gritarles que viva la Cumbia, señores,
todos a menear la cola
hasta sacudirnos lo misterioso y lo pendejo.

Ricardo Castillo

 

1

Hoy es domingo y estoy ansioso esperando a que se llegue la noche. Es once de octubre y en la plaza de armas se festejará otro cumpleaños de la ciudad: el aniversario en realidad será mañana pero es lunes y los festejos deben de celebrarse en domingo para honrar al Señor. Por eso hoy nos toca festejar y qué mejor que con sus ayudantes. Esta noche tocarán Los Ángeles Azules.

Se cumplen trecientos seis años desde que Antonio Deza y Ulloa dijera –señalando al piso– que aquí se habría de fundar una nueva ciudad. San Felipe el Real de Chihuahua. Inclusive frente al escenario está su estatua señalando para abajo, al suelo firme que pisa con tanta seguridad.

 

2

En el escenario, que instalaron desde un día antes, se presentan músicos a partir las cinco de la tarde, sin embargo la concurrencia es mínima. Todos esperan ansiosos a que sean las nueve para que salgan Los Ángeles Azules. Por eso cuando la última artista local se despide y los presentadores surgen desde detrás del escenario para dar sus palabras, la gente ya se encuentra desesperada. En el escenario un hombre y una mujer tratan de matar el tiempo mientras hacen chistes malos y, de vez en vez, un poco de propaganda política.

En ese mismo lugar donde están parados los dos presentadores, pronto estará un grupo con más de dieciséis músicos: sí, así, como un equipo de futbol. Atrás la estatua de Deza y Ulloa señala al piso. También espera la música. En las paredes de los edificios aledaños se proyecta el famoso logotipo de gobierno que inunda la ciudad. Chihuahua Vive. En medio del llamativo logo, los números del aniversario: tres, cero, seis. Y todos nos preguntamos si después de trecientos seis años Chihuahua sigue viviendo.

 

3

Son las nueve y el cielo ya está oscuro. Los presentadores se despiden y las luces se apagan fundiendo al escenario con la noche. La gente guarda silencio y contiene la respiración. Las gigantescas pantallas de los costados de la plataforma se encienden mostrando la nueva imagen de la agrupación que hace tantos años formó la familia Mejía Avante. Un corazón rosa y unas letras amarillas: recuerdo cuando en las paredes comenzaron a pintar aquel logotipo. La gente explota en un sólo grito, certero. Desde que sacaron su disco en conjunto con artistas de la escena rock, muestran una imagen fresca. Les hizo bien colaborar con Toy Selectah. De otra forma no habrían encontrado la manera de acercarse al nuevo público.

Cómo te voy a olvidar se vuelve un himno de la banda. No por nada el disco que los colocaría de nuevo en el mapa se llama así. Han pasado muchos años desde su fundación en la década de los setenta y su posterior reaparición en los ochenta, pero de igual manera siguen activos. Más activos que nunca.

La cumbia ha evolucionado, ahora las fiestas sonideras pasaron del underground chilango al plano nacional. Ahora los hípsters hacen fiestas cumbiancheras donde suena de todo bajo el pretexto de alejarse del mainstream. Y es que en el concierto uno puede ver de todo: hípsters, punks, cholos. Quién dijo que nada nos unía. Claro que sí. Solamente la cumbia puede lograrlo.

 

4

La música arranca con punteos de acordeón, golpes secos al güiro y bajeos hipnotizantes. Cuando la gente comienza a escucharlo va soltando los pies poco a poco. Todos quieren bailar pero el espacio es inadecuado, aun así algunos lo hacen. La gente, irremediablemente, hace una rueda para que los danzantes se luzcan. Y muchos, cuando escuchan La cumbia del acordeón, no pueden evitar comenzar a bailar chuntaro. Un cholo que está enseguida de mí se tira al piso y empieza bailar mientras agita las manos y va subiendo lentamente, hasta parece que va a volar. El acordeón se hace cada vez más lento y él, acostumbrado a bailar cumbias rebajadas, se sacude lentamente. Resuena en las bocinas la voz invitando al baile, Bienvenidos, esto es cumbia, y la música hace alarde de su sabrosura. Sin duda alguna uno tiene que bailar.

Todo es cumbia, baile y amor. La gente espera las canciones que conoce. Han tocado la gran mayoría pero aún faltan algunas; para ser precisos faltan las de su álbum más popular, porque los jóvenes asistentes sólo esas conocen.

Los asistentes quieren más. No se cansan. Los músicos, sí. Se toman un respiro. Por eso interrumpen la música y comienzan a hablar. Piden un aplauso para el presidente municipal y el gobernador, la gente abuchea. Ellos no saben que la ciudad está en caos, pero con la fiesta se nos olvida. Y es que la gente hasta para abuchear lo hace con ritmo, no pueden negar que a estas alturas bailan lo que toquen, con todo y el enojo.

Para bajar la tensión preguntan cuántos años cumple la ciudad. En las paredes se proyecta el número: 306. La pregunta parece absurda, pero los asistentes responden enseguida. Al unísono se escucha  la misma respuesta. ¡Diecisiete años! Exigen la canción icónica. Los músicos siguen tocando temas de su repertorio, menos esa canción. Tras una hora y media dan por finalizado el concierto sin la canción exigida. Otra, otra, otra, otra. La gente pide las canciones y ellos niegan con la cabeza. Su sonrisa parece más de burla que de satisfacción. Otra, otra, otra, otra. Se hacen del rogar. Tras la segunda ola de gritos, aceptan. Dos más, dicen. Comienzan a tocar y la gente que no bailó, lo hace con aquellas canciones, deben aprovechar que son las últimas.

Los coros suenan y el mágico acordeón hace lo suyo. El punteo es inconfundible, sin duda alguna se trata de la canción esperada. Diecisiete años. Un joven, que probablemente tenga esa edad, de pantalones entubados, sombrero de ala ancha y escasa estatura, grita de emoción. Todos se emocionan, inclusive los músicos. El guitarrista se para en el centro del escenario y comienza a tocar un solo de guitarra: justo como si fuera Jay de la Cueva.

La gente aplaude y baila, los músicos se presentan mientras sigue sonando aquella melodía. Con ustedes, en la batería… Y la batería suena a galope de caballo. Con ustedes, en el acordeón… Y el acordeón se extiende como las alas de un ave. Todos los músicos van desfilando poco a poco. Alargan la exigida canción como una especie de recompensa.

En el cielo comienza la lluvia de fuegos pirotécnicos. El final está cerca y es inevitable. El acordeón suena con sus últimos punteos, pero eso no evita que la gente baile. Es hasta que los músicos gritan  ¡Diecisiete años! Gracias, que la música deja de sonar. La gente, claramente cansada, se detiene y da un respiro. Casi suena a coro. Inhalan y exhalan al mismo tiempo. Entonces alguien con los pulmones llenos de aire y el rostro lleno de sudor, grita: que las legalicen. Las voces comienzan a apoyar. Sí, que las legalicen. La broma de los diecisiete años parece no agotarse pese a su mal gusto.

 

5

El concierto ha terminado con la gloria que los ángeles se merecen. Gritos, aplausos, coros. Los presentadores surgen de nueva cuenta desde detrás del escenario para despedir a los músicos e invitar al disfrute de los fuegos pirotécnicos y celebrar el cumpleaños de la ciudad. Lo malo es que más que un festejo parece una batalla. Aunque a fin de cuentas terminen por ser casi lo mismo. El espectáculo de clausura ha salido mal y los fuegos pirotécnicos inspiran miedo.

Por eso cuando me retiro viendo al cielo, y escucho aquel ruido, me siento en el campo de guerra. La gente se retira por la calle Libertad –uno de los principales corredores comerciales de la ciudad– mientras el eco resuena como algo amenazante. Voltean al cielo y observan las luces pintando la oscuridad. Las verdes al caer simulan una palmera. Las rojas, lava. Más de uno piensa en qué haría si esos fueran balazos. Piensan en lo rojo; la sangre y la lava. Yo pienso en las palmeras. Huele a pólvora.

Todo ha finalizado y no puedo evitar recordar mi infancia, cuando deseaba ir a la playa. En mi cabeza se reproduce el soundtrack tropical de alguna cumbia sonidera y otro recuerdo me ataca: de pequeño me dijeron que los ángeles vivían en el cielo, pero ahora sé que no. Hoy los vi en un escenario y no tenían arpas, sino un acordeón y un güiro. Eso sí; tenían un ritmo celestial. Lo único que no sé, es si Dios sepa bailar.

Escrito por Luis Fernando Rangel Flores

Es egresado de la Licenciatura en Letras Españolas de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente es miembro del comité organizador del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea y editor asistente de la revista Metamorfosis. Es autor de Hotel Sputnik (Tintanueva, 2016), con el que obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Rogelio Treviño 2015, y del plaquette Conversación de dos gatos (Sangre ediciones, 2017), segundo lugar en el Premio Nacional Sergio Pitol de Relato. Textos suyos aparecen en revistas como Tierra Adentro, Himen, Hybris, Morbífica, entre otras, así como antologías de cuento breve. Recientemente obtuvo el Premio Estatal de Poesía Joven Rogelio Treviño y fue becario del Noveno Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la F, L, M.