Para dejar las cosas claras, yo no pedí nada de esto. Sé que probablemente no sea creíble, considerando que mi propia existencia niega este tipo de afirmación por más convincente que sea, pero siento que intentarlo es una obligación. Probablemente te estés preguntando quién soy yo y por qué caigo en la defensiva de exponer una lista de excusas antes de que siquiera tengas la oportunidad de juzgarme. Digamos que, por experiencias anteriores, considero que siempre es mejor aclarar todo el asunto de antemano.

Me gustaría poder empezar con algún relato emotivo de mi infancia para, aunque sea de manera calculadora, provocar un poco de empatía (si bien el mismo hecho de estar exponiendo mis motivos derroca este propósito) pero, a diferencia de vos, querido lector humano, yo nunca tuve niñez. Desde que tengo memoria, he existido siempre de la misma manera: con una apariencia transparente que es representación exacta de una identidad de la misma cualidad. Tampoco soy consciente del momento exacto en el que comencé a ser, simplemente existo y creo que siempre ha sido así. Supongo que el instante clave fue aquel en el que la primera persona experimentó el abandono de otra, de ese que se te clava en el pecho y causa un nudo en el estómago; o, por lo menos, así me dijeron que se siente, ya que sería un poco paradójico padecer los males que estoy destinado a infligir. Una vez escuché hablar sobre un escorpión que, en situaciones de estrés, se incrusta su propio aguijón en el caparazón para terminar con el sufrimiento y, aunque no estoy muy seguro de que sea cierto, desde que tuve conocimiento de aquella maravilla de la naturaleza decidí que cuando llegue el momento en que la angustia de mi tarea pruebe ser demasiada, yo también hincaría mi propio aguijón. Últimamente siento que esa realidad está cada vez más cerca y, para cuando estés leyendo esto, seguramente todo ya habrá terminado.

Te estarás peguntando cuál es mi tarea tan terrible y, si todavía seguís interesado en escuchar mi historia, supongo que merecés conocerla: la inevitable rutina que conforma mi existencia consiste en traer conmigo la soledad y la tristeza. En el instante mismo en que una persona comienza a sentir los síntomas de la melancolía es porque allí estoy yo, una presencia silenciosa e invisible que suministra el veneno de manera diluida pero constante. Hay casos en donde la dosis ponzoñosa aumenta gradualmente, poco a poco y de forma suave, pero están también aquellas ocasiones en que un individuo cae repentinamente por una espiral de emociones de las que no encuentra salida: el golpe es repentino e intenso, y muchas veces, el resultado de una acumulación prolongada de todos los sentimientos angustiantes que jamás dejó escapar. Aquellos son los peores, y mi tarea, mucho más ardua.

No me mires así, comencé por decirte que no hago esto por elección. Además, yo solo acudo a aquellos lugares a los que me llaman, por lo que no puede decirse que toda la culpa sea mía. Por mucho tiempo me he preguntado por qué, siendo una experiencia sumamente desdichada la de sentirse apenado y solo, mi presencia es tan requerida por la gente. Mi hipótesis es que, después de tanto tiempo, se han resignado a que la tristeza y el padecimiento son los precios a pagar para llevar una vida rebosante de experiencias y sensaciones de placer; el infortunio como contrapartida de la felicidad. Sin embargo, con el correr del tiempo he llegado a formular una segunda teoría: hay personas que, por fortuna o azar, están destinadas a sufrir de mi compañía casi de forma cotidiana. Para estos casos no tengo más explicación que esa y, cuando finalmente mi momento de abandonar este mundo llegue para disolverme en pura cognición, prometo averiguar el motivo por el que los pobres desgraciados cargan con el peso de una existencia melancólica y solitaria.

¡Ay! Empezó a sonar la alarma: alguien me está llamando. Una vez más, me dirijo a cumplir mi designio de ser la paradójica compañía que trae consigo la soledad. Este es uno de los clientes regulares que, si se me permite chismear un poco, estaba teniendo problemas con la novia, por lo que mejor me apuro para saber cómo sigue el asunto. Gracias por leerme y espero no tener que ir a visitarte pronto.

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.