El sueño rapta a la desmemoria y la arroja a los oscuros pantanos donde habitan, sumergidos, los fragmentos tormentosos de nuestros recuerdos. Nosotros, los durmientes, lo ignoramos. Despertamos y con la luz de la mañana, la razón evapora los infiernos nocturnos. Así, cuando la lucidez se eleva por el oriente, dotando de vida a la ciudad, abrimos los ojos con apenas una imagen, una única sensación, a veces sudor, otras, dolor en los pies heridos por oníricos caminos hostiles o apenas un color, una frase, un objeto cotidiano, un nombre. Hoy desperté con el sonido de tu nombre, y durante el resto del día lo repetí, como golpes de segundos que no se detienen, pero parecen hacerse más lentos.

Tu nombre, un cuaderno del tercer grado. Tu nombre, mi lápiz de grafito número dos. Tu nombre, la ventana del salón de clases… Tu nombre y apellido, tu cabello corto que parecía nunca haber sido peinado, rematado con una liga obsoleta. Tu guardapolvo blanco con el nudo impaciente en la cintura y los rastros de ralo hilo en el espacio donde faltaban dos botones, arrancados durante alguna diablura. Aquí estás, oscuro rostro redondo, de frente a mí. Lo veo como en esos tiempos, estás escuchándome hablar, mirándome con ojos como platos, son toda atención, en mi última frase se entrecierran con una afirmación entre las cejas. Celebro que logro recordar tu imagen tan clara, tan próxima. Guardo para después los dulces que le compro al olvido y te escribo, como en aquellos tiempos, unas líneas.

¿Recuerdas el tercer grado? Te gustaba tanto un compañerito de clase, que cuando se burló de tu cabello tuviste que estocarle un lápiz en la pierna. Recuerdo haber mirado el lápiz unos segundos y lo siguiente que vi fue que escapabas por la ventana del aula. Yo reía y asentía. El lápiz de grafito, que de hecho era mío, quedó graciosamente de pie sobre la tela color azul marino de los pantalones de… ¿era Daniel? ¿Javier? Uno de ellos.

Seguí riendo y asintiendo. Tú seguías haciendo de las tuyas para luego escapar una y otra vez. Causaste que la profesora dejara de abrir las ventanas. El primer día de las ventanas cerradas te entregaste a la carrera habitual, a la ingenuidad de los instintos que gobiernan la memoria de tus piernas, para recordar, a mitad de camino, que te sería negada la recompensa esta vez, por robusta madera. Giraste y aun más veloz, saliste por la puerta. Entonces yo, de codos, me quedé riendo y asintiendo. Siempre que huías, mi tarea era observar las reacciones de todos, los sermones de la profesora Rosa con su insoportable peinado noventoso, los compañeros repitiendo palabras de sus padres sobre tus padres, después, con cuidado, me acercaba a escuchar los cuchicheos del pequeño grupo de niñas beneficiadas por la genética y ungidas con la predilección de la maestra. Cuando todo acababa, escribía una nota donde te contaba cómo se desarrolló la mañana en tu ausencia: “La profesora dice que sólo te aceptó en su clase porque tu abuela le suplicó, otra vez”, “Javier dice que todavía tiene la punta de mi lápiz adentro de la pierna. Le dije que le va a crecer un lápiz ahí”, “Marta dice que te escapaste porque no hiciste la tarea de la tabla del 4”. Seguiste huyendo, día tras día, semana tras semana, por algunos meses, tal vez. Los niños no saben medir el tiempo.

No regresaste de las vacaciones de invierno y yo nunca pude aprender bien la tabla del ocho. Miraba la ventana que volvía a estar abierta y el agujerito en el pantalón de aquel niño. Te escribía más, me decían que estabas enferma, que tu abuela te había llevado a la capital y empezabas a ser más tranquila, dócil. Adormilada, dijeron, dejabas que peinen tu cabello. Todavía hoy, como entonces, sacudo la cabeza para no imaginarte así. Te escribí una docena de crónicas más, después me rendí. Me preguntaba cuál había sido la gota de rebasó el vaso.

La profesora Rosa se mostró compasiva conmigo. A veces, me ocultaba de los demás y me llenaba las manos de caramelos. Me dejaba libre para deambular por el patio de la escuela, luego de  proferir la sentencia de que todo era lo mejor para ti, que en algún momento incluso le daría la razón. Y yo le daba la razón cada mañana, sobre todo en el recreo, mientras observaba a los niños correr en dos patas apenas por casualidad, son como animales haciendo sonar la campanita de sus gargantas con todas sus fuerzas. Sí que era lo mejor para ti, me decía a mí misma.

El año siguiente quería ser mejor para mí, casi te había olvidado. Tal vez lo habría conseguido, pero el primer día de clases, sentada, en el pupitre delante de mí, una niña  casi tan despeinada como tú tampoco conseguía hacer amigos. Ya sabes cómo son los chicos a esa edad. Dudé, pero casi a la hora de la salida le toqué el hombro, ella volteó y le sonreí. Mi proximidad la hizo diferente, con el tiempo. Sucedió que nadie, ni siquiera la profesora, aprendió su nombre, la llamaban por el tuyo. Incluso ella, debajo de su nombre real, escribía tu nombre de pila, en los rótulos de sus libros de texto.

Tu nombre sonando otra vez. Desde el reloj de pared, después del recreo, tu nombre. Tu nombre escrito por mi lápiz de grafito número dos en la última página de mi cuaderno. Tu nombre y uno de ellos, Daniel o Javier, haciendo sonar la campanita. Mi lápiz de grafito, tu nombre y la campanita. Mi lápiz de grafito y la campanita. Mi lápiz otra vez, otra  vez y otra vez… Tu nombre y el silencio. El silencio y mis manos adoloridas. El silencio y los profesores corriendo hacia mí.

Escrito por Jéssica Cohene

Caacupé, Paraguay (1989) Estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Asunción. Participó en la antología internacional de cuentos eróticos Lascivia Textual (2012). Trabajó como editora de la sección cultural del periódico El Informador y como redactora en varios medios impresos y digitales de su ciudad natal.