El camarero deja los botellines sobre la barra. Ella mira uno, él toma el otro. Ella dice: ¿Sabes? Hoy echo de menos un padre. Él bebe y piensa: Uf, yo ni de coña. No el mío, continúa ella, no el que he tenido. Él se pregunta: ¿Me está proponiendo algo…? ¿Algún tipo de fantasía tipo complejo de Electra? No el que tuve y murió, añade ella. Y bebe por fin. Esto se pone profundo, piensa él mientras saca de su boca el hueso dunicore una aceituna. Quizá el de otras, uno de esos… no sé. Un padre imaginario, como quien tiene un amigo, pues yo un padre. Él se anima a aportar una anécdota: Yo de pequeño tenía un caballo imaginario, para quitarle hierro al asunto, lo paseaba hasta la puerta del cole y allí se quedaba esperándome hasta que salía. ¿Ah, sí? Se interesa ella. Joder, ahora que no me psicoanalice, yo sólo quería tomar unas cañas y si la cosa funciona… 

padre e hijoSi yo pudiera adoptaría un padre. Me fabricaría uno con una manta, un chiste malo y una canción que se repite en cada viaje largo. Él se termina la cerveza. Quiero decir que lo que echo en falta es una presencia sencilla, pero que me mire y me vea, que me vea y sepa. ¿A qué? Pregunta él. A andar por casa. Ah, ya, él entiende.

Ella pide otra ronda, ya van tres. Anoche, le cuenta, soñé que llamaba a mi padre para contarle que por fin publico un libro. Y según se lo contaba me ponía a llorar, porque me daba cuenta de que era imposible, y se lo decía, que estaba muerto. Él busca con la mirada algo a lo que agarrarse. Pero vamos, que no es más que una excusa, dice ella, para no asumir responsabilidades. Sonríe antes de acercar la botella a sus labios, y continúa: Tanto esfuerzo para desmontar el amor romántico en la pareja… sólo faltaba exigir que la familia fuese perenne y perfecta. ¿No te parece? Se acerca decidida a darle un beso. Que ya basta de soltarle sus rollos. Que quiere volver al cuerpo, al goce ebrio, al no tiempo. Pero al rozar su mejilla la nota, la gota tibia que cae de su ojo izquierdo. Estás llorando. Da igual, dice él. Dame el beso.

Pero además le da la mano. Y se anudan sin abrir los ojos.

Agarrados para no creerse solos, un rato.

 

Escrito por Lucía Marín

Lucía Marín brotó en Granada en 1985, creció en Madrid y ahora da frutos en un pequeño pueblo de La Vera (Cáceres, España). Escribe palabras desde 1989 aunque prefiere, por el momento, evitar definirse como escritora: le aprietan las etiquetas. Ha publicado "No somos flores", 2017 (Ed Nazarí).