Javier Norambuena, Santiago de Chile 1981. Publicó los libros de poesía “útil de cuerpo” (Mantra, 2007) “humedales” (Literal, 2008) “Los patios de la nación” (Cuadernos del Sur, 2011) Compiló junto a Luis Yuseff “Las ondulaciones permantentes: última poesía cubana 1975-1984” (Literal, 2013). Su trabajo literario se encuentra traducid​o​ en “Hallucinated Horse” (London, Pighog Press, 2012). Es consejero editorial de Proyecto Literal en Ciudad de México. Vive y trabaja en Ciudad de México.

 

 

Patios. Zonas abiertas a navajazos en el interior de esta construcción poética que Javier Norambuena nos permite habitar. Una nación abre los ojos, el canto de los gallos contra muros de cartón al comienzo del libro lo augura. Pero, ¿qué mira eso que nace?¿Hacia dónde? ¿Hacia ese horizonte andino como el niño en la espalda de la madre, o hacia la madre que lo mira?

hay agujeros en los patios, se nos advierte. Agujeros de la carne, cosa baleada, agujeros a la intemperie del lenguaje, desde donde se puede alcanzar ese pueblo de muertos. Pero lo dicho y escrito se desarma en pleno lirismo bélico. ¿El habla pasa a ser reproducción, onomatopeya, sinsentido? Se traduce en el yo poético una extranjería del cuerpo y de la voz, un viaje, un movimiento, el nunca armarse. Fugarse de lo predeterminado con palabras.

¿Es aquí donde está la casa?

Pero la casa no está, no es sino la pregunta misma. Y la historia sudaca sudada se escribe en borrador.

Ya desde el epígrafe Gamaliel Churata dice sobre eso que no puede decirse (por lo cual se escribe), eso que se mastica para tal vez en algún tiempo poder escupir. Escribo presa de una angustia que podré escupir en siglos. Escribir como un intento de hacer la historia. Desde el patio de un imperio ajeno. Con el brazo rígido, y cargado, como el de un muñeco para espantar el infortunio.

apegado al mar y las montañas ha nacido un brazo con su lengua, diremos que al museo se le ha fugado un paisaje.

En esta geografía escrita la angustia se desglosa. Es el vientre que le falta a la patria. La patria que no tiene vientre. No limita, su cardinalidad se pierde, se pierde el límite del sentido. con ladridos se muerden los talones. El oído es un trayecto navegable.

Es con el agua inicial, bautismal, que se recibe la voz, la facultá para el canto, esos cantos que son sólo sonidos para algunos y para otros… intención, como canta Martín Fierro. El ser que no tiene sangre, sólo ése no tiene voz. El que no tiene sangre, herencia, pertenencia. Pero hay ríos arteriales fluyendo, trenzas negras, bucles blancos golpeando entre sí como trapitos sucios. Se dice que los trapos sucios se lavan en la propia casa, pero la casa no se encuentra. Es un lugar cuyo nombre hay que labrar, un nombre que contenga, de hijo al padre. ¿El nombre de un navegante, en lengua ajena?

Es cóncava la voz del tartamudo para sobrevivir, voz que tartamudeando labra el continente. Suplanta la casa ese grito. El semen patrio se desborda a falta de una cavidad que lo contenga. En forma de charco, lago, río, mar, el agua se lleva o estanca el humor de la historia.

 

quitada en la ciudad la voz suprime su resistencia

baja entre párpados esa trenza

el humo boquiabierto del rumor hacia las fuentes

los equipajes de un viajero incierto

dentro de la imagen está el dolor

en su ruido mientras se aquieta.

Escrito por Andrea López Kosak

Nací en Bahía Blanca, Argentina, en 1976. Publiqué Bailar sola (Editorial de la Universidad de La Plata, Argentina, 2005), La Tarea (Manual Ediciones, Chile, 2011), Le dan hueso (Cinosargo, Chile, 2012), Leva (Literal, Méjico, 2015), Indor (El ojo del mármol, Argentina, 2015)