Un monstruo vive en mi casa.

Desde hace días, cuando me levanto por las noches para tomar un vaso con agua o ir al baño, siento que las paredes respiran. Por las tardes, cuando hace mucho frío, el piso palpita y se pone caliente. Mientras que del techo, en algunas mañanas calurosas, caen gruesas gotas. Como si fueran baba.

Le he dicho a mi esposa que el monstruo me quiere a mí. Sólo a mí. Porque ni a ella, ni a mi hijo, le ha dado señales de vida. Para ellos, él no existe. Esta casa sólo es otra como las que abundan en Quito: con humedad, paredes frías, pisos de madera y un conjunto de servicios y habitaciones distribuidos con la inteligencia de un arquitecto borracho. Pero yo estoy convencido que mi casa no es normal. Un monstruo habita en ella.

He contratado los servicios de un exorcista (también, combatiente de monstruos) y me ha confirmado, luego de una larga conversación con el ente, que el problema del monstruo es conmigo, con nadie más. Una vez que logre llevarme al hueco de donde salió, dejará estos aposentos y nunca más lo volverán a ver. “Es tú decisión. Es tú sacrificio. Sólo pide una sola cosa”, me ha dicho Paco, el exorcista. Por supuesto que mi familia está en contra de que yo caiga en un pozo de torturas y desdichas. Todavía no creen en la existencia del monstruo y su preocupación radica en que yo haya perdido la cordura, y que la representación de mi locura sea un demonio con la forma de nuestra casa.

Por eso no les he dicho lo que pienso hacer. En una de esas noches que el monstruo me acosaba entre mi habitación y el baño, me he detenido frente a un espejo y solicité hablar con él.

Se parece a mí.

La misma falta de pelo, frente abombada, ojos hundidos bajo potentes ojeras, una cicatriz en el cachete derecho y barba de un mes. La única diferencia era el color de sus ojos: eran completamente negros. Sin el lago blanco sobre el cual bailan las pupilas. Sus únicas palabras eran: “ven conmigo”. Ante cualquier insistencia de que me explicara por qué me quería precisamente a mí, su respuesta era: “ven conmigo”. Sólo varió el guión cuando le hice una pregunta: “¿cómo?”.

En ese momento extendió su mano y me dio una llave. “Abrirás la puerta que te indique dentro de tres noches, y saltarás a través de ella”.

Era una llave simple, como cualquiera que compramos en una cerrajería. Por tres noches cené con mi esposa, hicimos el amor y jugué con mi hijo. A ambos les dije que los amaba y dejé de ir al trabajo. Por cada uno de esos segundos que conformaron las últimas tres noches de mi vida, me dejé llevar por la sensación de que la felicidad está compuesta de los pequeños momentos. De la verdad y certeza que te dan los abrazos, sonrisas y besos de las personas que llegan a conocerte por completo. Tu familia.

A la tercera noche, duchándome, el monstruo se apareció entre la bruma que dejaba el agua caliente y materializó una puerta entre las paredes del baño. Era una puerta hecha de luz. “Entra”, me dijo. Así, desnudo y goteando, cruce el umbral. Mientras mis ojos se adaptaban a la incandescencia, pude adivinar formas espectrales entre los primeros recovecos del ambiente que me rodeaba. Eran pequeños demonios, con cuernos y alas que se burlaban de mis nalgas, de mi barriga y mi pene. Bailaban alrededor de una fogata en lo que parecía ser un bosque muerto. Un bosque que se bañaba con una luz gris y llena de polvo. Era un ambiente lleno de tristeza.

Mientras estos pequeños demonios bailaban, mi monstruo me invitó a sentarme sobre un tronco cercano al fuego, y con un rápido movimiento de manos, como si en una de ella llevara una varita, materializó otras tres puertas. Esta vez, cada una de ellas tenía una cerradura. “Aquí tienes la llave que te di”, me dijo al lanzarme el pequeño trozo de metal entre los pies. Me imagino que antes de traerme aquí, la tomó de mi mesa de noche. “Debes elegir alguna de las tres puertas. Cada una de ellas te llevará a tu castigo”, me dijo. “¿Por qué me castigas?”, le pregunté. “Por tu mentira, por tus ganas de vivir en un mundo de humo. Ese es mi nombre: soy el demonio de lo irreal. De lo que no se palpa”.

Elegí la segunda puerta.

Ahora, mi casa está vacía. Ya no hay monstruos. No hay vida. No hay nada. Lean bien: no hay nada.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.