La estridencia que me rodea
no da un instante de tregua:
estertóreo de casa.

No hay momento en el que la televisión
permanezca apagada.
Imágenes simultáneas
proyectadas en distintas habitaciones
perturban el silencio,
provocan mi esquizofrenia clandestina,
mi psicosis de propia habitación,
mi cólera contenida por las mañanas.

Permanentemente
interrumpen mi quietud los bramidos,
los berridos de lamento
de las pseudoactrices de telenovela;
los mugidos, los aullidos
de las falsas heroínas del pueblo
conductoras de talk shows
que incitan a la comunicación
con base en quejidos y regaños.

Insufrible tic-tac
de las decenas de relojes de pared,
productos de una deplorable cultura de la acumulación,
que además trae consigo
cientos de encendedores inservibles
y miles de vergonzosos llaveros:
souvenirs de un pasado que nadie quiere recordar.

Insoportable tic-tac
que hace quererme salir de mi propia cabeza
arrancándome los cabellos,
quererme salir de mi propia piel
jalando hipócritamente mis ropas favoritas.

La madrugada como refugio único del silencio:
cuando todos duermen, la televisión descansa;
se agotan las manecillas, fatiga en su vigor.

Encuentro paz cuando la mayoría duerme;
por eso mi desvelo diario y continuo
que merma mi desempeño solar,
que no me permite trabajar
ni poner atención,
mucho menos hablar
con mis nuevos difuntos.

Escrito por Mauricio Neblina

(Ciudad de México, 1993) Estudió Ciencias de la Comunicación. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en el Centro Horizontal. Textos suyos han aparecido en publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Punkroutine, Operación Marte, Revés Online, La Rabia del Axolotl, Capitalino Errante y Tierra Adentro.