La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y donde, no obstante,
cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común
que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el movimiento del acuerdo del que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación.
Maurice Blanchot

 

1.

Escribir con los ojos cerrados en el territorio del cuerpo. Escribir para abrir el cuerpo y hacerlo sonido y color. Escribir desde la intuición de que la escritura se expone y retira, que la aparición de un instante de cognoscibilidad aqueja a la letra justamente como instante o relámpago. Escribir como el mundo se escribe: pensar el mundo en cuanto texto. Escribir como el cuerpo se escribe en otro cuerpo: desde el deseo, desde el temblor. Escribir porque hay un llamado, un pedido de la lengua. Porque hay que, porque había que. «Cuando no escribo, al dejar de escribir (…), las cosas, como animales, me tiran de la ropa» (Guadalupe Santa Cruz). Escribir como quien intuye un pensamiento, como quien conjetura que el pensamiento podría ser intuición. Escribir: quedarse en silencio y darle escucha al viento. Ubicarse de cara a la indeterminación del lenguaje, del lenguaje del mundo, de la pluralidad de todo idioma. Trazar un cuerpo a cuerpo con la lengua que pide escribe. Escribir desde la sospecha de que la escritura convoca una sustracción. Algarabía, maraña de música, disposición de la página en su propio y singular silencio, en su espaciamiento. Toma aliento y escribe desde el primer libro hasta el último, que también será el primero: no se aprende una técnica o una pericia, se sabe de la perpetua iniciación que cada poema, en su cada vez, emprende; del secreto que la poesía conserva, aunque quiera decirlo todo o incluso diciéndolo todo –«soledad», indica Derrida, podría ser otra manera de decir «secreto»–. Laboriosa escribe (Soledad), porque qué concluye la escritura, qué determina, qué ocaso en el paisaje cierra: ninguno. «El arte más grande es siempre el arte que conserva suspendida y retenida toda conclusión» (Jean-Luc Nancy). Laboriosa pues sabe de los surcos en la tierra que cavan las palabras, y su mano no pretende tapiar. Y, finalmente, escribir como quien lee: «Leer, escribir, ¿la misma cosa?», se pregunta Soledad Fariña en la página que abre Se dicen palabras al oído.

 

2.

Qué funda le pone al mundo esta poesía, de qué manera le da forma a lo que mira y a lo que escucha, con qué lienzos, con qué cadencias. «Un estado poético que no oculta la raíz de su no saber y el reverbero de su no poder decir» (Javier Bello). «Lucidez final de la poeta: en tiempo indigente, en espacio arrasado, ni aun la palabra poética tiene vigor de conjuro, sólo de indicación vacilante» (Pablo Oyarzún). «Asir un hálito y exponerlo en lenguaje» (Soledad Bianchi). «Su búsqueda está basada en esa poesía que representa aquel viaje imposible, aquel sondeo del espíritu poético, creando ese espacio de aliento que la autora cruza en medio de las circunstancias que la rodean, hacia y desde el vacío de la página en blanco» (Eliana Ortega). «El lenguaje que aparece aquí ya vaciado, desarticulado en los contenidos que el sistema patriarcal de signos ha universalizado, inicia el viaje hacia otra lengua, significante metonímico de un cuerpo femenino y su habla» (Raquel Olea). Si hay algo en lo que los lectores públicos de Fariña –estos y otros muchos– coinciden, es en su condición de trayecto –apertura, cavilación, temblor, viaje, búsqueda; cada cual nomina a su manera ese modo en que la palabra de Fariña se escribe–. Y, a la par, cómo esa poética del trayecto, abierta a la labor del lector, lastra la dificultad precisamente de su indeterminación. Apertura, entonces, que acaso se palpa como opacidad de sentido, espesura tupida, poema inaudito que empuja el pensamiento, que lo acecha y lo tensa. Y otro asunto que la mayoría de estos lectores toca, algunos tímidamente, la mayoría percibiéndolo desde el desborde: cómo se hace espacio a partir de lo femenino en tanto diferencia y contrapunto respecto de la tradición. Es en ese punto donde fulgura un problema contextual –la dictadura, el derecho a la palabra que las escritoras desean hacer suyo (hay que), el canon literario chileno con su eje masculino– que, en Fariña, a ratos ha sido leído, paladeado, pensado, desde la misma tradición: Soledad Fariña funda una manera de escribir otra, que le da escucha al ser mujer. Qué funda le pone al mundo esta poesía, cuando la respuesta podría ser le pone un cuerpo, una voz, una música, un color otro. Pero tal vez, atrapados en el horizonte de lo posible, volvemos a ese verbo –«fundar»–, que hace temblar, desde mi lectura, eso mismo que esta escritura rehúsa. Revuelta en la intuición, que no oculta la raíz de su no saber, se puede leer este trayecto como una manera no fundacional de vincularse a la letra. Allí donde la escritura, y su condición imperecedera, ocurre, Fariña elige una relación con la oralidad –el gusto por el tono, por la cadencia y también por la tradición latinoamericana oral, por el Popol vuh–; allí donde la poesía chilena se apegaba al sentido, a su determinación, Fariña escoge un lugar opaco, en el cual la palabra se pluraliza y se dispara como pensamiento, justamente, del desdoblamiento, en principio, y luego de lo múltiple, atesorando el secreto: «Lo que llamamos la claridad me impide ver. (…) No quiero ver lo que se muestra. Quiero ver lo que es secreto. Lo oculto entre lo visible» (55), pensamos con Hélène Cixous. Quizá lo incómodo aparece en las palabras que queremos darle a estas palabras y que no son fundas posibles, que no aquietan a las letras móviles, impacientes e indiscretas de estos poemas.

«Había que pintar el primer libro pero cuál pintar / cuál primer»: el primer verso del primer libro –El primer libro– de Soledad Fariña. Como si nos dijera: todo libro es un primer libro, toda palabra acusa su singularidad. Y más adelante: «No hay recorrido previo». Pensaría que, más que ubicarse en una poética de la autosuficiencia, ese recorrido previo que no hay prevalece como exigencia: en realidad hay, pero había que pensar un lugar otro de vinculación con la lengua. Un lugar otro, diríamos, que no funde ni desfunde. Que exceda la limitación de esa categoría.

 

3.

«Lo inmundo es el origen», escribe Fariña en Todo está vivo y es inmundo, plaquette que se hace del juego del pastiche y de la cita: los poemas están confeccionados con palabras de La pasión según G. H. de Clarice Lispector. Allí donde alguna poesía ha buscado el origen, allí donde ciertos poemas han demandado fundar un origen, allí donde la letra ha deseado ser original, Fariña ensucia el origen, lo hace estallar. Y la repetición de este verso, una y otra vez, catorce veces, lo van desgranando en una monotonía que lo vuelve zumbido sumido en su propio ruido, en su inmundicia. Quizá por ello no hay recorrido previo, en tanto todo recorrido nos dice de un momento, al menos como condición de posibilidad o instante imaginable, primero, inicial, que indica a dedo alzado su principio. Tal vez no hay recorrido previo, pero sí un lugar indeterminado e incierto, un espacio de lectura del mundo al que darle escucha. Esa lucidez de indicación vacilante que apunta Oyarzún.

El primer libro es el único que no trabaja textual o paratextualmente con citas –no vemos allí epígrafes o juegos intertextuales evidenciados, tan comunes en Fariña–. Como si quisiera que ese primer –el primero de muchos primeros– se anudara desde el aliento de un conocimiento intuitivo ante el lenguaje, como si necesitara un lugar de reserva, que el mundo guarde silencio. Sin embargo, después de aquello, mucho tienen que decir las palabras de otros, mucho trenza Fariña con letras que otros escribieron y que ella lee, mientras escribe. Leer, escribir, ¿la misma cosa? Y la poesía, entonces, región de empalme entre escrituras, poemas que se leen entre sí, que se miran y se oyen. Funda sobre funda: Fariña escribe desde el amor a las palabras propias y ajenas, sabiendo que la pertenencia –¿la fundación?– no es horizonte ni zona de arribo. Y escribe también desde la amistad, donde no habla de sino con poéticas que la conmueven: bien lo sabemos después de la amplia serie de poemas que leen a otros, publicados en Donde comienza el aire y Se dicen palabras al oído, que zurcen y enlazan escritores de distintos tiempos, territorios y estéticas y que, lejos de proponer el estatismo de un canon, lo abren a partir de la biblioteca personal, múltiple y también afectiva de Soledad Fariña.

 

4.

No quisiera hablar de, quisiera hablar con, lo que siempre porta una inmensa dificultad al momento de escribir un prólogo. Quisiera hablar en la distancia que se hace cercanía, en esa proximidad de las palabras comunes y domésticas, sentada en un parque o tomando un té, como de hecho lo hicimos. La selección de este libro, tan artesanal y mundana, cubierta por esa piel que toda amistad convoca, fue conversada y pactada entre lecturas en voz alta, libros prestados y perdidos, marcas, etiquetas y sorprendentes calces de lecturas, preferencias e intuiciones, con Nicolás Labarca, otro poeta cómplice y compañero propio y también de Soledad. «Por amor escribo», dice un ahora antiguo verso de Nadia Prado, por amor a las palabras y a cómo se alborotan entre sí. Por amor, entonces, a las palabras de otra escribo, como Soledad Fariña que escribe y lee el mundo con el cuerpo, con la música, con la inmensa amistad que la abrocha a la poesía y a la lengua que pide escribe.

Julieta Marchant

 

* Este texto fue leído en el lanzamiento de Pide la lengua, antología de la obra de Soledad Fariña, compilada por Nicolás Labarca y Julieta Marchant. Y fue publicado como prólogo en el mismo volumen: Fariña, Soledad. Pide la lengua. Santiago: Alquimia Ediciones, 2017. 7-10.

* La imagen corresponde a un fragmento de la portada de la antología, diseñada por Nicolás Sagredo.

Escrito por Julieta Marchant

Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada y magíster en Literatura y estudiante del Doctorado en Filosofía, con mención en Estética y Teoría del Arte. Es codirectora del sello Cuadro de Tiza Ediciones (www.cuadrodetiza.cl) y codirige J&P Editoras, que ofrece servicios editoriales (www.jypeditoras.com). Ha publicado los libros de poesía «Urdimbre» (Ediciones Inubicalistas, 2009), «El nacimiento de la hebra» (Edicola Ediciones, 2015) y «Reclamar el derecho a decirlo todo» (Libros del Pez Espiral, 2017). Y las plaquettes «Té de jazmín» (Marea Baja Ediciones, 2010) y «Habla el oído» (Cuadro de Tiza Ediciones, 2017).