Olvidé el momento exacto en el que me convertí en lectora. Como muchos, comencé por soledad, por curiosidad y por pasatiempo en esas tardes lluviosas que roban a todo niño enfermizo la dicha de rasparse las rodillas. Sin darme cuenta, los años comenzaron a pasar y las lecturas a acumularse. Al llegar a la adolescencia ya no estaba sola: tenía las rodillas lisas y la cabeza repleta de amigos impresos. A lo mejor aquello de la infancia solitaria es un drama demasiado convencional (a lo Matilda de Roal Dahl) y raye en lo patético. Pero si bien es cierto que un buen lector no se define por su iniciación, es necesario reconocerse en todo lo leído: lo bueno y lo no tan bueno porque tanto lo uno como lo otro reclama gratitud.

No puedo decir que soy una persona de rituales, pero en ocasiones releo aquello que ha dibujado mi norte como lectora. Por ejemplo, la niña que una vez fui agradece Matar a un ruiseñor de Harper Lee y sentirme cómplice de los hermanos Finch. Ahora entiendo que en su momento me até a esa novela porque soy de un país con un sedimento racista resistente al paso del tiempo. Mi generación bebió a galones el discurso discriminatorio, y purgarnos de él no ha sido fácil. Así pues, tampoco ha sido fácil conocer a medias la política como para no escribir de ella desde la úlcera. Personalmente me curé leyendo 1984 de George Orwell y La Resistencia de Ernesto Sábato. Juan Rulfo es, por excelencia, mi lectura balsámica; me devuelve a gotitas lo que esta época acelerada me quita a chorros.

Lolita, de Vladimir Navokov me dio dolores de cabeza. Me llevó a confrontar valores, a replantearme lo erótico y a saber que debía aprender francés si pretendía entenderla mejor. Nunca aprendí francés pero eso no me impide volver de vez en cuando a la nínfula victimaria. Ahora bien, no creo en los libros “para chicas”, y aunque existe la novela rosa, esta es una etiqueta malévola para libros alucinantes como Cumbres Borrascosas de Emily Brontë o Persuasión de Jane Austen, que son todo menos un placebo sentimentaloide. En la oportunidad está clave.

Recibí un infierno a cambio de leer Los renglones torcidos de Dios  de Torcuato Luca de Tena. Sigo quemándome en él pero la vivacidad de Alice Gould me rescata después de un par de capítulos. De la misma manera, recibí un infierno al leer –a medias, debo confesar–Cincuenta Sombras de Grey de E.L. James porque a partir de entonces supe la diferencia entre una novela erótica y un recetario en tres volúmenes para que las mujeres sexualmente frustradas alucinen con el nuevo y mejorado príncipe azul. Ojo, los juguetes sexuales se venden por separado.

Y así podría escribir maratónicamente acerca de cómo han sido mis años como lectora y de cuánto me falta por leer, pero ese no es el objetivo de mi primer artículo en este espacio. Lo que me importa es abrirme a la gratitud de lo leído y sugerir la experiencia.

Hay libros que nunca dejan nuestras mesitas de noche porque se quedan en nosotros. Lo que deja sinsabores es pasajero. Hay libros para leer y hay libros para vivir. Es necesario agradecer ambos.

Escrito por Rubí Véliz Catalán

Rubí Véliz Catalán (Ciudad de Guatemala, 1988) es literata por decisión y bibliotecaria por vocación. Es melómana, pintora de clóset, feminista del pensamiento de la diferencia y estudiante de por vida. Cursó una licenciatura en Lengua y Literatura en la universidad pública de su país. Estudió artes plásticas, idiomas y canto lírico. Ha sido invitada a presentar y comentar libros de escritores emergentes. Eventualmente es editora ad honorem en proyectos de investigación con enfoque de género del Instituto Universitario de la Mujer de la Universidad de San Carlos (IUMUSAC). Desde 2014 escribe en la columna «Desde la resistencia» de la revista cultural centroamericana (Casi) literal.