Decidieron encontrarse en el café de la esquina, no porque fuera particularmente pintoresco o tuviera aquel toque especial que tanto le confieren los autores bohemios a aquellos espacios, sino porque allí había sido el primer lugar en donde habían cruzado palabras en aquella mañana de abril.

Ella iba caminando muy oronda en su recorrido rutinario hacia el almacén de don Pedro, en donde se encontraría, como cada mañana, con su vecina de la otra cuadra para discutir los eventos relevantes del día. No es que se llevaran especialmente bien, o que en realidad les agradara la compañía de la otra, pero aquellas charlas matutinas constituían un ritual instaurado hace ya tanto tiempo que parecía un sacrilegio siquiera insinuar la posibilidad de finalizarlas. De más está decir que nadie quedaba a salvo del cruel escrutinio de aquellas dos damitas aristócratas, quienes despedazaban sin piedad a cualquiera digno de chisme en sus chácharas sin sentido («¿Viste la forma en que Marcela me miró el otro día? Seguro es porque me vio en el carnaval del brazo de Pablo»). Pura palabrería vacía cuya única finalidad era hacer pasar las horas interminables de una mañana desprovista de actividades más interesantes.

Mientras tanto, él mataba el tiempo sentado al pie del roble de la plaza. Sin nada mejor que hacer, se dedicaba a observar atentamente cada uno de los sujetos que transitaban la vereda del frente y a inventarles historias fantásticas que encandilaran un poco lo que seguramente era una realidad bastante ordinaria, muy poco diferente a la suya propia. Aquel señor del sombrero que pretendía fumar distraídamente en la esquina, en realidad formaba parte de alguna organización que se dedicaba a cambiar de lugar los CDs de sus cajas y a hacer desaparecer una media del par; no porque sus intenciones fueran intrínsecamente perversas, sino porque aquel había sido el trabajo sucio que le había tocado en destino. Ese joven con expresión inocente y mirada cristalina se había escapado de su clase de Antropología para ir a comprarle un ramo de flores (orquídeas, por supuesto) a la muchacha que le había robado el corazón sin sospechar que, en aquel preciso momento, ella escribía apasionados poemas de amor dirigidos a quien él había considerado su mejor amigo. Ese gato que se paseaba por la tapia de la pescadería había sido especialmente entrenado para recopilar información sobre la venta de mariscos en distintos puntos de la ciudad. Aquella aristócrata con aires de realeza que pretendía charlar con su amiga, en realidad tenía un alma socialista que fantaseaba con una realidad utópica en donde las diferencias sociales fueran nulas y la igualdad y justicia constituyeran moneda común. En ese momento comenzó a reírse para sí mismo porque consideraba que, de todas esas historias sin sentido nacidas del aburrimiento, aquella última era la menos probable a efectivamente tener lugar en la realidad.

Con lo que no contaba era con transformarse él mismo en objeto de otra mirada furtiva que lo observaba disimulada pero atentamente. Existe algo curioso en el acto de mirar, y es que siempre requiere la presencia de un otro en función del cual se construye el sujeto activo que observa. Es una actividad recíproca e intersubjetiva en donde el yo se fabrica a sí mismo no solo a partir de la concepción ajena, sino también en función de su propia visión de mundo. Mirar y ser mirado, construir y ser construido como dos caras de una misma moneda. Si bien esta ida y vuelta indispensable de la contemplación parece una característica de carácter obvio, él se encontraba tan ensimismado en su fascinante tarea que no cayó en la cuenta de la transformación que se estaba realizando sobre la imagen de su individualidad por parte de aquel par de ojos color chocolate que lo seguían sigilosamente y sin descanso desde la esquina, en el almacén de don Pedro.

Fascinada por la aparente indiferencia con la que él dejaba pasar las horas y la gente a su alrededor, ella acudía cada mañana a aquel rincón en particular con el pretexto de mantener sus charlas superfluas para poder observar a aquel muchacho que se creía en potestad total de la capacidad de observar. Acostumbrada a ser siempre el centro de todas las miradas, ya sea cargadas de deseo por parte de sus pretendientes o de envidia por parte de sus adversarios, se sentía frustrada al notar que él no reaccionaba de ninguna manera en particular a la forma coqueta en que ella le devolvía el desafío.

Ya lo había probado todo. En un comienzo, apenas notó los ojos él clavados en su nuca (decorada delicadamente con un moño color rosa pastel, por supuesto), esperó la reacción de ojos agigantados y expresión embobada que estaba acostumbrada a recibir por parte del sexo opuesto… pero eso nunca ocurrió. En su lugar, él permaneció indiferente, con un ademán casi calculador hasta que desvió el curso de su atención hacia el siguiente sujeto insignificante que se le cruzara. Ella estaba completamente pasmada y ofendida ante tal tamaña falta de atención, por lo que hizo su misión personal el despertar en él algún tipo de interés que lograra complacer a su herido ego.

Los meses pasaron sin ningún cambio aparente, a pesar de los minuciosos esfuerzos que ella realizaba para encender la chispa en aquel que ya había bautizado en sus pensamientos como «Mirón Indiferente». Lo había intentado todo: cambió su forma de vestir, compró nuevos perfumes, comenzó a reírse a carcajadas fuertes y secas y aumentó su cantidad de collares y anillos brillantes; hasta realizó su «caminata de femme fatale», método que hasta entonces jamás le había fallado para despertar admiración; pero nada. Aquel descarado seguía sentado bajo el mismo roble, con la misma mirada, concentrada en su intrínseco análisis por momentos, y perdida en una ensoñación que solo él conocía por otros, anotando ocasionalmente ideas desordenadas en un cuaderno que mantenía en su regazo a todo momento.

En invierno, traía el juego de mate y una campera inflable que cortara con la fría brisa del despertar del día. En verano, cambiaba el mate por un tereré y el abrigo por una camisa mangas cortas y un par de bermudas. Pero si había algo que se mantenía constante en todas las estaciones, independientemente del frío o del calor, del viento o del sol que estas trajeran consigo, eran la parsimonia e impasibilidad de él y los intentos desesperados de quebrar con aquel estatismo de ella. Mientras él más la ignoraba, más aumentaba la necesidad de ella de quebrar con aquella quietud desapasionada en que parecía estar constantemente sumido.

Un día, completamente frustrada al haber agotado todo su repertorio de técnicas en su cacería de atención, decidió recurrir a la que debería haber sido la opción lógica más sencilla, pero que para ella constituía el fracaso total y la pérdida completa de lo que, por lo menos hasta el momento, habían sido sus habilidades naturales: enfilar hacia donde él se encontraba y, simplemente, dirigirle la palabra. Luego de mucho ponderar las posibles consecuencias de tal acción (que sí, que no, que no me corresponde, que eso no es propio de una dama, que es seguro es un hippie mugroso que quiere dedicar su vida a la música, que por qué no me mira, que me cansé de que no me mire), se acercó decididamente a él en un arranque de adrenalina y le dijo muy engreídamente:

— La semana que viene vamos a merendar al café de la esquina.

Sorprendido de que, después de tanto tiempo, alguien se hubiera dirigido de manera directa a él, levantó muy lentamente la mirada, aquella mirada que había torturado a la damita por tantos meses sin fin, y le contestó:

— Por casualidad no sos una socialista encubierta que sueña con un mundo utópico que no esté gobernado por normas impuestas por un mercado consumista, ¿no?

— No. Yo solo vengo a comprar el desayuno al almacén de don Pedro todas las mañanas.

— Lo suponía, una lástima. Pero sí, me gusta el café de la esquina. Vamos.

Casi tan decididamente como vino, dio la media vuelta y volvió a continuar la charla interrumpida con su amiga, quien le dirigía una mueca de asombro y desprecio que ni siquiera se molestó en disimular. Pero a nuestra joven aristócrata no le importaba, porque finalmente había logrado lo que fue su objetivo por tantos meses: su Mirón Indiferente le había correspondido la mirada. Y no solo eso, ahora tenían una cita en donde podría, finalmente, ser el objeto puntual de toda su atención. De esta manera, por fin podrían construirse mutuamente en el ida y vuelta que constituye el juego de observar.

Pero tampoco era cuestión de adelantarse. Por el momento, solo habían decidido encontrarse en el café de la esquina, y eso estaba bien. Eso estaba más que bien.

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.