Del 12 al 15 de diciembre del año que acabamos de cerrar se celebró en Cali, Colombia, la tercera edición de ELLA, un encuentro de mujeres de toda Latinoamérica (y algunas polizones de ultramar, como yo), destinado a pensar juntas los retos y estrategias de un feminismo colectivo. En un campus universitario –transformado por un ingente trabajo autogestionado en campamento, escenario y ágora– se sucedieron las charlas y las asambleas, los talleres y conciertos. Pero también, entre bambalinas y en las habitaciones, en los bares y en las fiestas, el encuentro y la conversación hicieron su parte, tejiendo una red que aprovechaba cada ocasión para crear un nuevo lazo, como una posibilidad abierta. Porque el feminismo es también, sobre todo, ese trenzado que no se deja ver en lo previsto.

La imagen puede contener: una o varias personas, niño(a) y exterior

Primer desayuno. En el patio del hostal, grupos de mujeres que han venido juntas o se han conocido ya, charlan bajo el sol de este diciembre veraniego. Nos sentamos con uno de los grupos, que resulta ser la delegación uruguaya. Karina, huracán rubio y risueño, desborda energía frente a nuestro jet lag. Como siempre en estos casos, trabamos conversación contándonos qué hacemos en nuestras cotidianeidades, porque es el modo de decir qué hacemos allí. Ella nos cuenta su activismo en cuestiones relacionadas con prostitución y trata, nos cuenta las leyes en las que ha trabajado, nos cuenta el libro que ha escrito. “Bueno, y aparte yo misma me gano la vida ejerciendo el trabajo sexual”, nos cuenta. Y con esa rapidez que tienen a veces las conversaciones cuando se juntan mujeres con ganas de entenderse, antes de acabar el café con tostadas ya ha desenredado el hilo conductor de su vida y su postura política: “vivimos en una cultura de la prostitución; yo tuve suerte porque nunca he tenido un proxeneta hombre, la mía era mi madre; muchas llegamos aquí por herencia pero yo estoy contenta porque con mis hijas se ha roto la cadena; este es un trabajo duro, lo fundamental es reducir el tiempo de exposición a él que pasamos; mira, yo he aprendido mucho para hacer política, me he ido refinando, antes era muy brusca”.

El relato se interrumpe porque llega Jose, otra de sus compañeras de delegación, activista trans. Se deja caer en la silla con gesto abatido:

– Han matado a otra mujer en mi ciudad.
– ¿Treinta y cuatro son ya? –pregunta Karina–.
– Treinta y cinco

38436061754_2806af9103_z.jpg

Tras las inscripciones y las primeras reuniones informativas, mientras las caravanas de diversos países seguían llegando, el encuentro comienza con un ritual, al caer la tarde. Con las manos en alto (y en esas manos uñas pintadas, pulseras, anillos, móviles en modo vídeo) se va pidiendo al cielo y a los cuatro puntos cardinales lo que se quiere, lo que se busca: se recuerda a las ancestras, se piensa en la tierra, se grita por las que no están. Rezos y cantos, una ofrenda de flores formando el dibujo de un útero, humo santo para limpiarse. La mujer que guía la ceremonia termina diciendo:

– Que lo que hablemos en estos días sea lo que podamos caminar.

38261288035_b9327833e3_z.jpg

Esperando el autobús, Osly, venezolana, maestra y activista medioambiental, habla a toda velocidad sobre su visión de la educación. Desgrana las claves de un proyecto que tenga claro su vínculo con las comunidades, un modo de conectar lo que se estudia con lo que se necesita y lo que se podrá hacer. Celebra los éxitos que ha conocido pero no se calla tampoco la preocupación que es para ella el reverso de la moneda:

– Si empoderas a un joven mediante la educación pero luego no tienes modo de darle salidas, lo que tienes es una célula guerrillera.

Anoto en mi cuaderno el nombre de la escuela que montó en su pueblo: “Jaula Abierta”.

La imagen puede contener: una persona, sentada y cancha de baloncesto

El autobús (asientos destartalados y gran pintura de la virgen en la puerta) tarda en torno a una hora en llegar del hostal a la Universidad, atravesando el paisaje cambiante de una ciudad en que cada barrio implica unas condiciones de vida muy diferentes. Pasamos el tiempo entreteniéndonos en lo que se nos ocurre: por ejemplo, este intento de hacer un selfie. Asomando por encima de los asientos, distintos colores de piel, rizos y rastas, camisas a cuadros y tops de bikini, labios pintados y cráneos rapados. Un intento, otro intento, los baches no lo ponen fácil, gritos y risas. De pronto en la radio empieza a sonar un ritmo conocido, y el bus entero corea, ríe, baila.

– ¡Coño, “Despacito” no es incompatible con la alerta feminista! – bromea Fany, mi compañera en este viaje –.

Y justo en ese momento, desde el fondo del autobús llegan, como en las excursiones del colegio, las voces que corean más fuerte. Las argentinas del colectivo “Ni una menos” imponen su versión cada vez que suena el estribillo: “Ni uuuunaaaaa menos / todas las mujeres vivas nos queremos / Vamos a luchar porque se lo debemos / a todas las pibas que nunca volvieron”.

El troleo es igual de pegadizo que el original. En ese momento no lo sé, pero me voy a pasar días, muchos días, tarareándolo. Desesperantemente.

25276374848_d9604ec721_z

Pía, una de las mujeres precisamente de “Ni una menos”, me explica algo sobre uno de sus lemas que me parece evidente al escucharlo, pero que nunca había pensado antes. “’Todas las vidas cuentan’” – señala– no solo se refiere al número. Dice también que todas las vidas cuentan algo”.

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior

En las mesas de debate se intercambian experiencias. Veo en todas ellas un género literario específico: historias de mujeres que luchan con monstruos. La Imilla, boliviana, pelea contra un dragón con forma de multinacional con un superpoder llamado música. Lili Fajardo, de Venezuela, enfrenta un alienígena con forma de inmobiliaria con un arma que se llama movimiento de inquilinos. Driade, de Brasil, dice: “en Facebook, cuando pienso en las chicas que me tienen que leer, tengo que saber que mi disputa es con su ex novio y con fotos de helados”.

Marta, de Argentina, apunta: “más que víctimas, somos supervivientes”.

25276160688_d8d5280475_z.jpg

Coincido en un taxi con Ati Quigua, que se va al aeropuerto con las prisas propias de una persona inmersa en un proceso de candidatura electoral. El atasco es inmenso, así que tenemos casi dos horas para charlar. Me cuenta que fue concejal en Bogotá, que luego se retiró por cuestiones personales, y que ahora regresa con un proyecto claro: aspira a ser la primera senadora indígena de Colombia. Reconozco procesos propios en la firmeza con la que dice: “Quiero ganar”. Su discurso es sólido de una manera diferente a la que estoy acostumbrada: me gusta su modo de hilar lo ancestral y lo propio de este tiempo de ruido y dinero. Las semillas, las multinacionales, la violencia, la colonización de los saberes, se revelan con nitidez como sistema, cuando lo cuenta. Ya me había ocurrido cuando la había escuchado hablar desde un estrado, el día antes: su palabra se desencadenaba con mucha fuerza. En un momento de nuestra conversación acelerada –que mezcla estrategias de medios, dificultades personales, visiones de otro internacionalismo posible– le digo precisamente eso, celebro su buena oratoria, lo bien que se le dan los mitines.

– Claro, vengo de una cultura oral – responde sonriendo–.

38262738695_ae4857d9cc_z.jpg

La delegación de Honduras está cogiendo un papel fuerte en este encuentro: la situación de excepción de su país, la dureza de lo que cuentan, la preocupación por que puedan tener problemas cuando regresen. Siempre en grupo, con su bandera, dispuestas a informar, son un grupo que viene de contextos diversos: estudiantes, activistas LGTBI, campesinas. En el coloquio que sigue una mesa redonda en la que he contado nuestras vivencias de campañas electorales y del paso de las calles al Congreso, Alexa, abogada y modelo, se levanta, coge el micro y me hace una pregunta: “Me ha interesado mucho lo que has contado porque yo quiero presentarme para ser senadora. ¿Cómo lo hacéis vosotras? Tiene que ser muy difícil todo”.

No es la única que plantea algo así. Conversaciones sucesivas van alimentando la intuición de que es necesaria una red que, más allá de partidos y alianzas, sirva para sostenerse en vidas y retos.

Porque, sí, Alexa, no te vamos a mentir, fácil no es.

La imagen puede contener: 2 personas, personas sonriendo

A veces se impone la evidencia de que estamos en una burbuja, pese a todo. No nos engañemos, basta salir a la calle, coger un taxi, ir a un bar: no, no se ha producido un cambio mágico. Afuera, el machismo sigue siendo ley. Dentro de eso, la Universidad del Valle, anfitriona del encuentro, es un extraño espacio de transición. Las pintadas de los muros gritan que es una aldea gala, un reducto de izquierdas que enarbola una resistencia que incluye grafittis que reivindican la sororidad igual que dibujan al Che. La batucada que recorre el campus para hacer visible el encuentro se para delante del mural dedicado a Kathe, una estudiante asesinada.

En una charla irrumpen varias mujeres del sindicato de trabajadores de la Universidad. Ellas también quieren contar su lucha. Hablan de agresiones, hablan de salarios de miseria, hablan de cómo su conexión con el movimiento estudiantil se ha visto dificultada por la política de cubrir con becarios sus puestos laborales. Hablan de su gran triunfo: que las trabajadoras puedan acudir a la escuela de género que en principio solo estaban destinadas a docentes.

Otro día, el hecho de que solo queden dos cervezas en el último carrito que las vende nos lleva –voluntad de compartirlas mediante– a charlar con un grupo de estudiantes algo enfadados con el encuentro. La única chica de la pandilla abandera las quejas: “es excluyente, porque mis compañeros querían ir, pero no pueden por ser hombres”. Explicamos que eso no es así: casi todos los espacios del encuentro son mixtos. Los chicos intentan conciliar posturas: “no, no nos sentimos excluidos, pero queremos aprender, pero entendemos si no podemos estar”. Ella insiste: “¡Es por esto por lo que no soy feminista!”

Dice una publicación en las redes del encuentro: “UNA DE LAS INTERVENCIONES MÁS FUERTES DE ELLA 2017 NO ESTABA EN LA PROGRAMACIÓN. Anoche un colectivo de estudiantas de la UniValle hakearon el espacio de #ELLA2017. Llegaron anunciándose con estruendos, sus caras tapadas para proteger su identidad y repartiendo entre el público un comunicado que fue leído al micrófono. La denuncia incluye casos de violencia, acoso sexual, discriminación e impunidad por parte de directivos, docentes y trabajadores de la universidad, además de la desatención por parte de la Justicia. La lectura fue acompañada espontáneamente a coro por el público presente, generando un clima intenso y conmovedor, terminando en un canto colectivo de sororidad”.

38263046475_33b6b54991_z.jpg

No lo vimos, pero nos lo contaron. Una de las cosas que sucedieron en estos días fue el reencuentro entre una madre y una hija. Hacía como veinte años que la ex pareja de la madre había sacado del país a la hija, entonces bebé. Un secuestro. La niña se crió más allá de la frontera, en otro país. Nunca había podido volver a Colombia, los pasajes son caros: esta era la primera vez, gracias al autobús autogestionado por su delegación con fiestas y ayudas. Al conocer la historia, el equipo local decidió probar suerte: buscaron a su madre. Y la encontraron.

Recordaba aquella frase: sí, todas las vidas cuentan. Cuentan muchas cosas.

25278305688_49138d5107_z.jpg

En España no sabemos mucho de feminismos negros. Una sabe de lo que le toca vivir, y a nosotras la interseccionalidad nos llega apenas recientemente, y más bien por las vías de las luchas de gitanas, migrantes o vecinas musulmanas, de las que vamos aprendiendo. En Latinoamérica, sin embargo, la memoria negra es esencial. Abrimos ojos y orejas.

Hay dos mujeres negras que no pasan desapercibidas en el encuentro. Son altas y se ponen tacones aún más altos; son gordas y lo reivindican; una tiene el pelo morado. Visten de colores llamativos, de plata y de dorado. Suelen ir juntas. El segundo día descubro que una de ellas es Preta Rara, una cantante de hip hop muy conocida en Brasil. En su discurso, explica su estética: “Llevamos mucho tiempo siendo invisibles; ahora nos van a ver”.

ELLA, es decir nosotras: a la vuelta nos damos cuenta al escribir un mensaje político que vamos a difundir por redes sociales de que, por primera vez en nuestras vidas, cuando ponemos los emoticonos racializados del WhatsApp, es algo que estamos pensando en primera persona del plural.

🙋🏽🙆🏻🙅🏼💁🏿

La imagen puede contener: 2 personas, exterior

Olga es el seudónimo que esta mujer serena que tenemos delante empleaba cuando era parte de la guerrilla. Ahora que es parte de un partido legal, se sigue haciendo llamar así. Nos cuenta que en la organización armada no se daban los roles tradicionales: “las bombas no distinguen de género”. Pero había cosas. Y había lecturas. Y en esas lecturas, el feminismo empezó a aparecer. A partir de ahí, una historia que implica estudiar a deshora, reunirse con comandantes, escribir una web a muchas manos que no habían escrito nunca. “Queríamos hacer una teoría feminista propia, la llamamos feminismo insurgente”. Haciendo y haciendo, sin pedir permiso, la nueva teoría va impregnando la organización: consigue meter debates sobre género en el último Congreso de las FARC, consigue que los acuerdos de paz incluyan una subcomisión para transversalizar esta temática.

Me encanta una de las anécdotas que nos cuenta: la misma noche que se firmaron los documentos finales del proceso de paz, una lucha histórica que tenía pendientes a los medios del mundo entero, Olga y Victoria –única mujer de esa mesa de diálogo– se retiraron pronto. Estaban agobiadas: al día siguiente entregaban el trabajo final del máster en estudios de género que estaban haciendo a distancia en la universidad de Barcelona.

Unas horas después de nuestra entrevista con ella se produce un encuentro mágico. Al pie del escenario, conversan y se abrazan dos personas que hace unos años no parecía siquiera posible que se pudieran saludar. Victoria se encontraba con Berta, víctima de uno de los atentados que se realizaron bajo su mando. “Ya que estaban ambas aquí, quisieron hacerlo”. No es una puesta en escena. Es reflejo de un momento de cambio de época en la construcción de un país. Ambas cuentan lo mismo con distintas palabras: en los encuentros de estas características que son cada vez más frecuentes, lo que ocurre es que cada parte atisba el punto de vista de la otra, la evidencia del dolor y las razones. Reviso el significado de la palabra perdón. Reviso el significado de la palabra política. Reviso el significado de la palabra hablar.

La imagen puede contener: 13 personas, personas sonriendo, multitud y exterior

Hay una fiesta. Tenemos cerrado un espacio en el hostal, una sala con su música y sus luces. Y entonces, se desata la batalla por la hegemonía del baile. El funky de las brasileñas entra en colisión con las ganas de cumbia del cono sur. Disputas en torno a la mesa de la DJ, airados motines en la zona de fumar.

Imagino a Emma Goldman riendo en algún lugar de algún cielo: si discutimos por qué música se baila, esta revolución ya es.

La imagen puede contener: 3 personas, personas sonriendo, interior

Carol, Majo, Romina, Daiana, Alejandra, Isis, Victoria, Maria Claudia, Flor… En torno a una mesa en la que las jarras de pisco sour se suceden, mujeres de media docena de países pensamos juntas cómo continuar. Este 2018 será un año importante para el feminismo, y va a haber mucho que coordinar. Hay que montar una huelga. ¿Cómo se puede hacer un vídeo en común entre varios continentes? ¿De qué modo encontraremos las palabras que funcionen igual en contextos tan distintos? Intentamos ser operativas y cuidadosas a la vez. Pensamos en todo lo que tenemos que llevar de vuelta, en cuántas mesas iguales en cuántas partes, en cómo hilar(nos). Los temas se atropellan.

La sensación satisfactoria de hablar el mismo idioma. Esa lengua materna que se conjuga encontrando qué es lo que necesita ser dicho.

39144776501_a91f465f87_z.jpg

Última noche. El cansancio, la ligera borrachera, las pocas ganas de irse, la melancolía discreta de las acostumbradas a las despedidas. Se alargan los cigarros y la penúltima cerveza, las conversaciones, las miradas de “ahora o nunca”. Seguimos siendo las únicas huéspedes visibles de este hostal que nos ha albergado durante días.

El recepcionista se acerca, molesto porque sigamos ocupando el patio tan tarde. Elige mal sus palabras: “Señoras, van a tener que irse a sus cuartos”. Se hace el silencio. La respuesta de Marta resuena en la penumbra: “Caballero, me temo que esto no va a ser posible”.

El hombre se va. De nuevo, un breve silencio. Y de pronto, una carcajada. “¿Y no viene el man a decirnos que nos vayamos a nuestros cuartos?”

Risas, risas, risas rompen el techo del hotel, el cielo de Cali, el aire de un continente, como una evidencia de todo lo que es imparable, de todo lo que va a ocurrir.

ESP #preparate.jpg

 

NOTA: todas las fotos que acompañan a este texto
son parte de la #CoberturaColaborativa del encuentro.

Escrito por Laura Casielles

Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es poeta y periodista. Autora de los libros de poemas "Soldado que huye" (Hesperya, 2008), "Los idiomas comunes" (Hiperión 2010; XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal y Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2011, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte), "Las señales que hacemos en los mapas" (Libros de la Herida, 2014) y "Breve historia de algunas cosas" (Ediciones del 4 de agosto, 2017). Realiza traducciones del francés. Es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y en filosofía por la UNED; y máster en estudios árabes e islámicos contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es estudiante de doctorado e investiga sobre la literatura escrita en castellano en Marruecos y el Sáhara Occidental. En la actualidad reside en Madrid y se dedica a la comunicación política, como coordinadora del equipo de prensa del partido político Podemos.