«El mundo es mi imaginación».
Schopenhauer

La tercera temporada de la serie Black mirror, original de Netflix, se abre con el capítulo «Nosedive» (Caída en picada), dirigido por Joe Wright. De este episodio no solo nos queda la estética, con escenas en las que predominan los tonos pastel como el rosa y el salmón y, como diría Pere Solà Gimferrer[1], de La Vanguardia, ha sido rodado como si se utilizase un filtro de Instagram, sino también una serie de reflexiones en torno a la intertextualidad, la metanarrativa y el futuro de la narrativa como tal.

     Este episodio nos muestra a Lacie (Bryce Dallas Howard), una joven que vive en una sociedad obsesionada con las puntuaciones, en la que los individuos valoran cada una de sus interacciones con su celular, de manera que puedan ganar puntos que les permitan subir en la escala social. Justamente eso es lo que Lacie desea: entrar en la élite social. Hay aquí una crítica a los comensales que prefieren hacer fotos al plato que comérselo, y también a la construcción de ese modo de vida ‘perfecto’ que pretendemos mostrar en las redes sociales.

Meta-gag

Spoiler alert: en determinado punto Lacie (Bryce Dallas Howard también interpretó a Hilly Hoolbrook en Historias cruzadas) tiene que abordar el camión de una señora (Cherry Jones), quien tiene una puntuación más que lamentable. La conductora le explica que ella también vivía para conseguir las cinco estrellas, pero cuando su marido murió porque no calificaba para un tratamiento experimental perdió cualquier fe en el sistema. Eso la llevó a abandonar la farsa existencial y sus supuestos amigos no se lo tomaron especialmente bien, entonces las valoraciones negativas no se hicieron esperar.

     «Se lo tomaron como si me cagase encima de la mesa del desayuno», le dice a una Lacie asombrada. El chiste radica en el meta-gag de Historias cruzadas en la que el personaje de Howard se comía literalmente un poco de caca, una referencia que se nos hubiese escapado su estuviera escrita, pero a la que podemos atender en el lenguaje visual.

     «Caída en picada» lleva al extremo el mundo de los influencers, los asesores de rendimiento en redes sociales y la obsesión por ser los que tengamos más seguidores en Twitter, por tanto, lo que se presenta en Black Mirror no es ya una distopía, sino una realidad cotidiana. Este episodio muestra una sociedad obsesionada con la puntuación on line, en tiempo real, donde las interacciones sociales no solo están mediadas por la tecnología, sino también por parámetros de popularidad que hacen que la gente viva en un estado de permanente impostura; aquellos que no encajan en las medidas de lo deseable son proscritos, borrados de una forma real y simbólica: se les extrae el dispositivo que les permite interactuar (una lente intraocular) y son confinados al aislamiento social.

     Así como en la década de los noventa inventos como la holocubierta —que toma Janeth Murray de Star Treck Voyager como eje de su texto Hamlet en la holocubierta— eran realidades probables pero aún lejanas, los dispositivos de interacción que se presentan en Black Mirror son creaciones posibles, e incluso cercanas, que pueden generar nuevos tipos de interacción/abordaje con un texto y también otro tipo de narrativas; tal es el caso de los lentes intraoculares de alta tecnología cuyo diseño fue patentado por Samsung en 2015 después de presentar un dispositivo de realidad virtual inmersiva[2], y del surgimiento de plataformas/redes sociales como Facebook y Peeple[3] que nos permiten construirnos como personajes en torno a un mundo de representaciones.

     Murray, a propósito de la oposición que se generó frente a las nuevas formas narrativas surgidas con los videojuegos de los años setenta y ochenta, traza un paralelo con la idea según la cual para Aldous Huxley y Ray Bradbury el adelanto de la tecnología suponía una amenaza capaz de robarnos la capacidad reflexiva que aporta el lenguaje impreso, así:

Cuanto más persuasivo sea un medio, más peligroso será. En cuanto nos dejamos llevar por estos entornos ilusorios que son «tan reales como el mundo» […], estamos abandonando la razón y nos unimos a la masa indiferenciada, convirtiéndonos voluntariamente en esclavos de la máquina estimuladora y pagando por ello el precio de nuestra propia humanidad[4].

     Podríamos asimilar esta misma cita a los entornos que encontramos a disposición tanto en mundos ficticios como el de Black Mirror como en los entornos virtuales que están siendo desarrollados y frente a los cuales ya no se encuentra tanta resistencia (juegos de realidad virtual, redes sociales digitales, juegos de rol en línea).

     Por otro lado, Murray también nos presenta la idea de que las posibilidades narrativas se amplían significativamente en la holocubierta en tanto esta es una continuación de la tradición humana de la narrativa. Estos hipermedios en los que se constituyen tanto la holocubierta como el mundo de Black Mirror, se sustentan en instrumentos narrativos que no tienen cabida en libros impresos por la naturaleza del soporte: efectos visuales, sonoridad, inmediatez y los procedimientos de interacción dentro de la Internet. Con el tiempo —dice Murray— dejamos de ser conscientes del medio narrativo, no importa si es una película o un libro, y solo nos fijamos en el poder de la historia que cuentan.

     En esta medida, las posibilidades narrativas que se nos presentan con los avances tecnológicos son infinitas y ratifican el apotegma schopenhaueriano: «el mundo es mi imaginación» y mientras más soportes se puedan hallar para representarlo, mayores serán las extensiones de mundos posibles.

Notas

[1] Pere Solà Gimferrer, «‘Black mirror’: vivir en un filtro de Instagram de color pastel», en La Vanguardia, (24/10/2016): https://goo.gl/eDa9fT.

[2] En 2016 ya había varios dispositivos de realidad virtual disponibles en el mercado: las gafas virtuales Gear VR de Samsung, las Oculus Rift de Facebook, las HTC Vive y las PSVR de Sony. La realidad virtual simula un entorno visual inmersivo que hace que aquel que lo aproveche sienta como si lo que ve fuera real, se vale, para eso, de apoyos sonoros e incluso mandos específicos para interactuar con las manos. De igual manera, se están desarrollando programas de realidad aumentada en la que se superpone información visual sobre nuestro entorno real.

[3] Peeple es una aplicación móvil desarrollada por Nicole McCullough and Julia Cordray que permite puntuar o dejar recomendaciones sobre otras personas basándose en relaciones amorosas o laborales. La app dejó de funcionar en marzo de 2016 debido a las críticas de ciberacoso.

[4] Janet Murray, Hamlet en la holocubierta (Barcelona: Paidós, 1999), 33.

Referencia bibliográfica

Brooker, Charlie. «Caída en picada». Black Mirror, cap. 1, temporada 3, dirección de Joe Wright. Reino Unido: Netflix, 2016, 43 minutos.

Murray, Janet H. Hamlet en la holocubierta. Barcelona: Paidós, 1999.

Pere Solà Gimferrer, «‘Black mirror’: vivir en un filtro de Instagram de color pastel», en La Vanguardia, (24/10/2016): https://goo.gl/eDa9fT.

Escrito por Andrea Torres Armas

(Quito, 1985). Lectora, escritora, correctora de textos, diletante. Obtuve la primera mención de honor en el Concurso de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño con el poemario Allpa kamaska / Tierra animada (inédito, 2016); fui finalista en el Premio Internacional de Narrativa Femenina Bovarismos 2015 con el relato «Inferno, estación penthouse», publicado bajo el título Soñando en Vrindavan y otras historias de ellas (Miami: La Pereza Ediciones, 2015). He publicado, en poesía, Ubicación geográfica de los sucesos (Quito: CCE, 2015) y Decálogo de asperezas (obra digital, 2009). Textos míos han sido incluidos en la antología Señorita Satán. Nuevas Narradoras ecuatorianas (Quito: Editorial El Conejo, 2017) y Tela de araña. Textos y pre-textos (Guayaquil: Editorial Rasguño, 2017). He publicado poemas, artículos y traducciones en medios como cartóNPiedra, Letras del Ecuador, Casa Palabra, Aportes Andinos, Absenta Poetas y Diario El Telégrafo. Presidí la Asociación de Correctores de Textos del Ecuador de 2013 a 2017. Quiero que mi epitafio diga: «Ti nunca lleva tilde. ¡Nunca!».