Parto, contra todo pronóstico y contra mis propios hábitos, con una anécdota: hace unos años –y no tantos, la verdad– con unos amigos hicimos una Fanpage que se llamaba «Cuando sea grande, quiero ser Andrea Palet». Qué nos parecía que Andrea tenía «de grande» –y que nosotros no–, pienso ahora, momento en el cual se supone que ya soy grande porque estoy presentando acá, ante ustedes, a Andrea Palet. Aunque probablemente no. No soy ni grande ni soy Andrea Palet. Me pregunto qué hay en Palet que nos hacía hablar de ella como un ejemplo a seguir. Algo de la palabra «ejemplo» siempre me ha molestado. Desconozco si esta rama nos lleve a algo, pero acá va: el asunto del ejemplo es a ratos perturbante o hasta tramposo, en tanto genera la ilusión de que, a partir de lo microscópico, puede ser posible representar una idea más o menos abstracta. La exigencia de ejemplificar parece implacable, sin embargo, eso devela, a ratos, un despojo de la singularidad. «El ejemplo (…) es una retirada, una sustracción, (…) es un singular que es puesto aparte para presentar algo más grande, más importante, digamos, algo universal» (75), escribe Jean-Luc Nancy. Y continúa: «Pero aquí el único “universal” es, precisamente, la retirada de cada uno, o su ejemplaridad» (75). El ejemplo –en su acepción más común– implica la inducción, una idea general que, mediante ejemplos, se deduce. Algo semejante escribe Derrida: «La ejemplaridad consiste (…) en ser a la vez singular, como toda ejemplaridad, y universal. Lo singular debe ser universalizable» (108). Esa pareciera ser la paradoja del ejemplo: cómo nos conduce a un momento de legibilidad y, a la vez, al ensombrecimiento de eso que se aparta al ejemplificar. Sigo con Nancy, que se refiere, de hecho, al sujeto: «Pero aquí no habría inducción, pues no hay generalidad que debe concluirse. Cada vez es una novedad completa, una singularidad completa, una existencia y no la esencia» (74). Seguramente eso es lo que me molesta: el uso del ejemplo en tanto elemento que nos lleva a deducir algo universal. Seguramente eso es lo que me atrae: que haya ciertos salvos –como los que apunta Nancy–, en los que, en lo ejemplar, no habría nada que concluir, una novedad completa. Entonces, cuando quiero decir que Andrea Palet es un ejemplo, algo del todo ejemplar, quisiera decir que estamos hablando acá de una novedad completa. Pensemos, ergo, que esta rama sí nos llevó a algo. Y a algo que Zambra nos anuncia en las «Palabras preliminares», cuando nos habla, justamente, de columnas «ejemplares» y de «pasajes inolvidables» (10).

Pero resulta que Palet olvida –recordemos el título: Leo y olvido, título que a mí, al menos, me parece una trampa–, mientras nosotros –o yo, al menos, sí, pero me gusta incluirlos en esto, se me disculpe– recordamos sus palabras que se nos hacen inolvidables. Entonces, tenemos dos asuntos: en Palet está lo ejemplar y lo inolvidable. Qué es lo ejemplar y lo inolvidable en Palet, podríamos preguntarnos, sustrayéndonos, por supuesto, de la biografía cruzada que alguien como yo, que no soy ni fui Palet, o que alguien como Zambra, tenemos con Andrea. Lo inolvidable y lo ejemplar diría yo en Palet es su voz.

Existe otra anécdota y vuelvo a contrariar mis hábitos. A Andrea la conocí por una entrevista que le hicimos en una revista. Yo no fui, claro, porque no me gusta tanto la gente, pero sí edité el texto, porque me gustan las palabras. Allí decía dos cosas que quedaron, para siempre –literalmente–, en nuestra lengua cotidiana, adosadas como una especie de bromas internas que nadie más que nosotros, editores jóvenes y parcialmente estúpidos, podíamos entender. La primera: «Tengo trece años mentales». La segunda: «Prefiero restarme». El «prefiero restarme» me resuena ahora muy implacablemente, porque si hay algo que hace Palet es restarse. Y de qué se resta. Pues se resta en tanto ejemplo, que es lo mismo que decir que se aparta, se sustrae, en su singularidad. Lo de trece años mentales tendría que forzarlo un poco, aunque el gesto no me inquieta demasiado. Si Palet, en sus propias palabras, tiene trece años mentales –disculpa, Andrea, esta infidencia parcial– es porque solo con trece años mentales puede no estar domesticada, como lectora, ante la sorpresa. Ella se sorprende, como alguien de trece años, ante la lectura –no necesariamente de libros, aunque también; sin embargo, yo diría que lo que hace acá, en este libro y en general, es aferrarse a sus trece años mentales para sorprenderse ante el mundo y, con ello, disparar la sorpresa en nosotros– y la manera que tiene de comunicar esta sorpresa es la voz. Nuevamente llego a la voz –ya extiendo esto, como siempre, demasiado– de Andrea Palet. Si esta voz es ejemplar y, por lo mismo, se resta, y tiene trece años mentales, porque se sorprende y, con ello, nos sorprende, qué esconde la singularidad de esta voz.

Este es el momento indicado, entonces, para hablar del libro o, más bien, para apartar ciertas cosas que nos indiquen algo del tema de la voz y por qué esta voz es, de hecho, ejemplar e inolvidable. Alguien me recuerda –alguien, un lector equis, como yo, que también leyó este libro, pues Palet lo dejó en su casa, porque la mía no tiene conserje y yo lo quería en papel– que existe en uno de los textos de Andrea gente de trece años. Esto ocurre, sabrán pronto, en la columna «La Hermandad del Osito». Allí se nos habla de un cuento de Millhauser, en el que, en un pueblo de Estados Unidos, las adolescentes se escabullen de noche y se juntan quién sabe a qué. Ninguna suelta, le suelta las riendas al secreto, de qué hacen allí. Y eso desconocido, ese no saber, es lo que alienta el espanto en los padres: saber que se reúnen, pero desconocer a qué. Esa nada oscura es, en todo caso, lo que dispara la especulación de cosas horribles. Palet devela el secreto para los que desconocen el cuento: «La verdad es simple y devastadora: las niñas solo ocultan su pasión por el retiro y el silencio. No están haciendo nada extraño, o en realidad lo que hacen es extrañísimo, impensable. Las niñas huyen por las noches para estar quietas, calladas, en paz. En los sótanos, en la oscuridad de los parques, por unas horas no hacen más que estar en silencio. No quieren oír nada, no quieren ser oídas» (22). Qué es el silencio sino restarse algo. En principio, de la palabra. Pero también no necesariamente de la palabra como articulación de lenguaje, puede ser también del ruido. O también de la cháchara. Qué hace alguien en silencio; en apariencia nada. Y este en apariencia es, sin duda, lo que nos perturba. Ese apartamiento que intuimos no inocuo. Y que no es la nada. Por eso los amantes se preguntan, cuando están en silencio, ¿qué estás pensando? Para romper ese secreto que es el silencio y sentir un contacto y, finalmente, capturar. (En este punto recuerdo otra anécdota –tercera vez que me traiciono–, de una amiga que también quería ser Palet cuando grande y que le preguntó a su entonces pareja qué estaba pensando en un momento de intimidad, de silencio compartido. El sujeto en cuestión respondió «en espadas láser». Historia que me da mucha risa porque ella, por supuesto, no estaba pensando en eso y esperaba una respuesta más elaborada. Entonces: silencio. Quizá a veces, cuando se piensa en espadas láser, la salida es callarse. Yo diría acaso que pensar en espadas láser es casi un símbolo de estar totalmente domesticado).

Por qué Palet hablaría del silencio y desde un cierto lugar edificante. Y por qué, además, hablaría de olvido y también desde esa misma perspectiva. En la crónica que cité antes, una clave: «Los especialistas recomiendan hablar, hablar, hablar: contar todo lo que te pasa. Bah, quizás a veces puede ser más sano mandar al diablo esa nube de voces y buscar la calma en un paisaje sin palabras, en una hermandad que sabe cuándo callar y cuándo levantarse para continuar con la vida» (23). Acá callar pareciera ser aplacar ese arrojo por decirlo todo, dejar la cháchara de lado, serenarse en un paisaje sin palabras, lo que nos remite, tal vez, a la contemplación (varias veces Palet se da vueltas en el tema del tímido, del silencioso, del introvertido que es, aunque una boca cerrada, un ojo abierto, con vistas al mundo mas no con ansiedades de articularlo). Lo dice bastante claro cuando habla de las listas y los rankings en el texto «Ansiedades»: «Ambos impulsos tienen que ver con la esperanza de tenerlo todo bajo control, de que se podría construir un muro de listas o pinturas o marcapáginas que nos proteja contra la sorpresa, el olvido» (25). Entonces, un punto de lectura sería el asunto de protegerse ante la sorpresa y el olvido. Salto a otro texto, el que le da título al libro, «Leo y olvido»: «La pesadilla de los memoriosos. Leer y olvidar puede ser sano. Saludable, profiláctico. Leer y limpiarse de lo leído, raspar la borra, emerger cándidos de nuevo, para asombrarnos, una y otra vez, con el poder de la palabra» (41). Bueno, acá soy yo la que no puede olvidar: Funes, el de Borges, el Memorioso. Y su gran problema: como no puede olvidar, tampoco puede pensar. Porque, acá parafraseo, pensar es olvidar diferencias, generalizar. Sin embargo, en Palet se trata también de otra cosa: esta voz, reticente al asunto del control, olvida –y también se silencia ante el mundo– como una manera de no perder la sorpresa. Quizá por eso se resta –del ruido, de la cháchara, de las listas también–. Y tal vez por eso tiene trece años, porque es aún la edad de la sorpresa, donde todavía cada cosa es posible espacio abierto de lo inaudito.

«Cuándo callar y cuándo levantarse para continuar con la vida», leímos más arriba. Pues, bien, ante el pedido de Alejandro, que prologa el libro, de una Andrea Palet escribiendo y escribiendo y de bibliotecas con cincuenta libros suyos que no nos cansáramos nunca de leer, yo diría no. Y lo diría no porque me cansaría de leerla, sino porque, acá estoy presuponiendo, eso significaría eventualmente estar ya leyendo otra cosa y a otra autora. «Están los editores que (…) prefieren escribir poco, casi nada. A esta categoría pertenece Andrea Palet», escribe Zambra (9-10). Diría entonces no pues ese es el lugar que ha elegido. El de saber cuándo callar y cómo olvidar, para estrechar la sorpresa –y, con ello, sorprendernos a nosotros, los lectores–, el de saber cuándo levantarse para continuar con la vida –que acá podría ser, de hecho, escribir y tomar la palabra mediante su voz singular–. Ese momento en el que Palet sigue teniendo trece años y, en sus palabras, ese lugar en que se «asombra con cosas que todo el mundo sabe hace mucho» (34). Si la voz de Andrea Palet, su voz, particular y única, es ejemplo de algo y si nosotros quisimos ser ella cuando grandes, es justamente por eso: arrojados al ruido de nuestro tiempo, en un trabajo que nos demandaba tanta celeridad, chamulleo incluso, relleno claramente, resultaba un alivio poder olvidar y apartar esa adultez controladora. Anhelamos eso como una medida urgente de no abandonar, nunca, la capacidad de «asombrarnos, una y otra vez, con el poder de la palabra».

Julieta Marchant

 

Bibliografía

  • Derrida, Jacques. El gusto del secreto. Buenos Aires: Amorrortu, 2009.
  • Nancy, Jean-Luc. ¿Un sujeto? Adrogué: La Cebra, 2014.
  • Palet, Andrea. Leo y olvido. Santiago: Bastante, 2017.

 

Escrito por Julieta Marchant

Julieta Marchant (Santiago de Chile, 1985). Licenciada y magíster en Literatura y estudiante del Doctorado en Filosofía, con mención en Estética y Teoría del Arte. Es codirectora del sello Cuadro de Tiza Ediciones (www.cuadrodetiza.cl) y codirige J&P Editoras, que ofrece servicios editoriales (www.jypeditoras.com). Ha publicado los libros de poesía «Urdimbre» (Ediciones Inubicalistas, 2009), «El nacimiento de la hebra» (Edicola Ediciones, 2015) y «Reclamar el derecho a decirlo todo» (Libros del Pez Espiral, 2017). Y las plaquettes «Té de jazmín» (Marea Baja Ediciones, 2010) y «Habla el oído» (Cuadro de Tiza Ediciones, 2017).