Como los domingos, las navidades trajeron siempre a casa la promesa de algo que nunca fue, pero sabemos que existe. O tenemos una idea de cómo debería ser. Pero aunque nos esforzamos nunca llegamos a serlo. La boca de mamá se torcía un poco hacia abajo y no importaba si intentaba disimularlo, porque su boca nunca le hizo caso. Una desazón, una tristeza sin nombre nos alcanzó siempre en los días de fiesta. ¿Qué nos faltaba? Llegué a creer que el problema no era la lejanía respecto a ese ideal sobre las celebraciones, la felicidad, la unión y todo eso. Sino otro, mucho más intrincado y terrible, simplemente el de ser. Estoy segura de que todos pudimos sentir esa densidad que nos unía y amargaba tácitamente, como la ensalada de fruta en el fuentón.

Ya sabíamos a qué hora nos encontrábamos con cuchillos bajo el árbol en la medianera, sabíamos quién lavaba y descabezaba las frutillas, quién pelaba las peras, quien cortaba cuadriculando las manzanas en la mano, quién exprimía las naranjas, quién abría una lata de duraznos. Los primos más grandes sabíamos dónde escondían los regalos y cómo quitar con cuidado la cinta sin romper el papel para intercambiarlos si la distribución nos resultaba injusta. Sabíamos, también que estaba prohibido hornear pan dulce- cada vez que una masa navideña leudó en nuestra cocina un pariente falleció y por eso nos conformábamos con los envasados. Sabíamos a qué hora poner la sidra a enfriar para que se escache pero no explote. Quizás, sin darnos cuenta era esa espera nuestra felicidad. El momento en que todos, sin saberlo, esperábamos que algo cambiara.

A la noche la unión familiar se propiciaba y al momento de abrazar y brindar alguna angustia o maldad se atragantaba en cada uno. ¿Por qué estábamos ahí otra vez haciendo lo mismo? Después de las enrevesadas discusiones de sobremesa, de haber envidiado el auto nuevo, de los tirones de pelo, de acusar de ladrón al hermano, de pensar que ya no valía la pena, que no había nada que esperar del otro. Muchísimas cosas podían separarnos para siempre. ¿Qué nos unía? ¿La sangre, los matrimonios, los hijos? ¿Nosotros uníamos a mamá con papá? ¿Por qué papá nos dejaba horneando pan dulce y se iba al velorio de un hombre que odiaba, su padre? ¿Ya no le tenía más miedo? ¿Cuántas navidades no pasaron juntos? Al revés de la abuela y su madre que estuvieron juntas en todas menos la última cuando terminaron peleadas por culpa de una nuera. Y ella, la madre, mi bisabuela, ofendida con sus noventa años salió sola a tomar el colectivo hacia lo de otros parientes. Al revés de la tía que hubiera querido que su hijo esté todas las nochebuenas y por eso se quedaba en su casa y no salía. ¿Para esperarlo, para limpiar las piezas, la de ella y la del hijo que ya no estaba? ¿Para no compartir su dolor que era lo único que le quedaba? ¿Para no ver que estábamos ahí en torno a la mesa, y aunque hubiéramos sonreído algo detrás se asomaba? Aunque abriéramos sus regalos, que eran los mejores con ilusión, podíamos adivinar esa mueca en la boca de mamá, ese cabeceo del tío en la mesa, la ansiedad en el pucho negro colgando de los labios del nono, ese apuro de la tía por juntar las copas, esa soledad de la abuela rodeada de nietos, esa palabra que papá no largaba para no importunar.

Escrito por Larisa Cumin

Nació en Santa Fe (Argentina) en 1989 es escritora, tallerista y narradora oral. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa, UNTref, estudió Letras, UNL y la Especialización en Lectura Escritura y Educación, FLACSO. Integra el grupo de nación oral Maraña. Coordina los talleres de mediación de la lectura de la fundación Lectobus. Junto con poetas amigos integra el grupo la Chochan que realiza los trasnoches de poesía, talleres y fanzines. Escribe la columna digital Ladelengua, Periódico Pausa. Fue seleccionada como escritora en 2017 en tres instancias de La Bienal de Arte Joven de Buenos Aires 2017. Publicó Flaquito, Corteza Ediciones, 2014; Ela Acorda, Cooperativa editorial 4ojos, 2015; Dos poemas, Ediciones Arroyo. Integra varias antologías de poesía entre ellas Van Llegando, Masalva, 2017.