Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, guardaré mansamente las cosas de vivir. Mi pequeña poesía de adioses y de balas, mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín.

Balada para mi muerte

Horacio Ferrer

Nadie sabía con precisión cuándo había comenzado todo. Algunos especialistas afirmaban que los focos de infección remitían a la Guerra del Paraguay; a varios de los soldados que, en el regreso a su querida Corrientes, volvían con la vista perdida, aunados a un virus que parecía quemarlos por dentro. Buenos Aires, en ese entonces, era una ciudad más oscura de lo habitual. Las calles exudaban desolación. Los pocos hospitales construidos se amontonaban de cuerpos – como mazmorras – abrazados a un hilo de vida fugaz, imperceptible. La mayoría de las víctimas eran de barrios humildes: acostumbrados a bañarse en aguas grises, a pisar los pantanos que rodeaban sus conventillos, a comer afanosamente de lo que el resto desechaba. Ya para 1871 la situación era insostenible. Miles de cadáveres hacían fila en los pasillos del Muñiz para ser recogidos por el llamado “Tren de la muerte”. El lugar de encuentro era la extinta estación Bermejo. El paso de la locomotora por calle Corrientes sembraba un silencio sacro en los pocos rostros que la veían atravesar la capital, como un monstruo infernal, rumbo al improvisado Cementerio del Sud en Chacarita: postergado durante décadas y abierto, tras el colapso, en un campo recreativo que fuera del Colegio Nacional Buenos Aires. La fiebre amarilla había causado un mal mayor que el de su propio virus: la histeria colectiva. Funcionarios fugándose por la puerta trasera que, como roedores, escapan de las llamas del fuego; multitudes aglutinadas en la ex Plaza de la Victoria, huérfanas, empujadas a defenderse, no solo de la infección vírica sino de las mezquindades de una élite social prematura, febril, incapaz de comprender en el rostro de la muerte aquello que la vida tiene para decir.

Decía Arthur Schopenhauer que los animales solo conocen la muerte cuando les acontece y que, en cambio, los hombres se acercan a ella conscientemente en cada hora, haciendo difuso el sentido de la vida para aquellos que no han podido dar cuenta del carácter de “aniquilamiento” de ésta.

En la nueva novela de Martín Kasañetz, Los Acostados, la pulsión de muerte que ha atravesado a la joven historia argentina, enfrentándola a sus demonios más oscuros y funestos, se ve reflejada a través de tres simbólicos personajes y a un antiguo diario, compaginado a modo de ensayo mortuorio, perteneciente a León Paz: testigo invaluable de las masivas muertes por la epidemia amarilla de fines del siglo XIX.

Detrás de una triste mirada abstraída en su desolación puede haber encerrada una pesadilla que apremia, que urge por volver a despertar la violencia reprimida. Así, en la primera parte de Los Acostados, transcurre sus horas Emilio: un anciano ex militar de la última dictadura, acorralado por la desidia y la soledad. Senil y viciado por su consciencia, encuentra un estímulo vital en el recuerdo insigne de sus armas: las herramientas de la muerte con las que dio salida a su barbarie; aquellas que ofrecieron significado a un falso heroísmo, construido bajo las bases del más vil de los terrores. Limpiarlas es su ritual, es reflotar una virilidad anegada hacia un alma languidecente. “El viejo, inclinado hacia abajo, se miraba la entrepierna sentado en su cama. Se veía el bulto flácido bajo el pijama. Se tocaba con su mano derecha, como quien intenta revivir a alguien que no responde, que ha muerto. Por segundos respiraba de forma ruidosa con la mirada perdida en algún punto y luego volvía a tocarse el bulto”. Una inesperada presencia en su casa lo revitalizará. Colmará de adrenalina su corazón, que latirá furioso, como cuando presenciaba las torturas en los centros de detención. Esa sinfonía del miedo lo alimenta, lo seduce y excita. Así, preparado, con su cuerpo enclenque y el rifle pegado a su piel, se arrastrará en busca de una nueva presa que le dé sentido a su agónica existencia.

Por otro lado, en “José”, la negra y olvidada historia de la fiebre amarilla tendrá su reverbero en un joven empleado del cementerio. Curioso y precavido, José vive atento al paisaje gutural que las tumbas y bóvedas conforman en su horizonte diario. Ha aprendido a descubrir la textura de los mármoles; a interpretar el lenguaje de los silencios. “La muerte es una mierda, José, pero es de lo que la gente más se ocupa”, le dirá el capataz del cementerio, un oportuno “Virgilio terrenal” que lo guiará rumbo al encuentro con la historia de León Paz. En ese punto de encuentro, inflexivo, Kasañetz empieza a deshilvanar al enigmático universitario; el joven que recorría todas las noches la calle Corrientes arriba de la locomotora; abroquelado al espanto de la carne hecha tumulto y a la gris mirada de Manuel, distante, como el Lantier de La bestia humana, aguardando la última parada en la Chacarita de los Colegiales.

La última parte del libro nos centra en “El rubio”. Aquí, Kasañetz, rápido de manos, arquea el relato para lograr cohesionar las historias: hacerlas parte de un mismo escenario; de una misma necesidad por sobrevivir a los demonios internos. El protagonista, un delincuente agrio e imperante, pasa sus días en un viejo taller mecánico que funciona como desarmadero de autos. Fumando entre las penumbras del depósito, los recuerdos reunidos de sus treinta y cuatro días confinado en la Guerra de Malvinas parecen estar resguardados, se aplacan. Sin embargo, la muerte, inusitada, se arrastrará hasta sus pies en un hilo de sangre. Lo obligará a actuar, a ir tras los pasos del “soldado enemigo” que acabó con uno de los suyos: en su territorio; conteniendo la respiración; mimetizándose con el contrario; buscando la rendija para darle calma al fuego que arde aún en su memoria. “El rubio sintió que una violencia contenida le recorría el cuerpo; como si un animal pequeño que, estando encerrado, buscase la forma desesperada de querer salir desde debajo de su piel”.

En esa reyerta entre la vida y la muerte se forjará una Buenos Aires madura, hecha fuerte al calor de la tragedia y la reinvención.

Kasañetz – también autor de Gallino (2007) – necesita solo unos pocos filogramas históricos para unir un relato de por sí conectado a través de las sombras, de las huestes de los que quedaron en el paso: en las trincheras de Malvinas; en los campos de concentración; en las fosas comunes de un cementerio “sepultado”. Allí, el tiempo parece divisor de una dolencia sostenida, como un reloj a cuerda que diariamente nos recuerda nuestra contingencia; desnuda nuestra frágil percepción de la existencia. En ese camino de batalla contra un destino inevitable, el hombre construirá su identidad: en esencia, de cara a sí, porque el resto, como bien inmortaliza León Paz, “es simplemente camuflaje, expectativa de algo o mentira”.

 

Foto de portada: Gisele Velázquez

Escrito por Marvel Aguilera

(Buenos Aires, 1987) Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Egresado de TEA. Cursa la Licenciatura en Comunicación Audiovisual en la UNSAM. Colaboró en los portales culturales Revista Tiburón, Indie Hoy y Revista Kunst.