Cielo ácido (Editorial Clase Turista, Buenos Aires, 2014 / Lagüey, Santiago de Chile – Barcelona, 2016) es una de las últimas novelas publicadas por Carlos Ríos. Acá una lectura y diálogo que explora algunos de sus sentidos y búsquedas…

Para empezar, si nos querés contar un poco cómo surgió Cielo ácido, en qué momento de tu vida, de tu trabajo…

El libro surgió como un desafío, escrito por «autoencargo» y en vistas de un concurso en el que quedó como finalista (era una versión aún más extrema y experimental que la que quedó fijada en el libro); el desafío era escribir una novela que fuera un poco contra las permanencias del género, no tanto en el género establecido, sino en mi idea acerca del género, más exactamente en la idea de memoria del género y en ella la detección de patrones y restos de convenciones, órdenes o jerarquías que en el propósito, el libro como desafío, pudieran activarse y ser reconocidas. Pasando en limpio: ¿qué queda del género en uno? Cielo ácido ensancha la pregunta.

Una de las primeras cuestiones quizás al querer situar la novela, es su registro múltiple, el cruce de géneros. Leí algunas reseñas que hablaban de un policial fantástico, de ciencia ficción, thriller metafísico o surrealista, de ensayo social. Más allá de una necesidad de clasificación, ¿Cómo definirías vos este registro tan propio? ¿Lo tuviste en claro de entrada o lo fuiste descubriendo en el proceso de escritura? ¿Situás a la novela en alguna tradición o apuesta estética en particular?

No poseo una definición, pero podría decir que cuando la literatura se instala en un campo de intersecciones, los sentidos empiezan a moverse. Salirse de la zona de confort es lo mejor que puede pasarle a una escritura. En la novela, el registro fue armándose sin mapas previos. Una cosa lleva a la otra. Tradición: seguir los indicios de cualquier ruptura, por mínima que sea; expandir ahí lo más que se pueda. También la revelación de los síntomas y la disolución de la letra en eso que llamamos realidad.

Por mi parte, creo que el relato te envuelve e impacta de un modo muy sensorial por su contundencia hiperrealista. Barrio de Once, Parque Indoamericano o Isla de Caras enlazados en un idioma castellano de ninguna parte; personajes como Waldo Torrico tan cercanos por ejemplo al fallecido Ricardo Fort… ¿Cómo construís ese lugar de frontera?

Justamente como lo decís, asumiendo que todo eso, esa dinámica de yuxtaposiciones aparentes o verdaderas, arma una frontera.

Los capítulos son cortos, casi escenas cinematográficas. Te envuelve la cadencia, el ritmo, el tono limpio de una escritura elíptica, poética, con una composición plástica y visual muy fuerte. ¿Por qué esa forma de contar la historia?

Es como escribir poemas: un latido, silencio; otro latido, silencio. En los capítulos cortos encuentro esa modulación. En la brevedad y la condensación encuentro las mejores potencias. Esto de escribir capítulos breves como si fueran poemas está en la mayoría de mis libros; a la inversa, en los poemas se acentúan los rasgos narrativos.

Es llamativa la amalgama entre personajes, ambiente, paisaje, el imán que eso genera como lector, hace también que se respire el clima del nombre, se sienta el ácido en el estómago, ¿Sos consciente de ese riesgo?

Hay riesgos mayores. Por otra parte, pienso que a una escritura física bien plantada deberían corresponderle lecturas físicas.

La novela parece situarse en un espacio-tiempo múltiple, entre soliloquios, descripción de escenarios y diálogos que enlazan pasado-presente-futuro en una temporalidad propia, ¿no? ¿Buscaste algo en particular con eso?  ¿Cómo se vincula con la estética general?

Creo que es parte de escribir como quien indaga, va y viene, rodea un asunto, se queda adherido a una circunstancia y después suelta, etcétera. Sucede con la escritura de los poemas y sucede también en mis relatos, no hago distinciones entre una cosa y otra, todo es fricción y pasaje entre palabras.

Otra cosa que puede decirse es la capacidad de caracterización de personajes, ¿qué decís de esto? ¿Del protagonista Lezica puntualmente?

Bueno, soy un poco vago para las descripciones. Me gusta leerlas en otros libros, pero me aburro si tengo que hacerlo. Con dos o tres pinceladas alcanza, la cuestión es ver cuáles pinceladas quedan de cientos de pinceladas posibles. Al final, las acciones (al menos en este libro) son las decisivas, las que van definiendo quién es quién en la historia.

Sin caer en psicologismos, pero el vínculo con la madre aparece mucho, Lezica, Sandoval, Torrico, tienen madres sobreprotectoras o inhabilitantes castradoras en contraste a padres casi inexistentes…

Tomémoslas como «minusvalías» colaborativas. Además de los problemas del mundo, los personajes también tienen que vérselas con esas sombras o fuegos sentimentales demasiado próximos. Lezica tiene que matar y a la vez le preocupa tener que darle explicaciones a su madre porque no fue el domingo pasado o si está de novio. Un infierno.

En esta línea, ¿cómo trabajaste la latencia erótica, diría sado-masoquista, presente todo el tiempo, que el arte de tapa de Flavia Paravisi expresa casi como ilustración?

Hay cuerpos encendidos por los líos del exterior y eso produce una remezcla continua, de cuerpos rozándose, en trance de amar o aniquilarse. La tapa argentina lee esa saturación; la chilena se enmarca más en el género (un revólver que apunta hacia el pecho del lector, tanque donde el sicario diluye sus víctimas). En cada caso juegan las cuerdas esenciales del género, aunque desdibujadas.

En este sentido el relato también parece un ensayo sobre tramas de poder…

La cuña reflexiva sobre el sustrato político opera como un apunte seco de quien narra, es una reflexión articulándose sola y al vapor. No con la pretensión de extraerle saberes a lo que se cuenta, sino más bien como remanentes, zonas donde la novela podría asentarse y no lo hace. Al modo de una didascalia evaporada, algo por el estilo.

El libro abriga una metáfora transversal que impregna todo, la muerte como un imposible. «No hay cuerpo no hay muerte» rezan una líneas, por una parte, resonando a nuestro pasado no tan lejano, y por la otra, como rasgo existencial tan presente en la cultura hegemónica ¿Cómo trabajaste esta idea?

Es una idea que se desplaza de la metáfora y se instala en la literalidad más absoluta. En la novela hay un corrimiento porque lo terrible aparece en las conversaciones entre un sicario y sus clientes, aunque es cierto que es imposible sustraerlo de la violencia social y política. Las palabras arman redes de sentidos. En las demandas de cuerpo que hacen los gerentes habitan, necesariamente, otras razones.

De esta forma, desde esta mirada no hay puro posible, no existe refugio natural, no habría un sitio verdadero originario al cuál volver…

Al escapar, el sicario ejerce un nomadismo del que no es consciente; al mismo tiempo, los orígenes están desplazados y se han vuelto irreconocibles.

Por último, me gustaría centrarme en el título del libro, tan difícil a veces de encontrarlo, tan importante a la hora de publicar, qué podés comentarnos de: 

El ácido:  corrosivo, que hace desaparecer;  veneno o un pueblo (que desesperado por encontrar belleza, se envenena); químico, polución, antinatural, que contamina; droga o psicodelia social materializada tanto en Lezica como en el cielo.

El cielo: presente todo el tiempo; el lugar de los dioses; escape, fuga; amenaza;
elixir poluto; el cielo con su imposibilidad de ser cielo.

La idea del cielo ácido es todo eso. A mí se me figuraron los cielos que uno ve en la Ruta 2, los de Roberto Arlt, los de Cándido López y los de César Aira, entre otros. No puedo agregar mucho más. A más de un año de publicar Cielo ácido encontré en una novela de James Ellroy este pasaje que me dejó helado: «el enmascarado número uno se encaminó hacia allí. Sacó cuatro bombas de gas, las destapó y las lanzó. Las arrojó a derecha y a izquierda. Se elevaron vapores rojos, rosados y transparentes. Un cielo ácido. Un sistema frontal de minitormentas, un arco iris. Los idiotas de los porches gritaron y tosieron y entraron corriendo en sus casuchas». Como si la magnitud atmosférica de mi libro estuviera anclada en esta frase.

¿En qué proyectos estás trabajando?

Desde hace un par de años escribo, con intermitencias, una novela larga, larguísima, llamada de manera provisional Nagoya/Nogoyá. Se estructura en dos partes centradas en dos escenas catastróficas y muy amplificadas que ocurren en esas dos ciudades hermanadas por el acercamiento fonético de sus nombres; una escena explosiva y otra implosiva. Tengo listos para su publicación tres libros de poemas: Dealer de vacas, Se ha detectado una amenaza y uno más experimental, sin título por el momento. Tengo por la mitad dos novelas breves y un proyecto de novela política, más compleja en su trama, que transcurre entre Brasil y Argentina. Empecé a escribir otra novela policial donde Harinas Sandoval y Víctor Angola enfrentan un caso extremo de cuatrerismo dominado por la matanza y la desaparición de animales. Estoy promediando también un breve diario de un futuro historiador del arte que aparecerá en marzo. Entre libro y libro, trato de darle más presencia al proyecto editorial autogestivo Oficina Perambulante, que a su vez se complementa con talleres de escritura y de desarrollo editorial. Son libros de pequeño formato, cuyas tapas están hechas con cartones que recolecto por las calles de La Plata y de las ciudades por las que ando. En esos libros vuelco relatos y poemas que sólo pueden leerse ahí. Cada libro, desde el año 2016 en que comencé a hacerlos, vale 20 pesos.

Muchas gracias Carlos por tu predisposición y calidez

Carlos Ríos
Nació en Santa Teresita en 1967. Ha publicado más de veinte libros, entre los que destacan Manigua (2009 / España y Brasil, 2016), Cuaderno de Pripyat (2012 / Francia, 2016), El artista sanitario (2012 / España y Brasil, 2016), y Un shock póstumo (2017). Actualmente integra el consejo editor de BazarAmericano.com, dirige el proyecto editorial de la Oficina Perambulante y coordina talleres literarios en cárceles bonaerenses.

Escrito por Roxana Molinelli

Roxana Molinelli (Quilmes, Buenos Aires, Argentina 1983), es licenciada en sociología, orientada a temas psico-educativos y terapéuticos y escribe poesía. "las mañanas, el deshielo" (2016, El Ojo del Mármol, Bs. As.) es su primer libro publicado. Poemas suyos figuran en blogs y revistas digitales, participa de ciclos de lectura y performances. Es parte del Cluster Bs. As. Liberoamérica, desde el cual co-organiza el ciclo "Escrituras. Abiertas". Junto a Bárbara Alí coordina el taller de lectura y escritura creativa "Geologías"

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