Una fría neblina entraba por la boca de la ría subiendo al monte. La claridad bañaba el camino verde y húmedo. Mi corazón, acelerado, había comenzado a arrepentirse. ¿Cuánto falta?, pregunté inquieta. No obtuve respuesta.

El monte, con sus sonidos de amanecer, inunda mis oídos. Me siento fatigada. Un mareo leve lo mezcla todo, el mundo baila un vals. Respira, me dice su voz, falta menos.

No recuerdo cuánto tiempo hemos caminado, pero me invade un incómodo sentimiento de inmovilidad. O de caminar en círculos. El cansancio no me permite pensar con claridad, o quizás sea el frío. Mis manos están mojadas, debe ser el sudor. Trato de concentrarme, de organizar las ideas que me rondan como el polvillo que llueve sobre los primeros rayos la luz de la mañana.

¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? Soy periodista, tengo 25 años. Estoy… Estoy en… Soy periodista, soy María, tengo 25 años. Me informaron de un femicidio, sí, y voy a cubrirlo. ¿Qué día es hoy? ¿Qué hora es? Eran dos mujeres jóvenes, ¿estaban de vacaciones? Vamos a verlas. Voy de camino a verlas, pero me siento tan cansada.

Espera, necesito parar. No me encuentro bien. ¡Para! Tenemos que volver. Mi libreta, no encuentro mi libreta, tenemos que volver, necesito buscarla. ¡No puedo seguir sin mi libreta! ¡Mi libreta! ¡Mi grabador! ¡Tengo que volver! ¿Qué está pasando? ¿Quién eres?

Él mueve la cabeza, niega con cuidado. “No podemos regresar, ven conmigo”, dice. Pero un dolor en el cuerpo me paraliza.

De pronto me arde el pecho. Mi visión se enfría, se nubla. Parpadeo varias veces, pero sigue igual. ¿Qué es ese olor? Siento nauseas. ¿Dónde estoy? ¿Por qué camino descalza? ¿Dónde están mis zapatos? Ayuda… ¡Ayuda! Mi garganta se contrae, me asfixio, no puedo respirar. ¡Ayuda! Trato de gritar, no lo consigo. El frío me atraviesa el estómago, otra vez y otra vez y otra vez, no se detiene. Me duele, me caigo al suelo. Alzo la vista y veo su sombra. Me tiende la mano. ¿Quién eres?¡Por qué no me ayudas! ¡Ayúdame!

Me arrastro por la tierra húmeda, acercándome lentamente a su figura. Cuando por fin llego a sus pies, alzo la mirada. Trato de enfocar y encuentro su mano brillante que señala algo. Volteo y entonces lo veo. Dos cuerpos yacen tendidos en el suelo, sucios, desgastados, usados. Me acerco gateando, temblando, implorando. Y entonces la reconozco, es ella, es Laura.

El cuerpo de Laura está vacío, está echada a mi lado, con sus ojos abiertos, como si gritaran. Su ropa rasgada, su piel cortada, su cabello mutilado y el charco de sangre seca que brotó de su garganta. Junto a ella, mi cuerpo desnudo, desgarrado por heridas que no me atrevo a contar, mis piernas sin forma, amoratadas, como si se hubiesen retorcido hasta el final, y en mi cuello, inconfundible, el silencio más profundo: unas manos que aún parecen estar frescas, enterradas en mi garganta rota y en la de tantas otras.

El pitido en mis oídos se vuelve insoportable. Retrocedo, lloro, grito. ¡Sáquenme de aquí! Las imágenes regresan a mi cabeza, dan vueltas. Tres hombres se ríen de mí, fuman, me patean, escucho los gritos de Laura, las colillas me queman.

“Con esa falda debes ser puta”.

“Te va a doler la putería. Te va a doler”.

Nos siguieron saliendo del bar. Despertamos en el monte, ellos fuman, se ríen, apagan sus cigarros en mis tetas. Laura trata de escapar. La agarran primero. Tiene miedo, se mea encima, llora. Cuando la toman por el pelo, yo comienzo a gritar, cierro los ojos, su dolor me arde y no puedo mirar. Grito, pataleo, escupo, rasguño, muerdo. ¡No puedo mirar! ¡No puedo mirar! ¡No puedo mirar! Y cuando abro los ojos de nuevo, la mañana despunta. Estoy confundida, cansada, mareada, pero sigo sus pasos.

—¿A dónde vamos?

—Pasó algo en el monte, debes verlo.

—¿Qué?

—Dos mujeres jóvenes. Ellas…

—No me digas más. Sólo llévame a verlas.

Escrito por Gabbi Consuegra

Mi papá me decía gaviota.