Y abraza un recuerdo que nunca supo cómo materializar.

De su cabeza nacen ramas

por donde se le escapa la imaginación,

y se posan colibríes que absorben el néctar

de las pocas flores que han nacido de su risa.

Parece una niña;

pero sus ojos, ancianos de tanto llorar,

y las cuerdas de su garganta, gastadas de gemir y gritar

en el frío cortante que emana de la tierra

bajo sus rodillas rendidas,

delatan los siglos que lleva

esperando la compasión de aquel dios

al que tanto le enseñaron a rezar sus padres.

Cada noche llora hasta que se revientan, una a una,

las pequeñas venas de sus párpados,

y reconoce a kilómetros

el aletear de los colibríes que alimenta.

Así pudo prever cuando se acercaban los gallinazos

a picotear su carne expuesta en heridas de látigo.

Suda frío cuando huele la sangre.

Tanto tiempo gritó por ayuda; nadie nunca la escuchó.

Tomó de la mano al fantasma que la abrazaba de noche

y se entregó al monstruo que deseaba arrastrarla

al abismo de muerte que nacía bajo su cama.

Ahí le susurran al oído las voces de mis antepasados;

le dicen lo que causa su dolor.

Pero jamás me lo podrá revelar.

Su boca está cocida con lo que un día fueron sus cabellos,

y su lengua se ha podrido.

Quiso escribir lo que la hacía feliz,

pero ya se lo había alimentado a los pajarillos

que habían migrado de sus ramas cuando su corazón

dejó de bombear sangre caliente.

Quiso escribir sus penas,

pero las palabras se le escaparon por los poros

y salieron volando con los vellos de sus brazos,

sin llegar a dibujarse en la tierra

que había regado de lágrimas.

Nunca nacieron las flores ni el pasto verde en su jardín.

Echó a él los órganos fértiles triturados en su vientre,

pero de la carne negra que había salido de su cuerpo

solo nacieron zoofitos aterradores,

que sedientos de más podredumbre,

se alimentan del vómito negro y amargo

que le provoca la nostalgia.

Gritó por ayuda; nunca la escuché.

Así que un día se arrastró a mi lóbulo frontal

y se instaló para siempre.

Cada día sus gritos me provocan un fuerte dolor de cabeza.

Ella raspa con sus uñas la parte interna de mi cráneo

y ofrenda mi fatigado cerebro

al mismo dios que nunca respondió sus plegarias

–ni las mías.

He intentado llegar a ella

arrancando la piel de mi frente con las uñas;

pero se aferra a mi órgano,

y siempre acabo por desmayarme en mitad de la habitación.

Me dicen que ella es un desbalance químico;

que no tiene sexo ni edad,

y que se irá como se va la gripe

con el abrigo de una limonada caliente.

Nadie sabe que se alimenta del medicamento,

que patea por dentro mis ojos y que se bebe mi sangre.

Nunca se irá; porque para ella la intrusa soy yo,

por haberla capturado en mi memoria.

En represalia ha devorado mi alma,

y ha defecado su veneno en mis venas.

Estamos muy débiles para enfrentarnos.

Aun así, nunca seremos amigas.

Vive al borde de un abismo sin estrellas;

y vi su rostro cuando me asomé a ver mi reflejo

en el charco de vómito,

mientras verificaba que ya se acercaban los gallinazos.

Escrito por Doménica Concha

Doménica Concha Guerra; Guayaquil, 1998. Estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de las Artes de Guayaquil