Ahora que mamá salió, aproveché para vomitar. Me puso a dieta de nuevo, dice: ya me lo agradecerás, pero me parece injusto que repita: tienes que estar a dieta, y compre buñuelos, mi perdición. Además, mamá es gorda.

Ella gasta en nutriólogos, pero su bajo coeficiente intelectual no le permite ver que a escondidas arraso con lo que puedo; nunca buñuelos, los venden en las ferias o en mercados a los que no me es permitido ir.

Papá es flaco. Él sí comió buñuelos y después se fueron al cine. A mí no me llevan “porque no es una película para niños”. Seguro se abastecerán de palomitas y refrescos, él además pide nachos con mucho queso, no entiendo por qué no engorda. Es un castigo nacer así.

Mamá dice que nunca sé lo que quiero, pero sí sé. Cuando sea grande seré chef de buñuelos, la gente hará colas que rodearán cuadras para entrar en mis tiendas. Haré un programa de cocina en la televisión, seré rica, viviré en otra ciudad y nadie estará diciéndome qué coma y qué no coma. Ya me voy a dormir, me duermo con hambre.

Me levanté y lo primero que hice fue ir a la cocina a ver mi lunch. Pepinos de nuevo. Cerré la lonchera con desgano. Mamá puso cara de enojada, siempre enojada. Estamos enojadas y gordas.

Es sábado, detesto los días sin escuela. Ya sé que voy a bajar, estará listo mi desayuno, omelet de claras de huevo orgánico con espinaca.

A papá le ha dado huevos con tocino, pan dulce y chocolate frío; mamá se ha servido lo mismo que yo y su Diet Coke, pero veo que toma pedazos de pan. Es trampa. No tengo derecho a decir nada.

Papá ha dicho que hoy haremos una fogata en el jardín con bombones, ¡qué felicidad!

Mis papás hablan del predial, que dónde pasaremos Navidad, que si mamá recogió de la tintorería el traje de papá. Son tan superficiales. Pregunté a mamá: ¿a qué hora vamos a comer? En seguida su rostro se transformó, me dijo que era increíble que sólo pensara en comida y fuera tan egoísta, si yo tenía hambre, todos teníamos hambre. Nunca más volveré a pedir comida.

No me dejaron comer bombones, papá se dio cuenta de mi decepción. Mami sabe lo que es mejor, dijo. Papá también estaba fuera de sí. Si es verdad que existe la reencarnación, yo debí ser una maldita en mi vida pasada.

Me hablaron de la dirección. Nunca hacen eso en la escuela, está prohibido hablar, sólo lo hacen cuando estás enfermo. Por lógica, me asusté muchísimo. Seguro cuando me vine a la escuela secuestraron a mi familia y ahora era huérfana o tendría que pedir limosna.

Llegué a la oficina temblando, pero con aire maduro; estaba dispuesta asumir lo que me deparara la vida. Me dijeron: es tu mamá. Respiré de alivio, al menos mamá estaba bien, aunque también podía hablar para decirme que le querían cortar un dedo o pedir algún rescate. No quería a mamá, pero estaba dispuesta a trabajar para salvar su vida, pues una de las ventajas de ser diferente de ella eran mis valores morales.

Cogí el auricular. Me dijo: murió Tito. No estaremos en casa. Lo siento. Sé cuánto querías al abuelo.

No lo podía creer, mamá ni siquiera pensó en el peligro al que me exponía, yo súper preocupada, angustiada, ¿y todo porque se murió el abuelo? Mamá es fuera de serie, no tiene pizca de sensibilidad. Pues que Tito se muriera era normal, estaba viejo, la ley de la vida. Creo que debo denunciarla por el maltrato sicológico al que me veo sometida. Leeré con atención los derechos de los niños. Esto sobrepasa cualquier atrocidad. ¿Por qué habré nacido en esta familia?

La ventaja de la muerte del abuelo es que llegué y comí lo que quise sin caras. Cuando terminé corrí al baño, traté de vomitar como siempre, pero se me regresó la comida, estaba ahogándome cuando de pronto ¡abrieron la puerta!

Era mamá. Me preguntó llevándose las manos al rostro, qué estaba haciendo. Como mi mente era ágil y supe que me delataría, me vi obligada a suprimirla, le dije que quizás algo me hizo daño, le pedí se asomara al excusado a ver si podía reconocer algo. Ella se asomó y con todas mis fuerzas y en defensa personal hundí su cabeza en él. Me mantendría así hasta que ya no tuviera signos vitales. Pero me ganó su enorme cuerpo, e imagino, su instinto de supervivencia.

Mamá me miró asustada mientras se sonaba y tosía. Preguntó: dime, ¿qué tratabas de hacer? Argumenté que ella había violado mi intimidad, cómo era posible que si yo estaba en el baño hubiera entrado así, sin más, sólo trataba de defenderme, aparte, había mentido de que no estarían, y con la confianza perdida, ya no sabía de qué era capaz, ya no la conocía.

Ella, como persona ignorante que era, no entendió nada; salió y escuché que llamó a papá y le dijo: hay un problema. No me quedó más remedio que escapar. Mamá trató de detenerme, pero ahí sí que le gané. Fui directo a la policía, denunciaría a mamá. Era mi vida o la suya. Me escucharon con atención, con empatía percibí, me pidieron que permaneciera sentada y algunos datos. Al fin se haría justicia.

Para mi sorpresa a las dos horas llegó mamá y me entregaron a ella. Este país, como veía en las noticias, iba de mal en peor, no se podía confiar en nadie, me entregaron a la boca de los lobos. Extrañamente, mamá no me hizo caras. Guardé silencio, mamá lo rompió preguntando si había sido por Tito, que si estaba enojada. Callé, todo podría ser usado en mi contra.

Llegamos a casa, mamá se soltó a llorar. ¡Lo que me faltaba! Me abrazó, sentí asco, me dijo que su única meta en la vida era que yo fuera feliz. ¡Vaya maneras! Dijo que pediríamos ayuda, le dije que sí para que se callara y pedí irme a mi cuarto. No me lo negó. ¡Milagro!

Papá llegó tarde, como siempre, me dijo que yo era su princesa, y cómo lamentaba no pasar más tiempo con nosotros, pero alguien tenía que trabajar. Sí, claro, tira la piedra y esconde la mano, pensé. Les pedí, con la educación de que ellos carecían, que salieran de mi cuarto. Lo hicieron, mamá dijo: descansa, que Dios te bendiga, y cerró la puerta.

Al día siguiente me permitieron faltar a la escuela, le exigí a mamá que me dejara de torturar con la báscula, y eliminar la restricción sobre comer buñuelos. Ella asintió y fue a comprar unos, era lo menos que podía hacer, con la culpa y la cola entre las patas.

Bajé a la cocina por un vaso de leche y me recosté en mi cama. Cuando mamá regresó con la bolsa de buñuelos le pedí con dulzura que se acostara a mi lado. Ella, con su sumisión y falta de carácter, lo hizo. Saqué el cuchillo que subí cuando fui por leche y la apuñalé muchas veces. Ella, horrorizada, me rogaba que parara; yo no lo haría, sólo le dije que se rindiera y seguí y seguí hasta perder la conciencia.

Y ahora estoy aquí, por inverosímil que parezca, encerrada en una institución para corregir menores, y los verdaderos culpables, afuera, libres, ¡comiendo seguramente buñuelos a placer!

Un día la directora de la correccional dijo que para Año Nuevo tendríamos buñuelos. Increíble que unos extraños puedan complacer tan inocente deseo del cual era privada en mi propio hogar.

Escrito por Alicia Camposalas

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