Reset! La vida comenzaba nuevamente con mi retorno a Lima. Al menos esa era mi intención. Le pedí a Dios que el golpe que produjeran las llantas del avión al tocar tierra peruana fuera la señal de una nueva oportunidad para esta corderita extraviada…Borrar todas mis cagadas, dejar atrás mi apetito desmedido por los hombres, las notas no-románticas de mi casero bajo la puerta, los performances en el centro de San José, como el del tipo violento, que en vísperas de mi viaje, me lanzó una patada por defender a Lolo, quien ritualizaba con un trozo de palosanto en un bar de La Calle de la Amargura, semejante imbécil… Los gorilas pensaron que era un nuevo tipo de droga, y aunque ellos se coqueaban para tolerar la jornada nocturna, sacaron a Lolo del antro, lo apretujaron con sus cuerpos inyectados de esteroides, lanzando luego patadas en su mística espalda, que impactaron también en mí, enviándome a gravitar cerca de un poste por intentar impedirlo. Recuerdo que me convertí en un chivo expiatorio, pues apenas logré que lo soltaran, Lolo me miró y dijo: La vida comienza donde termina el miedo. Y salió corriendo despavorido, dejándome a merced de uno de los psicópatas, quien me siguió al atravesar la calle. Después de escabullirme dignamente de sus ladridos, aunque bien madreada y con un brazo hinchado, dejé a mi amigo Cali aguardándome afuera del bar, del cual no debí salir para defender al descendiente de Osho. Ya dentro tomé el morral que dejé custodiado por otros compañeros de juerga y cuando me disponía a salir escuché un grito desde el exterior: ¡Sacá a esa perra! Tengo que admitir que en esta oportunidad, ese apelativo proveniente de un hombre no me excitó en lo absoluto, y sólo me hizo desear tener el cuerpo de Irene Andersen para romperle su amulado y abyecto hocico. Pronto vi ingresar al tipo que resguardaba la entrada del antro, y antes de que me echara, le dije con mi brazo y dignidad palpitantes: ¡De mejores lugares me han echado! Al salir a empeñones, observé a mi compañero Cali, paralizado sobre la vereda, con una mejilla hinchada. Entendí que era necesario terminar con esta absurda cadena de chivos expiatorios. Me puse seria después de muchos años, tomé impulso y la mano de Cali, y grité, antes de salir corriendo despavoridamente hacia el auto: ¡Lávate la raja, mamut resucitado! Cali y yo, partimos en el auto con un semblante heróico, pensando que habíamos obrado de la mejor forma, Pobre Lolito… Llamé a este mientras seguíamos viajando en el auto para saber si su espalda se encontraba muy afectada. Él me dijo que estaba en casa fumando hierba y que me mandaba buenas vibras. Le contesté que toda esa buena vibra podía enrolarla y, a continuación, introducirla en su mandálico ojete para la impulsar la prosperidad en cada corazón. Pero retomando a mi deseo inicial al aterrizar sobre el Callao, desde ahora sería una mujer más seria, de buen hablar, apacible, terroncita de azúcar, pétalo de tulipán, etc.

(No se pierda la primera Crónica de la Choliperri: “El Chino-Huachano”, a la misma hora y en el mismo canal).

Escrito por tatiana.loayza

Peruana-costarricense, 1986. Egresada del ITCR en Ingeniería forestal. Ganadora del primer lugar en categoría Poesía del IV Certamen Artístico Estudiantil Armando Vásquez. Ha publicado su primer poemario Piedrera (BBB Producciones) en el 2014. Participante del VII Festival de Poesía de Lima (2017). Además, cuenta con publicaciones de algunos poemas en las revistas y/o plataformas literarias: Miércoles de poesía, InterSedes, Ágora 127, Isla negra, así como Digo.palabra.txt. // ILUSTRACIONES POR: JULIA GARIBALDI: Artista plástica, 1986. Argentina-española-trotamundos.