No sabía cómo, pero allí estaba ella, empapada de pies a cabeza, en medio de su salón, sentada en la alfombra. Se abrazaba las rodillas al tiempo que mecía su cuerpo. Parecía que siguiera el compás de las chispas que saltaban en la chimenea. Él dejó las llaves lentamente, puso a un lado el paraguas y el abrigo y se acercó a ella con cautela.

―¿Naoko?

Pero no obtuvo respuesta, porque Naoko seguía absorta, temblando, los ojos rojos, el maquillaje corrido y la capucha puesta. Víctor se fijó en sus manos, pequeñas y frías: aunque permanecían agarradas fuertemente a su cuerpo, temblaban. Su pelo, normalmente tan cuidado, era ahora una maraña.

Como el que teme asustar a un animalillo, el joven procedió con delicadeza a retirarle la capucha. Se agachó a su lado y le posó una mano en el hombro.

―Eh ―susurró―, soy yo. Estoy aquí.

Al contrario que la primera vez, la voz de Víctor la hizo reaccionar. Al muchacho le dio un vuelco el corazón al toparse con la transparencia tan inusual de sus pupilas; él siempre decía que a través de ellas podía verse un mundo entero, pero en ese momento, por más que miró, no logró encontrarlo.

―Yamato ha vuelto a perseguirme cuando estaba en el bosque ―dijo de pronto, con la voz rota―. Dice que por mi culpa su uniforme se ha echado a perder. Le he pedido que dejara de decirme esas cosas, pero no ha parado. A veces pienso que podría romperme la voz y él seguiría, y seguiría, y seguiría…

Empezó a frotarse las piernas de arriba abajo.

―Tú no tienes la culpa de nada ―el chico le tomó las manos para evitar que siguiera moviéndolas sin parar―. Sé más fuerte que él, Naoko.

―Pero estaba tan guapo con su uniforme nuevo ―musitó. Y rompió a llorar de nuevo.

Víctor deseaba con todas sus fuerzas entender qué ocurría en el interior de aquel cuerpecillo que tenía ahora entre sus brazos para arreglar aquel algo que se había roto.

Permanecieron abrazados largo rato, hasta que la respiración de Naoko volvió a ser constante y sus manos dejaron de temblar. Fue entonces cuando Víctor le quitó su chubasquero amarillo y la llevó hasta su habitación, donde le dejó un jersey que le iba de vestido y un par de toallas con las que secarse bien.

Naoko apareció por la cocina mientras él terminaba de prepararle una infusión. Al ver que Víctor se quedaba observándola, se puso a juguetear con el pelo. Se subió las mangas y se las volvió a bajar antes de decir:

―Gracias.

Necesitó cientos los llantos, gritos, tormentas, infusiones y gracias para comenzar a ser quien Víctor había conocido hasta el día del accidente, cuando la lluvia, los árboles, el viento y el granizo se interpusieron en el camino de aquellos dos hermanos.

Y aun así, nunca fue capaz de volver a conducir.

Escrito por Laura Pardo

Laura Pardo (Barcelona, 1995). Estudié Traducción e Interpretación en la Universidad Autónoma de Barcelona y después de eso me mudé a Málaga para cursar el Máster en Traducción para el Mundo Editorial de la UMA. A veces escribo cosas, otras las traduzco.