Escuché la historia de un hombre al que asaltaron hace poco en una panadería de por mi casa. Justo ahora, no puedo recordar el nombre del sujeto, pero recuerdo que fue a la hora en que la única ruta de transporte que cubre esta zona ha dejado de pasar. Entonces todo se traduce en motociclistas que viajan de dos en dos, en camionetas que no saben o no pueden frenar, y la carretera tiene un aire de mar, de punto del muelle en el que conviene más bien volver a casa, al hotel, o meterse al coche y seguir moviéndose hacia adentro del país. La persona que me contó la historia lo hizo con afán de remarcar la situación tan difícil que, en general, atravesamos todos, por los motivos más desiguales —antes en el día escuché frases como «jamás pensé que viviría tanto», o «esto ni siquiera era parte de mis planes», o incluso «con este frío le dan ganas a uno de no salir, de envolverse en uno mismo»—, pero de algún modo logró hacer que la escena resultara increíble, un término que uno ya no usa con tanta libertad en estos tiempos. La cosa está así: aparentemente este sujeto, la víctima, entró a la panadería, y en el relato de mi interlocutor más bien sonaba a que el tipo no buscaba realmente pan, como si se pudiera intuir que en realidad iba en búsqueda de su destino, como si provocara el porvenir, el mal porvenir. La víctima miró a todos lados, y aquí interviene la empleada, ¿busca algo en particular?, ¿busca una pieza en particular? El hombre titubeó, se pintó una sonrisa, porque hasta aquí la ambigüedad de sus formas, en las que no se sabe si es bueno o malo, si lo que busca es puro o de verdad algo corrupto en él le empuja a buscar más de lo que lo constituye, y dice que no, y luego matiza —pero ¿matiza él o matizó el relato que de él se hizo?, nunca lo supe—, y dice que no sabe. Ah, dice la empleada, yo te conozco aquí, aquí tú has venido varias veces ya, creo. Entonces, según mi interlocutor, el hombre recapacita, y pareciera que había llegado ahí por ella, por la empleada, en una mala jugada de flirteo, y aquí yo dije: una malísima, pésima jugada de flirteo, precisamente porque en el pasado la utilicé sin otro logro que la vergüenza, y esta persona me dijo que sí, que esa podía haber sido la intención del sujeto. Como quiera, el hombre le dice, claro, sí, te recuerdo, sí te he visto antes, cuando he pasado por aquí más temprano. ¡Siempre estoy aquí!, contestó ella. Pregunté, a estas alturas, ¿cómo es posible conocer estos diálogos?, y la persona que me contó el relato, mirándome de una manera que puedo llamar condescendiente, me explicó: la historia, tal como te la platico, me fue contada por un pariente cercano de la víctima, y fue la víctima quien lo contó con lujo de detalles. Claro, qué pendejo, pensé, si yo mismo he contado una y mil veces la historia de cómo me arrebataron el teléfono en que guardaba los últimos mensajes de Alejandra Alhamar, a punta de cuchillo, cerrándome el paso y luego yo huyendo por toda la colonia Extremo Poniente. ¡Si yo también estuve en ese papel! Pero entonces ella le dijo, ¡siempre estoy aquí!, incluso, creo, una vez entraste a saludarme, hasta una vez tuvimos una conversación en la que yo te dije mi nombre. En ese momento, ella sacó rápidamente el teléfono, escribió algunas palabras, y el sujeto dijo: ¿de veras? Pero, pregunté, ¿qué mierda estaba haciendo ahí en realidad?, incluso ya irritado porque no podía comprender el avance de todo hasta ese punto, ¿me pinches juras que entró, y perdió el tiempo, y movió las aguas nomás así para sacar la plática con ella? Aquí la risa de mi interlocutor sonó particularmente cruel, éramos dos ángeles de la guarda nada empáticos, riendo un buen rato del protegido antes de echarle una mano, mira este pendejo, mira en lo que se ha metido, y me dijo sí, sí, uno no va a una panadería a mirar los estantes como si nada. Hice el matiz: ya hoy en día uno entra a cualquier parte a hacer lo que le da la gana, pero me reconvino. El caso es que ella terminó de escribir, le dijo sí, de veras, y entró en los detalles de la tarde en que él hizo el primer intento, habló de hecho de la hora, que había llovido, etcétera, esos detalles que a los desmemoriados les sientan cada vez peor porque los desnudan, y luego de las palabras de ella, del caudal de motocicletas y autos en retirada se desvió un par de motocicletas, cuatro monos bloqueando la entrada de la panadería. ¿De veras no te acuerdas de cómo me llamo? Te dije mi nombre y te lo repetí varias veces. Esto yo no te lo puedo creer, ¿cómo no va a recordar el nombre de la mujer que va a cortejar? Sigue el hilo, no lo pierdas, me dijo, aquí lo importante es que la mujer le dice: más te vale que te acuerdes de cómo me llamo, porque si no te va a cargar la verga, hijo de la chingada. Aquí no pude aguantar la risa, y me sentí tan desgraciado porque yo, también, me cagué de miedo cuando estuve en el lugar de la víctima, pero me dijeron: el tipo trató de escapar, gritando ¡no me acuerdo, espérate!, pero ¿qué carajo iba a esperar? Nada, le bloquearon la salida, por supuesto, y entre todos le quitaron lo que traía, la cartera, el teléfono, los audífonos, los lentes, hasta los cigarros le quitaron, pero no fueron más allá de los forcejeos. Así de perra está la cosa, me dijo el interlocutor, ¿puedes creerlo?, y le contesté: la verdad no, viejo, pero bueno, ¡yo ya tenía que irme! Hasta pasé por la panadería, camino a casa, y vi dos motocicletas, vi muchos sujetos hablando, riendo, como si invocaran algo, y aceleré un poco el paso para no involucrarme de más; siempre toda historia, en parte, lo convierte a uno en testigo, y ser testigo es algo ya no muy bien visto en nuestros tiempos.

Escrito por Román Villalobos

Román Villalobos (Lagos de Moreno, México, 1991). Licenciado en Humanidades con orientación en Letras por la Universidad de Guadalajara. Publicó la plaquette «En las primeras horas de extravío» en el libro «Pieza de paso» (CULagos Ediciones, 2015), y los libros «Pequeña ciudad eléctrica» (Editorial Montea, 2016), «john lurie, outside forever» (Broken English, 2018) y «Final del rey» (Ediciones O, 2018). Actualmente es becario del PECDA Jalisco 2017-2018 en la categoría Jóvenes Creadores, productor en Radio UdeG Lagos, coeditor de la revista «3 pies al gato» y colaborador del proyecto virtual «Hýbris».