A Nicolás Labarca

 

«Siempre has sido un inconsciente»: la última línea de Los pololos de mi mamá de Cristóbal Riego. Me cuelgo de este final que se nos presenta como abertura, como línea fuera de la página, como puente colgante hacia una explanada que nada tiene de final y todo tiene de zona que serena la lectura ansiosa por un cierre. Me pregunto, entonces, qué hay aquí de inconsciente, qué hay de inconsciencia en el protagonista –personaje innominado, atrapado en un «yo» sin nombre propio– y de qué materiales está compuesta la inconsciencia que ve la madre de este yo sin nombre que es su hijo, el primogénito. «Eres un inconsciente» como reto y también como frase de complicidad. Dicha entre risas mientras le desordena con una mano el pelo a su hijo, el púber de camino a la adolescencia, el adolescente de camino a la adultez, el niño, en todo caso, que torpemente, y a ratos a manotazos, intenta asirse a un camino suyo, distanciado de un padre que no deja de repetir –e importunar con– la exigencia de «hacerse hombre». Entonces: hay una madre –Andrea–, hay un padre, hay un hijo primogénito y hay un segundo hijo –Joaquín–, pocos años menor. Y hay también, entre todos, fisuras y silencios, inconsciencias. Hay también una historia quebrada entre padre y madre, que abandonaron la relación amorosa hace años ya. Y hay –claro, el título– una nómina de pololos de la madre, caricaturescos, ridículos incluso, anecdóticos: Charly, Tolchinsky, Marco. Y hay una historia que en principio parece exigir ser escrita: «Me gustaría establecer una cronología completa, detallada, abarcadora. Para que la vida privada de mi mamá pueda ser reconstruida tras su muerte» (114), dice el protagonista. Una cronología de la madre en relación con otros, otros que son parejas, amantes, hombres con los que chatea, otros que entran a la casa, que se quedan sigilosos o bien que salen antes del desayuno en puntillas. Podríamos esperar, así, que el protagonista colme ese objetivo, esa necesidad de la cronología, ese catálogo raro e irregular de caricaturas que a veces nos causan gracia, otras tristeza o muchas veces vergüenza. Pero no. O quizá sí, quizá se trate de una novela sobre los pololos de la madre. Aunque quisiera creer que no. O tiendo a pensar que no. Me inclino a leer otra cosa. Si acaso pudiéramos ponerle un sustantivo a este libro, si acaso yo me pusiera de pronto sintética y quisiera alcanzar una palabra, pensaría: esta novela se trata de la soledad.

Nada aislados están los personajes. A ratos hay mucho ruido, una especie de ruido blanco que nos distrae. Como cuando dejamos la tele prendida por osmosis, incluso la prendemos por osmosis y queda ahí llenando el espacio del oído. Como cuando prendemos la tele para no sentirnos solos, a veces inconscientemente. Y dormitamos o nos echamos o miramos el celular o miramos nada. Pero es eso: ruido. Hay ruido porque hay peleas, porque hay discusiones con los pololos, quejas, llantos, porque los hermanos también a veces se enojan –entre ellos y con la madre–, porque el padre parece en realidad no entender que su herencia está caduca –la herencia y el heroísmo de hacerse hombre– y repite a pesar ese deseo. Y no obstante el ruido: la soledad. Pareciera, o al menos esa fue mi sensación al leer la última línea –siempre has sido un inconsciente–, que cada personaje es un erizo. Y pienso en un animal, primaria y muy llanamente, porque en alguna medida están todos defendiéndose. Aparece una escena en la que el protagonista habla de uno de los conserjes del pasaje donde vive su papá y manifiesta la intuición de que no le cae en gracia: «Estoy seguro de que (…) me detesta» (99). Por mi propia osmosis hice una flechita y escribí: «¿Alguien no?». Seis líneas más abajo viene el narrador y me lo confirma: «No le caigo especialmente bien a nadie». Esa distancia entre el área de un personaje y otro es, tal vez, lo que leemos. Los océanos mentales y reales que se forjan entre un individuo y quienes lo rodean.

Pienso además en eso: individuos. Aquel modo de nombrarlos de pronto se me hace muy propio. Pienso también en los individuos como una clave de época. Esta época, la época en que la novela ocurre, la época en que estoy acá sentada leyéndoles lo que yo leí o pude leer, la época en que le escribo a Cristóbal, una noche antes del lanzamiento, para decirle que descanse. La época en que la amistad, la ternura gratuita, el contacto, la afección, parecen inauditos. La época de los erizos. En la filosofía contemporánea occidental, Byung-Chul Han es mucho más elocuente que yo para explicarlo y, en la chilena, Sergio Rojas. Para ambos, desde sus caminos particulares, la violencia forma parte de lo cotidiano, no opera necesariamente como irrupción o suspensión de un tiempo otro. Un ejemplo en Han: «La violencia sufre una interiorización, se hace más psíquica y, con ello, se invisibiliza. Se desmarca cada vez más de la negatividad del otro o del enemigo y se dirige a uno mismo» (11). Pienso en violencias cotidianas que componen acá el tiempo mundano: el bullying constante hacia el narrador –cuando le pregunta a sus compañeros por qué lo molestan, la respuesta es sencillamente porque les resulta placentero–, el trato del narrador hacia su madre –se me atraviesa la escena en que ella lo abraza y él enfatiza en el cuerpo maternal como una materia gorda y suelta: «No era sólida, sino un ser de carne y musgo, una ardilla leprosa agazapada en una esquina» (83)– y también ese momento con su hermano Joaquín en que toma una rama del fuego, parcialmente apagada, y lo invita a tocarla –«soy tu hermano», le dice el primogénito al menor, «nunca te engañaría. Confía en mí» (125)–. Y no había que confiar: Joaquín se quema y entendemos, entonces, que la invitación del narrador era a herirlo, como si le dijera que confiar constituye siempre un peligro. De eso, creo, están compuestos los océanos que dividen a un personaje del otro: de las violencias cotidianas, de los riesgos que implica confiar, de la inconsciencia frente al otro. Incluso en una comunidad tradicional como la familia.

En esta época, la de los erizos, Sergio Rojas hablaría de los individuos y no de la destrucción de la comunidad, «sino el lugar de su no-existencia, lo que nos sugiere que la comunidad ha comenzado a nacer desde su negación» (289). El espacio del individuo al que hemos sido relegados en este tiempo, tesis que Rojas viene años trabajando, se me aparece en cada línea como una posible lectura. Escribe Sergio: «Creemos que puede considerarse también la globalización como la consumación de uno de los aspectos fundamentales de la modernidad durante el siglo XX: el individualismo (…). Pareciera que la individualidad es una conquista, pero de otro lado se nos presenta como el rincón al que vamos siendo relegados. Son las dos caras de lo que se denomina individualismo. Este consiste en una actitud que se elabora y se ejerce en lo cotidiano, incluso podría considerarse paradójicamente como una forma de ubicarse en el mundo cuando ya no se lo puede comprender. Entonces la subjetividad se repliega hacia la interioridad» (43). «Todo el color y la nitidez del mundo me pasaron por el lado» (113), escribe Cristóbal: ya no se puede comprender el mundo. Y esta sería, para mí, la marca de época de Los pololos de mi mamá. La manera en que cada uno se repliega en sí mismo y el nacimiento de la comunidad como negación. Por eso decía al principio que el asunto a tratar aquí es la soledad. La soledad del individuo que se recoge y se encoge en su propia área, a pesar del ruido, a pesar de la familia, a pesar de la amistad, a pesar de lo colmado que puede aparecérsenos el mundo, a pesar de la cotidianidad en la que se cruzan otros, a pesar.

Sin embargo, la soledad, como todo, no es posible en soledad. Radicalizar la idea de una situación pura solo podría dejarnos miopes. Diría yo que leemos dos momentos, dos momentos que elijo yo aunque la novela podría estar poblada de ellos, en que fulgura el contacto. Los dos, en este caso, están inscritos en la relación madre-hijo. El primero: «Mi mamá es valiente. Va donde haya que ir. No logra levantarse de la cama por días, pero después amanece como si nada. Aprende a vivir con marcas en la espalda. Yo, en cambio, soy cobarde, siempre lo he sido. Sé que esto es obvio, es algo que supe desde chico, pero solo ahora lo siento» (125). El segundo –aunque este cruza al primero, está antes y después– es el gesto del hijo, algo ridículo, algo extraño, algo arriesgado, de hacerse un perfil en Facebook y chatear con su madre para conquistarla: «Estoy seguro de que sabría convencerla, enamorarla. Sería fácil, de hecho. Bastaría con crear un perfil de Facebook. Sé incluso el tipo de foto que tendría que elegir» (116). Pienso en la valentía de la madre desde la insistencia, a ratos hasta absurda, de conectarse: esa búsqueda incesante por una pareja, la proliferación de los chats con hombres, los novios que aparecen y desaparecen y vuelven a aparecer, la histeria, la desesperación por vincularse. El arrojo también como una manera de valentía, la exposición. Y cómo se merma un cierto modo de cobardía cuando el hijo se hace pasar por una posibilidad de concreción de esos contactos amatorios y va de lo innominado a la autonominación: Rodrigo Castellanos Buick. El único momento en que el primogénito tiene un nombre es cuando elige uno, se inventa uno fuera de la comunidad de apellidos familiares, para enamorar a su madre virtualmente. Algo allí se abre, podría y tendría que intuir un lector, porque los detalles son pocos. Y lo que se abre, pensaría, en este singular acercamiento, es la intimidad. La posibilidad de una intimidad que hasta entonces leímos quebrada. Cada subjetividad relegada y plegada en sí misma, cada individuo en su cuerpo de erizo. Pero hay una manera de acariciar a un erizo, de tocarlo: con las manos tibias, siguiendo la dirección de las púas. Y tal vez ese final que queda desabrochado significa eso: el momento preciso en que el erizo pudo bajar la guardia y dejarse acariciar. O incluso un trecho más allá: la madre le desordena las púas al hijo que no se impacienta y permite, al fin, esa forma de intimidad.

Julieta Marchant

Bibliografía

  • Han, Byung-Chul. Topología de la violencia. Barcelona: Herder, 2016.
  • Riego, Cristóbal. Los pololos de mi mamá. Santiago: Hueders, 2017.
  • Rojas, Sergio. El arte agotado. Santiago: Sangría, 2012.

 

Escrito por Julieta Marchant

Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada y magíster en Literatura y estudiante del Doctorado en Filosofía, con mención en Estética y Teoría del Arte. Es codirectora del sello Cuadro de Tiza Ediciones (www.cuadrodetiza.cl) y codirige J&P Editoras, que ofrece servicios editoriales (www.jypeditoras.com). Ha publicado los libros de poesía «Urdimbre» (Ediciones Inubicalistas, 2009), «El nacimiento de la hebra» (Edicola Ediciones, 2015) y «Reclamar el derecho a decirlo todo» (Libros del Pez Espiral, 2017). Y las plaquettes «Té de jazmín» (Marea Baja Ediciones, 2010) y «Habla el oído» (Cuadro de Tiza Ediciones, 2017).