Un huracán de juguetes y cosas ha pasado por mi casa. Buscamos un objeto. Es curioso porque existe la seguridad de que no está en esa maraña de sintéticos cuerpos del recinto.

Nadie encuentra el bendito objeto que ahora es imprescindible. Esto provoca incomodidad e incertidumbre. Todos estamos viéndonos con cara de angustia como en espera de un paro respiratorio en una sala de cuidados intensivos.

Alguien se acerca y me dice con tono quedo: “Juliet sabe”.

Juliet es mi prima, una hermosa joven de piel de pantera y ojos de gacela en sabana.

Comienzo a darme cuenta de que alguien acaba de morir. Ese alguien es mi July.

Entiendo de manera extraña que no me percataba de su muerte porque ella y yo seguíamos comunicándonos por el WhatsApp, del cual somos adictas.

Los veo a todos simultáneamente y les digo: “a mí sí me contesta, yo le escribo”.

Tomo el celular que trepida como estrella en mis manos. Busco su nombre. ¡Oh prodigio de la naturaleza o de los mil demonios! ¡Está conectada! Aún está fresca la conversación que fui incapaz de borrar…

Veo su foto y ya no es ella, es mi mejor amiga, ¡mi comadre! Comienzo a fragmentarme, vuelvo a asumir la pérdida entre sollozos en un limbo de espanto.

Mis dedos desarticulados intentan mandar un mensaje. Como una autómata acorto un saludo y presiono desquiciada el “enviar” en la espera sin piedad de una respuesta.

¡Oh maldición de los justos que no verán la luz de Dios! ¡Ella responde!

Me cuenta de manera desenfadada que sigue batallando para dormir su siesta… la vecina de al lado, su compañera de cuarto (al parecer) escribe versos justo en ese momento en que se esperan los anestésicos efluvios de Morfeo.

Todo parece tan auténtico… tan cotidiano… reverdece en mi alma una plaga de esperanza que intenta devorar dos mil hectáreas de realidad que solo Cristo ha podido hacer. Sin embargo, después de relatarme esas inquietudes de siestas y reír con algunas caritas graciosas, esas que acostumbramos, me dice como un responso: “ya no podré seguir, comadre, tenemos que terminar este chat”.

Pido una explicación como si no supiera de antemano la circunstancia tan contra factual en que estamos. El universo se ha vuelto una teoría de manzana que levita en la cabeza de algún científico drogado.

Se despide de una manera extraña, abismal y sintética como esa maraña de equívocos en la que aún naufragamos los que hemos quedado buscando las cosas perdidas… se desconecta por última vez en una fecha colgada de un calendario que se burla de nosotros desde la esquina virtual de la muerte.

Mientras leo su última exclamación, lloro. Trato de asir su imagen cibernética en el espejo de llanto que me vuelca como una cascada desde mi pecho hasta los ojos.

De repente el umbral del sueño es traspasado. Mis lágrimas entran de puntillas a abrir el telón de mis ojos que aún se asfixian en la quimera de la vigilia…

Venus Ixchel Mejía, hondureña

Escrito por Venus Ixchel Mejía

Poeta, escritora, cantautora, docente. Tegucigalpa, Honduras.