Retenidos en otro tiempo. En otro espacio.

París de mil novecientos…
A las 11:45 de la mañana de un viernes que ya se quiere ir transformado en sábado
(curiosamente, llevando las mismas medias,
mismos labios),
nos recogemos ambos en un abrazo con las puntas de los dedos.
Con los tobillos despeinados.

Nos asomamos (asomábamos)
a un riachuelo cuya agua
hablaba fluidamente el francés. Si vous plaît.

El sol llameando pecas y cerveza,
las parejas (ya borrosas,
manchas subrepticias,
callos en la alfombra;
uno se llamaba Madame, otro Monsieur),
compartían vino de fresas y besos con forma
de pétalo
-es así, yo lo vi-.

Atrapados los dos en otro tiempo,
en otro espacio.
Mismos ojos, distinto reflejo.

Jóvenes en el pelo,
pómulos hundidos
porque nuestro régimen era estricto:
amar-nos cuatro veces al día, incluidas
las noches. Con su luna llena
escandalizada y voyeur
asomándose por la ventana.

Y un golpe:
nosotros narcisos de un río atravesado
por un puente entre los párpados
por una cesta con viandas
(pan)
por unas cuantas palabras
peces cruzando el río.

En otro espacio, en otro tiempo,
París de mil novecientos…
del dos mil once minutos
y de mil cuatrocientos
con lavanderas en los zapatos
con uñas entre las piernas.

Quisiera haberte dicho:
“Vos eres mío, como un pedacito
de cielo”. Y creerme de plata,
llamarme Lidia, Margarita
-cabeza en el sol, pelo blanco,
cara amarilla-.

Y ahora, este ahora que levanta su capa
para echarse enseguida a volar,
ahora esa misma agua recorre los libros
la mesa,
tus rizos, la lámpara,
las serpientes en las muelas:
volvemos: París a las 11:50
de una mañana que se desviste
buscando el pijama
(¿dónde están los calcetines?).

Quisiera volver a ese río en donde
éramos cuatro contando
el reflejo tímido
el agua sucia de otros cuerpos
que se derritieron en otros cuerpos
que-otros-cuerpos.

Como los nuestros.

Quién nos negará que seguimos
flotando, río de los muertos,
en las ondas francófonas,
escuchando las voces
de otras parejas que no somos nosotros
pero también portan las mismas cestas
(pan)
y cumplen la misma dieta
(que vino).

Río de los muertos,

calle abajo,

París de mil novecientos…

Escrito por Alicia Louzao

Exácticamente, soy licenciada y doctora en Filología Hispánica y licenciada en Filología Inglesa.