II

Un coro de gallos anuncia el comienzo de un nuevo día. Las débiles manchas doradas que se asoman por entre las nubes auguran otro sol desamparado. Los volcanes, al fondo, son fieles testigos del peregrinar de una ciudad cada vez más ruidosa y contaminada, llena de hoyos y abismos, en los que las ilusiones se crean y se destruyen como volutas esparcidas por el aire.

Una navaja penetra en la piel rasposa del teniente Eleuterio Sandoval. Una mueca de dolor irrumpe en el espejo. Se volvió a cortar, por tercera vez consecutiva, parece un novato. Y es que su mano le tiembla. Se limpia con un poco de algodón. Esta herida es bastante profunda. Lo mejor será ir por un poco de alcohol a la botica. Ojalá don Beto ya haya abierto. Colgada en el perchero está su indumentaria habitual: un pantalón, un chaleco, un frac y el indispensable sombrero de copa. Se coloca con cuidado cada prenda, no tiene prisa, aún a pesar de la sangre que le cae por entre la barbilla. Una larga jornada le espera, habrá llevársela con calma. Escucha un suspiro en la habitación, debe de ser su mujer, que aún sigue dormida. Lo último que se pone es su sombrero, importado directamente de Francia, un regalo del Generalísimo para algunos de sus subordinados, entre los cuales él resultó elegido ¡Un gran honor!

Beto el boticario estaba abriendo cuando Sandoval llegó. Su barba lo delataba. Don Beto apenas pudo contener la risa.

No le haga mi buen, ¿qué le pasó?

Ya ve, al mejor cazador se le va la liebre.

Si quiere le puedo dar unas clasesitas.

La puerta de la botica quedó totalmente abierta. Los olores comenzaron a asomar. Esa combinación de hierbas y químicos recién descubiertos hubiese penetrado, sin duda, en la nariz del más mormado. Sandoval no lograba entender cómo era posible que, estando tantas horas en ese caldo de cultivo, don Beto no tuviese mareos constantes. En fin, a todo se acostumbra uno, es más, hasta a dejar de comer, de eso él podía dar fe.


Eleuterio Sandoval de la Cruz nació el 3 de marzo de 1823 en la ciudad de Cuernavaca. Fue el sexto de diez hermanos, de los cuales sólo sobrevivieron cuatro. Su padre, José de Jesús Ignacio Francisco Sandoval Ramírez, criollo de nacimiento, había combatido al lado de Agustín de Iturbide durante la Guerra de Independencia. Cuando Iturbide se convirtió en Agustín I, su padre fue uno de los primeros beneficiados. Los honores y el dinero se expandían como pan caliente. Fue entonces que decidieron mudarse a Cuernavaca. La promesa de Agustín I era nombrar al capitán Sandoval, Marqués de aquella provincia. Pero la fantasía no duró mucho. Unos meses después de la mudanza y recién nacido Eleuterio, Iturbide fue derrocado y mandado el exilio y con él todas las esperanzas de una familia. Ya sin Iturbide, el nuevo presidente, Guadalupe Victoria, se dedicó a asolar a los partidarios del antiguo imperio, entre ellos la familia Sandoval de la Cruz. Temeroso por su vida y la de los suyos, el excapitán José de Jesús vendió todas sus propiedades y huyó rumbó a Querétaro. Ahí procreó otros cuatro hijos antes de que las tropas de Santa Anna lo capturaran y fusilaran. Los siguientes años fueron difíciles, llenos de pobrezas y hambrunas. Sus hermanos comenzaron a morir. Su madre, María Guadalupe del Sagrado Corazón de la Cruz de Sandoval, trabajaba día y noche como sirvienta en la casa de una familia aristócrata favorecida por Santa Anna. Así, Eleuterio cumplió los nueve años. Pero las cosas iban de mal en peor. Dos meses después su madre caía enferma de tifoidea, la muerte no tardó en recogerla. Sus dos hermanos mayores: José de Jesús Hernán, de diecisiete años y María Guadalupe, de dieciséis, decidieron que lo mejor sería partir a la Ciudad de México, y así lo hicieron. En el camino murió otro de sus hermanos, el menor de ellos. En la Ciudad encontraron a un tío del que su madre les había hablado, le presentaron sus señas y comenzaron a trabajar para él.

Manuel Antonio de la Cruz era un comerciante de materias primas. Había enviudado hacía poco y sólo tenía dos hijos. La llegada de cuatro miembros más suponía un dolor de cabeza. Pero eran los hijos de su hermana perdida, aquella que creía muerta desde varios años atrás. Por eso se decidió a adoptarlos, con la condición de que trabajaran para él y así sacaran lo de su comida. Después verían lo de sus estudios. Pero eso tampoco fue un problema. José de Jesús Hernán se alistó en el ejército al cumplir la mayoría de edad, María Guadalupe se casó con uno de los amigos de su tío que, apenas la vio, la pidió en matrimonio. Ya sólo quedaba él y su otra hermana, dos años más chica. Lo bueno es que Hernán les mandaba una mesada, con la que pagaban, a su tío, sus gastos básicos. Y la vida siguió caminando.

A punto de cumplir sus veintiún años, Hernán instó a Eleuterio a enrolarse a la Gendarmería de la Ciudad de México. Él podría conseguirle las recomendaciones pertinentes para que empezara de inmediato y así poder, por fin, dejar de depender de los demás. Su vida estaba al otro lado del crepúsculo.

Los siguientes dos años fueron agradables. El esposo de María ayudó a su cuñado a conseguir una casa de buen ver. Con el auxilio de Hernán pudo escalar, más rápido de lo normal, en la jerarquía de su oficio. Pasó de trabajar en una calle a dar órdenes a un pequeño grupo en menos de un año. Varios de sus compañeros lo veían con recelo. Pero él estaba seguro que su éxito no sólo era un acto nepotista intransigente, pues él se esforzaba para ser mejor. La ayuda que le venía de fuera era un empujón extra.

Pero la vida es como un sube y baja, llena de altibajos, de escaleras y pozos que se yerguen tras el tiempo. En 1846, los Estados Unidos invadieron México. José de Jesús Hernán fue enviado a defender los colores patrios y ya nunca regresó. A partir de ese momento todo se volvió más complicado. Su cuñado, ante el miedo latente de una conquista sangrienta, decidió mudarse a España. Su hermana se perdió en la distancia. En cuanto a la más pequeña, lo último que supo fue que se fugó con un novio que, al parecer, había pertenecido a la banda de los Plateados. Y por más que hizo para encontrarla, nomás nada. El país vivía tiempos tenebrosos y nadie se iba a estar preocupando por una mocosa calenturienta.

Y fue entonces cuando él llegó. Un poco tarde, pero llegó. Don Porfirio Díaz estaba listo para poner orden a un país al borde del colapso. Por suerte, Eleuterio siempre supo y pudo sobrevivir a los constantes cambios de mando. Por eso fue —al menos eso creyó siempre— que el Generalísimo decidió conservarlo en su puesto y hasta darle un ascenso. En 1877, Eleuterio Sandoval de la Cruz, fue ascendido a teniente. Tenía 54 años.


De regreso en casa, Sandoval se limpió las heridas. Dolió un poco, eso que ni qué, pero él, a sus 65 años, no estaba para pusilanimerías (o como fuera que se dijese). Era momento de salir y comenzar la búsqueda, que más bien iba a ser una cacería.

 

Escrito por Slaymen Bonilla

Licenciado en Filosofía (ULSA) y en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM), Maestro en Filosofía (CIDHEM) y Doctorante en Filosofía (COLMOR). En 2011 entra al Diplomado en Creación Literaria del “Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia” (INBA), en el que tiene la oportunidad de tomar clases con profesores de la talla de: David Olguín, Pablo Mandoki, Mónica Brozon o Jaime Augusto Shelley. Ha ganado cuatro certámenes de poesía: Grau Miró (España), Calaveras Literarias (México, FCE), CECIL (México, UAM-I) y Alejandría (México). Su Ópera Prima, El Cantar de Quetzalcóatl, Ehécatl, fue publicada, en su primera entrega, en 2014 por el Sello Editorial “Ediciones y Punto”. Ya para agosto publica Poemología (Textosterona), Rimisurdos –al lado de su gran amigo y hermano, el pianista Jorge Hernández Medrano– (Ediciones y Punto) y un ensayo sobre la Filosofía Náhuatl (Filosofar en tiempos de crisis, DelaSalle Ediciones). En 2015 da a luz su primer libro de aforismos filosóficos, Distófrasis, al lado del Colectivo de Los Filósofos Malditos, del cual es cofundador. Tras el éxito obtenido con el Cantar de Quetzalcóatl, prepara la edición completa del primer tomo. Además, es autor de más de treinta publicaciones (poesía, cuento, ensayo, etc.), tanto en revistas digitales como impresas, nacionales e internacionales. En 2018 fue elegido por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM para integrar el Diccionario de Escritores Mexicanos, Siglo XXI (de próxima publicación).