. (Kirk y Raven, et al, 1987, Caps. I, III y VII).

5 Para una aproximación más detallada a esta secta recomiendo el libro (novela histórica): (Benigno Morilla, 2004).

6 En cuanto a Platón mismo (separado de aquello que conocemos como Sócrates, pues en éste se muestra una actitud distinta) (Emilio Lledó: 2005, Cap IV). Aristóteles, por otro lado, imparatirá su enseñanza de forma oral (escuela peripatética), “dirigida en privado a sus mejores discípulos, y de un tenor diferente de la que vertía en sus cursos públicos y en sus escritos” (Alexandrian, 2003, p. 10).

7 Cabría aquí remontarme hasta las primeras civilizaciones (Egipto, China, Mesopotamia, algunas de Mesoamérica, entre otras) en las que, como Enrique Dussel, considero ya había filosofía; empero, esto llevaría a otras justificaciones y, por lo tanto, otros propósitos, potenciando este ensayo a una tesis de grado. (Enrique Dussel, 2011).

8 Es importante decir que casi todos estos autores se ocuparon de una u otra forma de ciertas cuestiones de la Filosofía Oculta (Santo Tomás de Aquino, 2001).

9 Los ejemplos abundan y nuestro actual guía (Alexandrian) da cuenta de muchos de ellos, por ejemplo, el hecho de que los asirios pudiesen pronunciar conjuros sin ser desaprobados por los shangu (sacerdotes); o que los griegos podían tranquilamente ir a adivinar su futuro al menteion (templo de adivinación) sin ser reprendidos por alguien. Y así la lista de ejemplos como estos es copiosa (Ídem). También es buena la observación que hace Schopenhauer al decir que es Occidente cuesta trabajo aceptar el hecho de que la religión esté separada del teísmo (como sucede en el budismo) y que, sin embargo, pueda estar unida a lo sagrado y aún a lo mágico. (Arthur Schopenhauer: 2003, Caps. VI y VII).

10 Paradoja ésta de una religión que profesa el amor aún a los enemigos y que, sin embargo, a diferencia de otras religiones, como por ejemplo, las tres principales de China (budismo, taoísmo y confucianismo), una parte de ella se encargó de destruir, tanto a quien se le opone como a quien no. Otro ejemplo conveniente es el pluralismo de una religión como la prehispánica, que aceptaba en su “panteón” a los varios dioses provenientes de otros cultos.

11 Incluso esta misma autora llega a afirmar que los santos no son otra cosa que los mismos mitos paganos. Reproduzco el pasaje: “Estas familias aisladas en el bosque, en la montaña, descendían una vez por semana, y no faltaban al desierto de las alucinaciones. Un niño había visto esto; una mujer había soñado aquello. Surgía entonces un nuevo santo. La historia corría por la campiña […] Se la cantaba y se la bailaba por la noche, junto al roble de la fuente. El sacerdote que venía a oficiar el domingo en la capilla de madera, encontraba ya esta canción legendaria en todas las bocas […] Llevada a la abadía, la historia encontrará un monje […] El monje escribe la historia, la adorna con su chata retórica, la arruina un poco. Pero ya la tenemos consignada y consagrada, lista para ser leída en el refectorio, bien pronto en la iglesia” (Ibíd., p. 30-31).

12 No se confunda lo que planteo. No estoy en contra del Cristianismo, pero sería justo separar conceptualmente Cristianismo y cristianismo (institucional). El primero es la doctrina, en sí, de los Evangelios, el segundo es la manera de institucionalizar esto por parte de la Iglesia (sobre todo del clero secular). Y de lo que se trata, en última instancia, es sólo de mostrar el cómo la Iglesia influyó en la consolidación de la Filosofía Oculta.

Escrito por Slaymen Bonilla

Licenciado en Filosofía (ULSA) y en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM), Maestro en Filosofía (CIDHEM) y Doctorante en Filosofía (COLMOR). En 2011 entra al Diplomado en Creación Literaria del “Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia” (INBA), en el que tiene la oportunidad de tomar clases con profesores de la talla de: David Olguín, Pablo Mandoki, Mónica Brozon o Jaime Augusto Shelley. Ha ganado cuatro certámenes de poesía: Grau Miró (España), Calaveras Literarias (México, FCE), CECIL (México, UAM-I) y Alejandría (México). Su Ópera Prima, El Cantar de Quetzalcóatl, Ehécatl, fue publicada, en su primera entrega, en 2014 por el Sello Editorial “Ediciones y Punto”. Ya para agosto publica Poemología (Textosterona), Rimisurdos –al lado de su gran amigo y hermano, el pianista Jorge Hernández Medrano– (Ediciones y Punto) y un ensayo sobre la Filosofía Náhuatl (Filosofar en tiempos de crisis, DelaSalle Ediciones). En 2015 da a luz su primer libro de aforismos filosóficos, Distófrasis, al lado del Colectivo de Los Filósofos Malditos, del cual es cofundador. Tras el éxito obtenido con el Cantar de Quetzalcóatl, prepara la edición completa del primer tomo. Además, es autor de más de treinta publicaciones (poesía, cuento, ensayo, etc.), tanto en revistas digitales como impresas, nacionales e internacionales. En 2018 fue elegido por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM para integrar el Diccionario de Escritores Mexicanos, Siglo XXI (de próxima publicación).