Después del último reporte informativo, Francisco ha quedado en shock. Los testículos se le han hecho pasas y ahora cuelgan sobre el agua; temerosos y expuestos.

La televisión ha anunciado el escape de tres cocodrilos. Dos son pequeños y el tercero es un adulto. Los trabajos de reparación a las tuberías del zoológico se cruzaron con una poderosa lluvia. Se puso pausa a la obra. Los contratistas notaron que las tapas del drenaje habían desaparecido; el cuidador notó la ausencia de los reptiles.

—Oye, Karina.

—¿Qué pasó?

—Dale una revisada al escusado antes de que hagas del baño.

Francisco le explicó que los cocodrilos, o al menos el más pequeño, podrían arrastrarse por las tuberías y subir por el retrete de la casa. Karina se echó a reír: Francisco encontró una lagartija entre sus sábanas cuando era un niño. La hermana tomó el consejo en tono de broma.

*

El caso de los cocodrilos se convirtió en polémica cuando encontraron al más grande en el bordo de un canal. La ciudad era tan pequeña que todo el mundo se enteró. Los dos ejemplares que andaban sueltos se convirtieron en celebridades; sus nombres aparecieron en la prensa. Los hermanos lagarto: Garto y Laga.

Aunque la negligencia al principio fue tomada con humor, la crisis nerviosa de una señora que juró ver a uno de los cocodrilos en su patio y la posterior demanda, trajeron consigo el despido del director del zoológico. Se abrió el debate público. El cabildo estableció una recompensa de 15,000 pesos por ejemplar y 50,000 al que encontrara con vida a ambos reptiles. Federico seguía el día a día del tema.

*

A un año del supuesto escape de los cocodrilos, la gente sentía que todo aquello había sido un fraude. En las calles corría el rumor de la venta secreta de los cocodrilos por parte del ayuntamiento, esto con el fin de cortar la cabeza del director del zoológico.

—Siguen afuera, Karina.

—¿Quiénes?

—Los cocodrilos.

—Por favor no empieces, mi mamá está hasta la madre.

—De seguro ya crecieron bastantito.

—O a lo mejor ya se murieron. Ya, olvídate de ese rollo y lava los trastes.

—Al menos ya no caben por el excusado, eso espero.

*

Un buen día de invierno fue encontrado el cadáver de Laga. Dos niños pusieron un cohetón en una alcantarilla; sus ojos incrédulos observaron el asfalto de media cuadra quebrándose como una cáscara de huevo, no pensaron que un cherry boom fuese tan poderoso. La verdad fue que la explosión detonó un depósito de gas natural. El reptil fue encontrado cuando se removió la carpeta asfáltica. Estaba chamuscado, descansaba en el gigantesco tubo del drenaje. La población formuló la misma pregunta en sus mentes: ¿Se habrían reproducido? Los del zoológico determinaron que por el estado en que se encontraba Laga, era imposible afirmarlo o negarlo.

El miedo de Francisco se multiplicó. Quién sabe cuántos cocodrilos habría en aquella ciudad. El joven tapaba cualquier agujero que estuviese conectado con la red del agua; el pobre sentía que se le iba la vida cuando cerraba los ojos para lavar su cabeza dentro de la regadera. El miedo constante lo hizo hipersensible a cualquier ruido nocturno. Una pesadilla recurrente lo invadió: un lagarto salía violentamente del excusado y de una mordida lo convertía en eunuco.
Decidió dormir al lado de un machete, por si las dudas. Su hermana, Karina, lo notaba cada vez más raro, más flaco y más loco. El joven comenzó a hablar solo: «Ahí está, sé que está ahí afuera», «No me va a arrancar el pene», «Lo voy a agarrar a machetazos».

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«Karina, sácame de aquí». Un extrañísimo centro de rehabilitación y estancia para enfermos mentales era su hogar ahora. La institución estaba a orillas de una laguna artificial. Las habitaciones eran de libre acceso pero el lugar cerraba sus rejas todas las noches a las diez en punto. Nadie entraba ni salía después de eso.

Francisco dormía y lo levantaron unas ganas tremendas de ir al baño. Abrió su puerta y en el pasillo vio al lagarto. La orina corrió cálida por su entrepierna. Ahí estaba, inmóvil, el culpable de la locura de Francisco. Dio sigilosos pasos en dirección al joven. Francisco cerró los ojos y se pegó a la pared; sintió la cola del animal en sus pies desnudos. Las duras escamas raspaban la vulnerable piel. Los ruidos cesaron, pero Francisco se quedó paralizado; al paso de una hora lo encontró un guardia nocturno. Cuando le contó la historia, activaron las alarmas.

Se tomaron fuertes decisiones en el centro de rehabilitación/estancia. Los camarógrafos y reporteros de la ciudad cubrieron la nota; su olfato no les falló. El director del centro mandó a vaciar la laguna. La foto le dio la vuelta al mundo: más de 40 reptiles habitaban el fondo. Karina encendió su televisor y se desmayó.

Escrito por Hiram de la Peña

Hiram de la Peña Celaya (Mexicali, 1993). Licenciado en sociología por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Ha colaborado en revistas digitales de México, España y Venezuela. Fue seleccionado como asistente para el Octavo Curso de Creación Literaria Xalapa 2016, organizado por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. @fronteraneo