No acostumbro a hacer recuentos de año viejo. Desde mi adolescencia he procurado no llorar cuando se van dando las doce campanadas del 31 de diciembre y tampoco siento la nostalgia en la panza por las cosas que fueron y otras que pudieron ser. Algunas veces siento que soy bastante antipático al respecto, pero luego de algunos abrazos y decirle a las personas correctas mis deseos, se me pasa.

2017 fue un año de recomponer mi camino. Fue mi primer año como padre y también la certeza de que el miedo no debe determinar mis decisiones. Que el miedo no debe ser la energía de todos los actos. Esta creencia la he trabajado desde que salí de bachillerato.

Por aquella época mis amistades las conformaba el “grupo de los populares”. Un conciliábulo conformado por jóvenes en plena pubertad que marcaban sus pasos a través de las bromas de mal gusto, el descubrimiento de la sexualidad y una necesidad tendenciosa a ser crueles. De esa experiencia me quedó un solo amigo y la evolución de mi raciocinio. De no dejar que nada ni nadie apuntara hacia dónde debía caminar y que el miedo no fuera la gasolina que me llevara a cometer estupideces por el temor de quedarme solo o no ser aceptado lo suficiente.

Pienso que esto es muy común cuando somos adolescentes.

Pero como lo común tiene sus formas, cuando se es adulto comprendemos que muchas cosas de esta vida son un eterno concurso de popularidad. Una competencia que ha crecido con el desarrollo de las redes sociales: ¿quién tiene más “me gusta”? ¿Quién es la “voz autorizada” en ciertos temas? ¿Quién puede ser la gran luz de esta generación a través de una pantalla de computador? Es entonces cuando vemos las diferentes actitudes -y aptitudes- de las personas, cómo su entorno se convierte en la herramienta transgresora para bañarse en éxito, en reconocimiento, en las glorias y mieles de aquél que tenía en el colegio a la chica más bonita o el carro más nuevo. La ambición puede convertirse en nuestro espejo.

Mi abuela dice que aquél que afirma que nunca ha querido ser reconocido es un gran mentiroso. Una persona sin metas y sin destinos definidos.

Puede que tenga razón. Pero si algo he aprendido en parte de mi recorrer es que muchas de las personas que se jactan de algo -su éxito, por ejemplo- en la tranquilidad de su hogar y dentro de la privacidad de su almohada, son todo lo contrario. Y es que cuando comienzas a escalar la montaña y sientes la brisa de la cima, no hay nada que pueda detenerte y es en ese momento cuando Maquiavelo mueve sus piezas para convencernos de que el fin justifica los medios. Por eso no creo en ídolos y dioses humanos, porque en su inmensa mayoría tienen pies de barro.

¿Está mal ser ambicioso? ¿Querer éxito? No, claro que no. Lo que está mal es dejar que el miedo te pinte una realidad distorsionada. Que el miedo pretenda inculcar sus prejuicios en tu quehacer y te transformes en un personaje dual que pretende algo pero maneja los hilos de sus acciones con sentido bélico. Que el miedo sepa tus debilidades y te impulse a esas lagunas de aceptación tan inútiles como un esquimal en el desierto. Sé lo que hablo: yo solía ser así.

Mi ángel ha sido ella, la que se despierta todos los días a mi lado, la que podó mis malezas y me plantó en la tierra con sus consejos y afectos. Mi esposa.

Como dije, no me gusta hacer recuentos de los años que se van. Pero 2017 se convirtió en el año que he trabajado más en no dejar que mis miedos sean los que dicten mi futuro. El año en el que he entendido que las cosas, al pedirlas de la manera correcta, pueden llegar sin la necesidad de ser un imbécil o creerse “un oasis en el desierto”. ¿Quiero ser exitoso y reconocido? Sí, claro. Para eso, 2018 será el año en que mi ambición no será el espejo en el que me quiera ver reflejado todas las mañanas.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.