La trama de Una bella luz interior se sumerge en los complejos procesos afectivos de las mujeres del siglo XXI. Es una película eminentemente crítica y mordaz; su sentido del humor nos permite permanecer en la superficie, pero al mismo tiempo nos incita a cavar en los problemas, a meditar en los complejos sentidos ocultos que encierran las relaciones mostradas.

La película expone distintos tipos de clichés vinculatorios a los que una mujer de cincuenta años, divorciada, con una hija, puede someterse por una constante búsqueda de “compañía”, pues el complejo tema del amor se muestra a través de la vía negativa, es decir, describiendo lo que no es a diferencia de los Fragmentos del discurso amoroso de Roland Barthes; un libro que define el amor a partir de lo que el amor es, y de cómo se manifiesta en diversas obras literarias. La película se desliga, aparentemente, del libro, abandona las aristas que Barthes se propone analizar a través de conceptos precisos y su ejemplificación en la literatura, para la cual el Werther de Goethe, Fedro de Platón o En busca del tiempo perdido de Proust son textos fundadores. Los fenómenos oscilan en un sinfín de preguntas que aparecen también en la película: el enfrentamiento con el otro, la ternura, los celos, el espejo, la androginia, en suma, un espectro de ámbitos fundamentales del ser, del ser-ahí, totalidad y fuego.

Una bella luz interior es también el resumen de cómo son las relaciones amorosas de nuestro tiempo (sin importar la edad y colocando énfasis en lo que sí implican ciertos condicionamientos sociales —claramente se trata de relaciones de clases medias —sobre todo europeas, sobre todo, francesas—, cuyo ámbito emocional se encuentra pertrechado por cierto tipo de deseos y anhelos frustrados—) y tiene el acierto de mostrarnos la banalidad de las relaciones amorosas contemporáneas; su superficialidad, su falta de apertura, sus falsedades. Los vínculos son sosos y terribles a un tiempo, humorísticos por absurdos, ridículos por triviales. La película ríe, nos hace reír por absurda, nos devuelve la sombra de la luz interior apagada, la de una mujer talentosa, que, cual trastorno bipolar, busca lo innombrable, algo que no está, que se esconde; el secreto verdadero que nunca se vuelve explícito en el montaje de las relaciones planteadas.

La idea de hombres poco comprometidos, indispuestos ante una mujer que desea ser amada, se muestra con eficacia en los elementos cinematográficos característicos de la filmografía de Denis: las tomas cerradas, esquinadas, profusas; se trata de estar sumergidos en el interior/gesto/afecto de la protagonista, Isabelle; un rostro hermoso anegado en llanto, en lo inexplicable, en el enojo, en el placer. Pero la imagen más sugerente es la que refleja al rostro cuando es anhelo melancólico, es decir, la consciencia de la verdad de la película: el amor no se encuentra en ningún sitio; no, al menos, en las situaciones descritas. El amor es la fuerza del ser, su ridículo, su capacidad para no ser, precisamente, esa mujer arrastrada por la infelicidad. Por ello la película no presenta horizontes; hay espacios de encierro, apenas trazos, parcialidades. El bosque también es un sitio de insatisfacción y enojo, ya que, por más belleza que haya en el exterior, en Isabelle arraiga la incomodidad, la rebeldía, la tristeza: los humores del cansancio, la fatiga crónica del siglo XXI. Fruto del encierro de la protagonista en un universo trivial, la última escena es agobiante de tan repetitiva y grotesca; por ser la culminación del encierro mental del personaje; una mujer profunda e inteligente, pero incapaz de develar sus propios complejos sentimentales. Semeja la secuencia interminable del absurdo de nuestra época: tiempo de esclavitudes de consumo; de seres cercenados por las convenciones; las costumbres que exigen que la mujer no sea una “bella luz interior” o lo sea todo tiempo, que sea todo y consuma todo: amante, esposa, madre, artista; la hermosura a punto de marchitarse de soledad, miedo y llanto… Permanecer en silencio, anularse, alejarse de sí; al siglo XXI se le olvida cómo descansar: la inmovilidad es peligrosa…

El humor es un llamado; desde mi perspectiva, esta película evoca, secretamente, un grito para no vincularnos con los otros a través de la carencia. No llegar a los seres humanos, ya sean amantes, amores, amigos, a través de lo que echamos en falta en nosotros mismos. El meollo de los Fragmentos de un discurso amoroso, ronda, de diversos modos, las múltiples implicaciones del cuidado a sí mismo; desgaja los mitos del amor en diversas épocas y desmantela los fenómenos que caracterizaron las visiones afectivas de épocas concretas a través de sus textos fundadores, pero el centro de ese libro y quizá en ello sí sugiera un nexo secreto con la película de Denis, es el ser confrontado consigo mismo, en conversación con sus demonios de apego y sus desprendimientos. El cuidado de nosotros mismos no significa el cultivo del egoísmo de individuos “progresistas” e hipócritas fascinados por los ideales civilizatorios y aislantes de una época evidentemente consumista como es la nuestra. El amor es un ámbito de llamadas furtivas en las que somos todo lo posible en nosotros mismos y por nosotros mismos, sin deber nada, sin actuar por los convencionalismos que nos orillan a ser lo que supuestamente “debemos ser, hacer, sentir o pensar”; ese amor, ese cuidado profesado con la constante valentía hacia uno mismo, es un espacio de alegría esencial, de fuerza absoluta.

Si enfrentamos a los otros a través del carecer, es prácticamente imposible amar, porque el amor que se funda en la falta, solo genera relaciones rapaces y sinsentido. Las mujeres del siglo XXI podemos fortalecer la soledad esencial eminentemente amorosa, libre (no necesariamente promiscua), profunda; aquella que nos ofrece un llanto feliz y pleno, el de ser en compañía o en soledad, pero el de ser. Podemos encarar la lumbre, la montaña, el vacío, la mirada, el llanto; lo nuestro será despojo, borradura, desaparición y mostrará su profecía: el deseo develado. En el entorno que no necesariamente debe ser infernal, triste, doloroso, es decir, romántico —pues continuamos preservando el curioso legado sentimental del siglo XIX en cuanto a nuestros afectos—,  podemos cultivar la verdadera proximidad al Otro, mirarlo sin expectativas interminables, sin el conflictuado carecer, sin la retahíla de exigencias: en el vacío se contempla el rostro. En dicho vínculo no se trata de encontrarnos con espejos, es decir, de mirarnos reflejados en los otros como si fueran una extensión egoísta del sí mismo; tampoco se trata de “cumplir” con las convenciones, es decir, de las mujeres que deciden hundirse en trabajos y obligaciones auto-impuestas para consumar los requerimientos sociales en turno; esta visión tampoco supone ese páramo de narcisismo incapaz de voltear alrededor, es decir, aquel estereotipo, a fin de cuentas, de la mujer poderosa que no necesita a nadie y que puede enfrentarse sola a la vida. El lenguaje en torno al amor también está viciado por los estereotipos de una época que nos entrega papeles en el teatro de las servidumbres sociales. ¿Cómo podemos construir el discurso amoroso de nuestro tiempo? ¿Cómo se relaciona la historia con la mirada, con las palabras que deben sugerir y activar sentidos nuevos que verdaderamente delaten, en su caso, lo que nuestro siglo puede nombrar amor?

El amor es ser y el ser es vulnerabilidad. El encuentro con el vacío pleno, más allá del mediodía de las obligaciones y las proyecciones infinitas de la sociedad siempre en consumo de objetos y seres, nos permite ingresar al espacio que el propio Barthes invocaba al decir: “Yo es otro”. Se trata de la locura infame de dejar de ser yo, porque cuando nos enamoramos somos sujetos, a saber, individualidades sedientas. En el amor, en cambio, hay disoluciones, pliegues de olvido, llamaradas de desapego, para ser potencia y acto, fuego, volcán pero también deshielo, porque el Otro, el verdadero Otro sonríe sin exigencia ni laceración, ¿es esa la “relación del tercer género”, que Blanchot evoca al decir que lo Otro no está dado, que es desconocido, la infinita y abismal extrañeza? Al Otro no le falta nada: basta de llegar los unos a los otros requiriendo lo que, en el fondo, sentimos que nos falta… El Otro se muestra: carente, pleno, vulnerable, vacío, frágil y hermoso… Quizá cuando la aceptación tenga lugar, seamos una verdadera y profunda comunidad, amándonos en plenitud y no asediándonos por carecer.