I go to those places,

where we use to go,

they seem so quiet now. I’m here, all alone.

You go to new places, with I don’t know who,

and I don’t know how to follow you.

                                                                                                  Jamie XX, Loud Places (frag.)

 

I

Me tatué, empecé a conversar un poco más con mi mascota y a entrenar box. Retomé la bicicleta y vi a Patti Smith. Las lecturas de poesía se hicieron incontables este año y los proyectos que pudimos realizar en el museo donde trabajo, me ayudaron a creer de nuevo en una colectividad donde aún hay esperanza, por más que el exterior quiera refutarnos todo tipo de posibilidad.

Empiezo con este listado de acciones que me ayudaron a enmendar a mí misma este año, porque también tengo un listado de hechos que me dolieron: ser asaltada, dejar —o dejar ir—, esperar —a un Godot, que obvio, no iba a llegar— y decir adiós. El primer fenómeno ahora considero vital mencionarlo, porque hacerlo saber es una manera de combatirlo. Y combatirlo, de cierta manera, es trabajar para que a nadie le vuelva a ocurrir. No importa que ese trabajo dure toda la vida. Juan Gelman decía que los mejores resultados de nuestro trabajo —poético— nunca los íbamos a presenciar, porque los resultados tardan bastante en emerger. Creo en ello.

El Dejar y decir adiós, al parecer se volverán más recurrentes. Y no es que sea pesimista, es que somos finitos. Y el aprendizaje que me queda de la multiplicación de las perdidas es que, si dueles y no sabes a donde dirigir tu dolor, gradualmente te vuelves punzocortante. Por suerte, yo sólo me he vuelto más imprudente —igual creo, ya lo era—.

Las acciones que salvan, son sagradas. Por ello, al primer listado lo he considerado el de mis rituales. Y al parecer, encontré mi último ritual dos semanas antes de terminar el año…

 

II

Las personas que amamos, podrían ser un cuadro o una fotografía. Se montan en la pared. Nosotros somos la pared, a veces de nuestra misma habitación o a veces, en nuestra extroversión, de la sala o la cocina. El interior del hogar, es movible. Algunas obras se retiran. Queda el espacio marcado por el polvo.

Queda algo.

Mi librero estaba en la sala. Toda mi vida había permanecido allí —primero como mueble decorativo y después, con libros—. Me pareció buena idea acomodarlo. En mis cinco años en la universidad, nunca lo había intentado. O pensado. Crecer involucra hacerse un poco más consiente del caos que nos pertenece. El problema es que, me acostumbre a saber en qué parte de ese caos estaba cada libro.

Sin embargo, ese desorden ya se estaba desbordando —literal y metafóricamente—. A estas alturas, ya sólo sabía que Sylvia, Lezama Lima, Pessoa, Pizarnik, El principito —al lado de Huidobro, “obviamente”— eran los únicos que tenían un lugar sólido, lo cual era injusto para quienes tal vez, al igual que los cuadros, les tocaba partir.

Vaciar los compartimentos es lo más cercano que he vivido a un desembargo. La sala quedó invadida de una multitud que me hizo notar dos cosas:

  • Yo ya no pertenecía a la sala.
  • Lo que había pertenecido, ya no estaba.

Ante este panorama, solo me quedaban dos opciones: apresurarme o encontrar un cuarto propio. Creo que entre mis próximos rituales se encuentra encontrar ese condenado cuarto.

 

III

Decidí mover el librero desde la sala hasta mi antigua habitación por mi cuenta. Les hablo de un artefacto cuyo ancho equivale al largo de mis piernas y cuyo largo sobrepasa un poco los dos metros. Yo mido 1.63 m y sólo el 30% de mí es músculo. Mover el librero fue tratar con un caballo de madera.

Durante este proceso, mi cansancio y la vacuidad de los compartimentos me hicieron pensar en un barco, pero también en un ataúd. Así que mejor decidí evocar el arca de Noé. Tengo una amiga cuyo departamento se encuentra en un cuarto piso. Me gusta pensar que voy a la torre de Babel cuando la visito porque, además, es ferviente lectora de Žižek y Chomsky.

A Diego Espíritu le gusta mucho mencionar que los libros son muchas personas. Le creo. Mi biblioteca personal era ahora una multitud en donde la mayor parte había dejado de existir antes de que yo naciera —ancestros— y el resto era demasiado cercano. Me conocía y yo a ellos. Los quería y yo a ellos. Tan cercanos que cometí la maldad de poner los libros de dos amigas juntas, sabiendo que desde hace tiempo ya no se hablaban. Aquí todas las reuniones son posibles.

Creo, encontré mi tokonoma.

Escrito por Sayuri Sánchez

(Guadalajara, 1993) Egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara; Auxiliar en el Área de Servicios Educativos del Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA); Coordinadora del proyecto de promoción de la lectura Vía literaria y Por favor, lea poesía (2015-2017). Ha sido publicada en periódicos y revistas como La Jornada, Cultura Colectiva, Posh Magazine y México Design.