Año: 2016

Director: Eryk Rocha

Nacionalidad: Brasil

 

El mundo de un autor es un lugar solitario, a pesar de que las alianzas promovidas por los movimientos y las escuelas den fuelle a la creatividad conjunta y a los sistemas cooperativos. El Cinema Novo no estuvo exento de este final común a todas las experiencias colectivas del arte: en un punto del camino algunos se mantienen fieles, mientras que el resto prosigue a su manera.

El suyo fue el intento de trasladar a América Latina las rupturas formales del neorrealismo y de la Nouvelle Vague, pero, precisamente, copiando todo aquello que no fuera ni de unos ni de otros. Se llevó el espíritu, no el cuerpo que éste habitaba. Se gestó un sincretismo de modernidad tradicional, de alta poesía popular que arrancaba la belleza de la violencia y la violencia que hay en una imagen bella.

El documental de Eryk Rocha, hijo del fundamental Glauber Rocha, prescinde de fechas, datos concretos, números u opiniones de expertos. No está hecho para pensarlo, sino para sentirlo. Agrupadas por temáticas o por preocupaciones de sus representantes, las películas se hermanan en escenas similares, contrastantes, simbióticas; y acompañándolas están las palabras de ellos (sólo de ellos, porque no había prácticamente mujeres en la órbita de ese nuevo cine más que en la figura de Helena Solberg, y a ella no la oímos), las palabras de entonces, las palabras combativas, las que no han sido tamizadas y espesadas con el paso de los años.

¿Qué es la imagen de un pueblo y la imagen que un pueblo tiene de sí mismo? Y lo más importante, si esa imagen existe ¿se ajusta a la realidad o es un simulacro? Los hombres del Cinema Novo asumen el ideario marxista en boga en aquel tiempo y se preguntan por la labor del cine en la revolución, un arte de las masas que estaba abotargado en producciones extranjeras y películas de dudosa o nula calidad intelectual. Había que hacer un cine que pensara desde el marco mental del ser brasileño, y eso implicaba, como decía Walter Benjamin, la transformación del aparato de producción, un autor-productor, que convirtiera su visión personal en una visión comunitaria. Hacer las imágenes del pueblo que falta, diría Gilles Deleuze, es darle a ese pueblo la conciencia de que es, en efecto, un pueblo que comparte un imaginario del que se ha visto negado en el arte, es la presencia de quien no ha sido pueblo en las imágenes que produjo el poder; es mitologizar la vida real de las minorías, encarnar el mito en el sujeto actual, aquel que en la pantalla corre con tal de no ser dejado atrás en pos de un sueño que soñó otro por él o por ella.

La apuesta Eryk Rocha se salda con un documental correcto que permite que sean sus propios protagonistas quienes hablen y las propias imágenes las que cuenten su historia, pero esto no lo salva de parecer un trabajo didáctico que tuviera como meta mostrar el lado más elogioso de los realizadores, sustrayéndose de sus aportaciones polémicas. Afortunadamente, el retrato que subsiste es fraternal, el de un grupo de amigos a los que les gustaba ayudarse mutuamente a engendrar el cine moderno latinoamericano.

Escrito por M. Josefina

María Josefina Vega Jaimerena (Mar del Plata, 1985). Periodista, máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, doctoranda en Estudios Lingüísticos, Literarios y Culturales. Ha trabajado en diversos medios de comunicación escritos y radiofónicos. Actualmente está trabajando en una tesis sobre la teoría cinematográfica de Gilles Deleuze.