A lo largo de la historia, los bosques han sido resignificados de acuerdo al vínculo que el hombre ha establecido con ellos. Tal vínculo ha adquirido diferentes matices al hallarse condicionado no sólo por el contexto temporal y espacial sino también por la cultura y el campo en que ha podido desarrollarse. Por ejemplo, en tiempos de guerra, los bosques se convirtieron en escenarios ideales para el despliegue de conflictos armados y para brindar refugio a ejércitos y a tropas.
En cuanto al campo de la medicina, la llamada «terapia del bosque» ha adquirido una gran relevancia en Japón para, más tarde, ir expandiéndose por el resto del mundo. Dicha terapia reivindica las caminatas en espacios naturales como un modo de abandonar la planificación y encomendarse al momento presente. Por otro lado, la cosmovisión andina ha encontrado en la Pachamama las curas necesarias para cada enfermedad y desequilibrio de la salud.
Dentro del ámbito literario, los bosques han dado la dosis necesaria de misterio y de magia en diversos relatos artúricos, en las aventuras de Robin Hood, en la historia de Caperucita roja, en los cuentos de los hermanos Grimm y en las mismísimas obras de Tolkien y de Liliana Bodoc. De esta manera, se han convertido en el inconfundible hogar de hadas, de duendes y de otras criaturas fantásticas.
Si bien los bosques son los que, de manera incondicional, mitigan la locura que nos atrapa entre rutinas y cemento, solemos olvidar su presencia; y así como ignoramos su amparo cotidiano, fuimos ignorando su tala indiscriminada. Afortunadamente, los avances tecnológicos y las diversas investigaciones han significado un gran aporte a la concientización sobre el cuidado del medio ambiente.
En la antigüedad, el respeto hacia los bosques no precisaba ser difundido, era innato en cada hombre. De tal modo, las creencias de los pueblos griegos, romanos, celtas y orientales, los han considerado lugares sagrados, templos donde los ritos y la familia coexistían de forma natural. En la actualidad, en India, en África y en Japón los bosques son protegidos como lugares de adoración, habiendo santuarios en muchos de ellos.
A pesar de que el valor ancestral de los árboles se haya ido disgregando a través del tiempo, hoy se encuentra en un período de recuperación. Tarde o temprano se vuelve al origen, es decir, a aquella sabiduría lejana y profunda que nos muestra la posibilidad de conectarnos con la Naturaleza y con nosotros mismos.
Siguiendo con el enfoque ancestral, que es el que me interesa destacar, puedo afirmar que los bosques implican una perfecta manifestación e integración de los cuatro elementos. La Tierra se manifiesta en el misterio de los minerales, en la espesura desafiante y en los tallos que se rebelan incluso al quebrarse. El Agua, por su parte, siempre encuentra un modo de recorrer algún punto escondido para purificarlo y nutrirlo. El Aire sacude la tierra que debe ser apartada, aligera el respirar de cada ser y acuna a las ramas que, de tan lejanas, no logran conocer el arrullo de un ave. El Fuego, aunque no lo parezca, también se halla presente. Por ejemplo, en los rayos del sol que dan cobijo a insectos y animales, en el Espíritu que todo lo habita, en la fuerza de cada ciclo y en el impulso de toda la Creación.
Los árboles no sólo eran y son una fuente de vida y de abundancia, sino que a cada especie le fueron atribuidas, hace miles de años, virtudes específicas como el honor o la justicia. Además, ofrecían protección a nivel energético, físico, espiritual y emocional. Por otro lado, permitían que cada ser pudiera sentirse bienvenido al momento de conversar con la Naturaleza. Así, el color de las hojas o incluso la humedad del ambiente eran considerados como señales; bastaba permanecer abierto a ellas y dejarse atravesar por sus mensajes.
Con respecto a sus partes, el tronco de los árboles facilitaba el inicio de fogatas que luego eran expandidas al compartir canciones y alimentos. Asimismo, representaba el equilibrio del hombre entre lo terrenal y lo sutil, pues era el nexo entre el cielo y la tierra. En cuanto a las raíces, eran vinculadas con lo oculto, con lo inconsciente y con los sitios sólo alcanzables por la intuición. De hecho, las heridas y los males eran sacudidos y enviados hacia las profundidades del suelo; todo ello a través de rituales donde el uso sagrado de la palabra cobraba gran protagonismo. Las raíces se convertían entonces en una suerte de testigo subterráneo, pudiendo observar cómo lo aborrecido era disuelto o transformado. Por último, las ramas mantenían el lazo con los mundos estelares y con dimensiones superiores a los que el hombre solía acceder a través de los sueños.
Desde mi experiencia, sostengo que cuanto más me permito conectar con los bosques, más me aferro a la sabiduría ancestral y a las voces prudentes y sensatas que me guían desde algún lugar. Lo conocido siempre se empequeñece y lo que descubro sólo tiene lugar gracias a una actitud atenta y observadora frente a mi contacto con los Guardianes Verdes.

Escrito por Luli Cattáneo

(La Plata, Argentina - 1992) Poeta, escritora y estudiante avanzada de la carrera de Abogacía. Dicen que nació en invierno, que su alma conoció diferentes siglos y portales, y que en su esencia se funde un manojo de historias. Dicen que nació sedienta y ansiosa; sedienta por conocer e interpretar cada enigma del Universo, ansiosa por descubrirse a sí misma. Tras recorrer distintos senderos, descubrió el lenguaje de la Luna, la profundidad del silencio, las melodías que se entretejen, las sombras de lo onírico, la magia del Cosmos, la protección de un abrazo... y, sobre todo, el entusiasmo al compartir la inspiración presente en su día a día. http://lulicattaneo.blogspot.com.ar/