Por un momento, pensad en la palabra flâneur. ¿A qué os evoca su fonética murmurante, la belleza contenida del acento sobre la vocal cerrada, vocal que nuestra lengua desconoce? Cuando pienso en este flâneur me viene a la mente París, los paseos sin rumbo fijo de quien va en busca de la belleza de lo cotidiano, adentrándose por los meandros de la ciudad decimonónica, casi táctil la atmósfera de ruidoso hervidero, las costumbres de sus habitantes. Pienso, sobre todo, en Charles Baudelaire, un poeta que admiraba profundamente a los pintores de su tiempo como Delacroix, y que hizo de su propia obra un auténtico lienzo de sensaciones y colores vivos. Les fleurs du mal, como bien recordareis.

Mi recuperación de esta figura del flâneur sólo tiene como motor el hecho de volver a hablar de algo tan sencillo como el paseo y el ejercicio del paseante, pues me parece que durante este movimiento regido únicamente por la itinerancia se descubren formas nuevas que riñen con el asombro. Otro salto en el tiempo: en griego peripatêín significa pasear, y a los filósofos que siguieron la estela de Aristóteles se les bautizó como los peripatéticos: sus reflexiones nacían de los paseos por el jardín. Pasear, hoy también, puede ser pasaporte que desteja la urdimbre de los días con fidelidad rotunda.

Tras este preludio afrancesado, detenemos el pulso en un libro concreto: Comiendo de una granada de Esther Muntañola, publicado por la editorial Bartleby en 2017. Ya habían visto la luz anteriormente sus poemarios En favor del aire (El Árbol Espiral, 2003) y Flores que esperan el frío (Trea, 2012), dos libros que sin duda alguna merece la pena rescatar, y a los que acudiré también durante este paseo por el jardín personal de su autora.

 

El árbol

No resulta extraño que un paseo por el jardín dé comienzo con el árbol. Este se alza como uno de los protagonistas indiscutibles de la poesía de Esther Muntañola, porque hasta en las ramas aparentemente derrotadas asoma un fruto, la simiente de lo que está por venir. En su poética hay un sentido profundo de la escucha, del aprendizaje a través de la observación del mundo. Con la delicadeza con que un pájaro hace su nido en las ramas más altas, la poeta excava en la lengua, logra hendir pequeños agujeros donde poner su semilla. Sirvan de ejemplo versos como los siguientes, recogidos en Flores que esperan el frío: «Da sonido a la sombra el instante del pájaro. / Hay un hueco de nube y una noria en mis manos, / tardes enteras se amontonan y dejan / su pequeña ceniza, sus arañazos, su magisterio sombrío, su mirada». O este otro: «Los ojos aprenden a hablar antes, a caminar antes».

No podemos olvidar que es una artista quien sobrevuela estos libros de poesía: en Esther Muntañola se reconoce a una creadora que nunca se despoja de las artes plásticas. Es más: no escribe el poema sino que parece estar dibujando con plumilla o espátula o pinceles cada una de las imágenes poéticas. No solo en el color deja su huella. También en la forma escogida, que se caracteriza por la libertad absoluta: los poemas danzan desde el metro breve hasta el versículo, y en otras ocasiones se asientan con naturalidad en el poema en prosa, siempre desde la conciencia de un trabajo y compromiso férreo con la palabra. Como el árbol es hogar para tantas especies, en esta voz coral enarbolada por la poeta reside el aliento único: «Los árboles trazan / el camino del agua».

El tiempo

Para el poeta, lo sencillo es escribir desde el pasado, desde el recuerdo, para hacer memoria. Comiendo de una granada es un poemario donde el tiempo resiste, una y otra vez, no sólo en el pasado sino a través de la referencia al instante-ahora, que se encuentra presente desde el momento en que tomamos el libro entre las manos. Está en la portada: en el título. En la aparición poco común de un verbo en gerundio, que capta precisamente la morfología de lo que está sucediendo mientras se habla, o en este caso, mientras se escribe. En el poema que da título al libro leemos: «Comenzamos el otoño / comiendo de una granada, / otra vez el tiempo acelerándose / jinete del vacío». Con esta bella metáfora, la poeta nos pone cara a cara frente a ese perpetuo devenir que asola cuanto encuentra a su paso. Los granos rojos del fruto son también un espejo para la herida. Una herida salvajemente humana.

En el poema ‘Cuchara de madera’ escribe Esther Muntañola: «El Tiempo, a su modo, deshace todo lo que ya no pertenece al Tiempo», y con la palabra hace un camino para la memoria, pues en este libro hay una recuperación del quehacer histórico como instancia constructora. Los objetos familiares como el arca o las recetas de la cocina cumplen este papel de deshilvanar el pasado y traerlo al presente desde la intimidad de lo cercano. Esta idea queda perfectamente recogida en los versos: «Aquello que sirve para crear o arreglar algo. / Herramientas para el museo del alma, donde / funcionan, hacen su música. Y construyen». El acto de convocar a los protagonistas a través de sus nombres también me parece un detalle relevante, pues traza una homogeneidad entre ellos: así Soledad, Vicente, Felisa, Josefa, pero también Armand, Ibrahim, Dacoleiv, Oumar, estos últimos hombres y mujeres ahogados en la playa del Tarajal tratando de llegar a Ceuta. Como en este otro poema titulado ‘Espacio para sostener el tiempo’, en el que se recorren las calles de Berlín y la ciudad revela la cicatriz imborrable que la mantuvo dividida durante décadas. La memoria es la voz que moldea el sentido, espina dorsal de este poemario.

Los cuerpos

«Antes que el trazo, / la sombra sobre el papel, / como el cuerpo es amapola / antes que piel o carne / y el poema asombro, silencio, espacio / antes que palabra». En estos versos Esther Muntañola pone la mirada en lo ausente, en la falta, de modo que no es el cuerpo en sí lo que aparece en Comiendo de una granada, sino la huella del cuerpo, que irrumpe en el poema y lo dibuja. Los poemas que establecen rutas trazadas por los inmigrantes no están poblados de cuerpos, sino de una parte representativa de ellos, de su dolor a cuestas. Los pies se equiparan a manos en la desesperación por aferrarse a la tierra, y las manos poseen su propio lenguaje, es aquello que «sujeta la vara que sujeta el cuerpo».

Como en un espejo, lo que en desfila en los versos no es más que la verdad en toda su crudeza: «la Humanidad traslúcida», en sus propias palabras. Muntañola recuerda además a algunos fotógrafos como Dorothea Lange o Robert Capa, que recogieron la semilla de la barbarie con la lente de sus cámaras, y dirige su poesía al lector, en una llamada cómplice y hermana, más cerca de la compasión que de las campanas lejanas del arte por el arte: «Qué podemos hablarles a esos ojos, con qué boca emitiremos sonidos aceptables, con qué manos acariciaremos esas cabezas y levantaremos esos cuerpos».

Un reclamo que aquí no solo conmueve, sino que mueve, resucita; al fin, restaura.

Coda

Si el flâneur que al comienzo de esta reseña recordábamos quisiera transitar por el paisaje de nuestro tiempo, se encontraría con un collage de las imágenes aquí retratadas, pues Comiendo de una granada es un poemario de hoy que conserva un aliento de ayer: espíritu atemporal de lo que está naciendo. El poema del instante reaparece en el perpetuo e incesante paseo por el jardín de esta artista desgarradora.

 

Escrito por Gema Palacios

Gema Palacios (Zaragoza, 1992). Autora de los poemarios "Morada y Plata" (Ebediziones, 2013), "Compañeros del crimen" (Ediciones Paralelo, 2014) y "Treinta y seis mujeres" (El sastre de Apollinaire, 2016). Mis poemas han aparecido en las antologías "Nacer en otro tiempo" (Renacimiento, 2016) y "Odisea poética" (Legados, 2016) y en revistas como Nayagua o Estación Poesía. Soy graduada en Estudios Hispánicos y máster en Estudios Literarios. En la actualidad me encuentro realizando mi tesis doctoral en estudios comparados en Literatura y Artes. Soy profesora de Lengua y Literatura en educación secundaria y bachillerato.