Amanece en Madrid. Una parte de la población despierta y recibe contantes estímulos: generosos destellos de luz de neón fundiéndose con el ruido de los coches y las sirenas de emergencia. Dos chicas caminan por Corredera Baja de San Pablo y atraviesan la Plaza de la Luna, para desembocar en una de las principales arterias de la ciudad. Al llegar a la Puerta del Sol son abordadas por una panda de tíos, que les invitan a seguir la “fiesta” con ellos: “Vamos a daros lo que necesitáis, bolleras de mierda”. Las chicas responden a tal situación de acoso con gestos amenazantes; deciden ignorarles y prosiguen su marcha hacia el metro.

Generosos destellos de luz de neón se funden con la aurora constituyendo el paisaje urbano. Un paisaje dominado por cis hetero-acaudalados que someten a todo exponente de lo diferente. Hace horas que ha parado de llover. El asfalto es caprichoso e irregular; se conforman embalses de agua sucia en los que la pareja puede ver reflejadas sus propias siluetas; y detectan las de los edificios que pueblan el centro de una ciudad que no les pertenece.

Las lesbianas hemos sido vistas a lo largo de la historia como sujetos malditos. Desde la figura de la bruja en la Edad Media, pasando por seres inservibles y asexuados durante el Holocausto nazi, o desviadas tortilleras y “representaciones del mal de moralidad dudosa” en tiempos del Franquismo.

En la actualidad, en una era globalizada y un mundo regido por la hiperrealidad de la imagen, se nos relega o bien al compartimento estanco de la invisibilidad o al del fetichismo. En escenarios lejanos -y no tan lejanos- somos lapidadas y perseguidas por autoridades patriarcales como el Estado o la familia.

La heteronorma ve como una provocación que, por ejemplo, dos butch se den la mano, caminen por la calle o se morreen en un bar; pero esto no ha impedido que saquemos nuestras plumas a relucir en el espacio público a lo largo de la historia. Como Gloria Fuertes expresó en sus versos, en ocasiones nos sentimos como islas ignoradas. La pluma azul, término que comenzaron a acuñar las activistas lesbianas del Movimiento de Liberación Homosexual, que se articuló en contra de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, ofende mucho al sistema heteropatriarcal, mantenido por pilares como el capitalismo y el binarismo, que a su vez maman de la misoginia.

El otro día un amigo y yo comentábamos que en realidad existen diferentes tonalidades de azul en nuestras plumas; como un alfabeto con variedad de letras en las que vernos representadas y leernos las unas a las otras. De nosotras depende salir de la sombra del armario; relacionarnos las unas con las otras creando redes y compartiendo afectos. Siendo disidentes viviendo nuestras vidas como queremos que sean vividas; continuar creando una geopolítica propia en las ciudades que habitamos partiendo de rutinas y alianzas.

Como diría Itziar Ziga, vamos en manada insistiendo en nuestro lesbianismo. Con independencia de la tonalidad de azul que tiña nuestra pluma, en la capital nos entremezclamos y gozamos empoderándonos desde los márgenes. Entre todas construimos nuestro Madriz o aquellas ciudades o aldeas en las que resistimos: una concentración cálida y rebelde de islas ignoradas. Todavía queda mucho por hacer contra la LGTBIQfobia, por ello no cesaremos de visibilizar y defender nuestra etiqueta de noche y de día; en el centro y en las periferias.

Imagen: Lucía Morales.

Escrito por Lucía Morales

Nació en Ibiza (Islas Baleares) en 1985. Se licenció en Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Sus poemas han sido publicados en los fanzines Sisterhood, Ladyfest Norte, El Coñazo, 255, Tetas, Agapornis o La Malvada Ediciones. En la actualidad escribe artículos de opinión, literatura, artes escénicas y música en medios como Le Cool, Oculta Lit o i-D Spain.