La tristeza existe
horadando todo raciocinio.
A pesar del milagro de carbono que somos
aunque la tarde nunca caiga sino que
es la tierra que está rodando
simplemente
la tarde cayente
no deja de ser triste.
Los domingos son amargos
y nada en su composición molecular puede explicarlo.
Hay cada mirada triste a pesar de que
ciertas específicas necesidades evolutivas la hayan moldeado por miles de años
para, quizás, alguna otra cosa.
Hay notas incluso
que suenan tristes y solo son ondas y el aire, indiferente, todavía permite que se propaguen tristemente hasta mí.
Y las partículas de tinta negra que hacen las letras de los libros
son millares son idénticas
y me hacen llorar
aunque sólo sean
milagro hidrógeno rotando
casualidad fortuita imprevisible
milésima estentórea certidumbre.
En qué hemisferio laten, húmedas,
las glándulas que secretan esta tristeza indomable
Y aunque debería bastar la alegría simple de la casualidad que nos explica
la tristeza
persiste.

Escrito por niacabellos

Mi nombre es Nía y vivo en Córdoba, Argentina. Soy licenciada en Letras y tengo publicado un libro de poesía, El Final de La Respiración, editorial Llanto de Mudo. Confío en la escritura joven y en las redes que puedan potenciar las producciones independientes.