Esta mañana mi hermano me pidió ayuda con la mudanza. Su segundo bebé nacerá en cuestión de meses y el espacio en su departamento ya le es insuficiente. Viridiana se encontraba en su ‘baby shower’ y mientras tanto, nosotros (o más bien yo) movíamos y acomodábamos todas las cajas que quedaban; habían de varios tamaños y todas estaban empanizadas en polvo y pelusa.

     Juguetes, abrigos, luces de navidad. Nada muy interesante acerca del montón de cosas que sacamos del closet de mi hermano. Sin embargo, cuando me estaba cansando de hurgar, noté un conjunto de cajas que, en su mayoría, eran pesadas y tenían distintas fechas marcadas con sharpie negro… 1979, 1982, 1987, 1988… Comencé a abrirlas y hurgar de nuevo. Contenían muchas cosas ‘ñoñas’. El primer número de Hellblazer, Wolverine, Animal Man. También había vinilos de Rick Astley, Scorpions y Air Supply, así como algunos VHS de películas clásicas, en su momento totalmente novedosas. Barfly, Beetlejuice, E.T., Cenicienta, Good Morning Vietnam, RoboCop. Este último hallazgo fue lo que más me llamó la atención; mi hermano y yo habíamos trabajado en algunas producciones nacionales de cine, pero nuestro trabajo nunca pudo estar en un VHS, no como estos otros grandes filmes. Pasé varios minutos sumergido en esas cápsulas del tiempo rectangulares, cuando entre todas las cintas, pude ver una que destacaba del resto. Era evidente que no se trataba de un VHS comprado en el videocentro. Esta era una producción casera, no tenía tapa y era de color azul índigo.

     —¡Hey! ¿sabes qué está haciendo esto aquí? —Pregunté a mi hermano.

     —Quitarme espacio, supongo. —Respondió, de forma bastante desinteresada. Creo que se encontraba harto de la mudanza.

     —No wey, ya en serio. Mira, es distinto y tiene un nombre con marcador en un costado. —

     Mi hermano me arrebató la cinta abruptamente y la vio con detenimiento. — “Michelle”. —Dijo. — Mmm, ¿y esto qué será? —

     —Es te pregunté. Hay que verla, ¿no? ­—Sugerí con entusiasmo.

—Naah, quizá solo es la boda o los XV de alguien. Acuérdate que grabábamos cualquier cosa en esos años con nuestra Sony casera. —

     —Con nuestra “chiquita”, sí —Respondí, soltando una breve risa. — Pero oye, ¿por qué lo guardarías entre tus cosas si no fuese algo importante? ¿En serio no te da curiosidad, Bruno? —

   —Pues sí, supongo que puede ser algo interesante. Pero de cualquier forma no tenemos casetera. — Me dijo.

     —Hay una en la caja del 86… — Le interrumpí, con una gran sonrisa.

     Nos miramos fijamente por unos instantes, Bruno suspiró y volteó los ojos, dándome a entender que mis súplicas y berrinches habían funcionado -como siempre lo hacen-. Él sacó la videocasetera de la caja y apresuró a conectarla al televisor. La primera imagen era todo un clásico: barras verticales de colores cubriendo toda la pantalla. Aquello duró unos segundos y después pasó al contenido del video. Éramos nosotros, jóvenes, casi adolescentes en aquel entonces:

     Un calendario en la pared marcaba el año 1988 [mientras veíamos las imágenes recordábamos aquel día y aquel lugar]. Era bar cultural, con poetas presentes en el escenario improvisado. Más temprano que tarde nos encontrábamos en medio de ellos, bebiendo cerveza nacional y jugando con una baraja de póker, [tal y como lo mostraban las distintas tomas y cortes en el video]. Todos en ese lugar tenían algo que decir, ayudándose de una guitarra vieja que pasaba de un poeta a otro, muchos entonaban con euforia las letras clásicas de la trova de protesta, inspirados por el fraude electoral que el país sufrió aquel año. También se escuchaba el entusiasmo de algunos otros en las mesas de un lado, por la reciente inauguración del “Cineforo”, por parte de la Universidad de Guadalajara y comentaban sobre el auge cultural en la ciudad. Mi hermano fue el primero de los tres en ponerse borracho y sin embargo no detenía la grabación. Se podía escuchar su voz en el fondo, diciendo cuanta tontería se le viniera a la cabeza, mientras enfocaba algún escote o algún rostro bonito.

     Después de varios minutos entre tomas y momentos aburridos de poesía que adelantábamos, el video se detuvo en un cuadro específico.

     —¡Son Karla y tú! —Mencionó con obviedad mi hermano. Yo solo asentí con la cabeza.

     Efectivamente era así. El momento en el que el video se había atascado, parecía la mejor foto. Bruno había hecho una toma de Karla y yo, sentados. Estábamos abrazados de forma relajada, yo mirando fijamente al escenario, ella volteando para la cámara. Los colores del bar nos daban un aspecto contradictorio de neón con blanco y negro. Sn embargo, la casetera seguía marcando el paso del tiempo, y aún había ruido de fondo, voces y canciones; por lo que no nos molestamos en quitar el VHS.

     Tuvimos que usar nuestras memorias e imaginación para visualizar lo demás que pasaba en el video. Faltaba poco para que terminara. El sonido de choque de las botellas de cerveza no paraba y en un punto, pudimos escuchar que mi hermano me alentaba a pasara al escenario a tocar ‘esa rola’. Tan solo se escuchó un murmullo y la silla recorrerse. Después escuchamos pasos fuertes, aunque torpes. El ruido de fondo cesó por un momento, pero los aplausos exagerados de Bruno y Karla sonaban fuertes y extrovertidos.

     —¡Buenas! — Se escuchó en las bocinas de la TV.

     —Chales we, tu vocesita — Dijo mi hermano. No le respondí.

     —En este ratito quiero cantar una rola corta en duración, pero que en su tiempo fue gigante. Aún lo sigue siendo. Perdón si esta no es una letra con significado patriota o anti-patriota. Quizá tampoco habla de revolución y seguramente es solo una tonta canción romántica. Pero quiero dedicársela a una mujer, o más bien, a su segundo nombre. — Dije en el video.

     En ese momento comprendí. Se escucharon los primeros acordes de una melodía que hace mucho -no recuerdo cuánto- no escuchaba. En seguida, mi voz más joven, un tanto ebria y enamorada:

     “Michelle, ma belle. These are words that go together well, my Michelle. Michelle, ma belle. Sont des mots qui vont très bien ensemble, très bien ensemble (…)”

     Bruno me rodeo con su brazo, dándome palmaditas en el hombro. En ese momento sonó el timbre de la casa. Sin detener la casetera, nos levantamos para bajar y abrir la puerta. Eran Karla y Viridiana. Habían regresado del baby shower juntas. Viri, con el vientre hinchado se acercó y me saludó con un beso en la mejilla; para después, ir directo a los brazos de su marido. Karla me saludó con una sonrisa, como siempre lo hace. Se la devolví y le di un pequeño beso en la frente.

     —¡Hola! …. ¿Estás bien? — Me preguntó. La esposa de mi hermano no lo había notado, pero Karla se dio cuenta en seguida. Yo tenía los ojos ligeramente rojos y humedecidos.

     —Hola… todo perfectamente bien. — Le respondí, viéndola fijamente.

     Ella me sonrió de nuevo. Sentía que no podía contenerme a toda la ternura que albergaba su boca, su mirada.

     —Ven — Le dije. —Tengo que enseñarte algo. —

     La tomé firmemente de su mano. Viri miró extrañada a Bruno; él le sonrió y le hizo un ademán indicándole que nos siguiera. Subimos las escaleras lentamente. Yo seguía viendo fijamente a Karla. Conforme nos íbamos acercando, se escuchaba más la música. Quedaban los acordes finales de aquella melodía que hace mucho -sigo sin recordar cuánto- no escuchaba. A Karla se le iluminaron los ojos. Ahí fue cuando supe que su memoria no fallaba, aún después de todos estos años. Su sonrisa breve se convirtió en media luna. Viri seguía sin comprender. Llegamos a la habitación y los cuatro nos sentamos mirando atentos a la estática en el monitor mientras la videocasetera se encargaba de rebobinar la cinta. Karla me abrazó. Finalmente se escuchó un ‘click’ del aparato y la película comenzó de nuevo.

     La primera imagen era todo un clásico: barras verticales de colores cubriendo toda la pantalla. Aquello duró unos segundos y después pasó al contenido del video, éramos nosotros, jóvenes, casi adolescentes en aquel entonces…

 

Escrito por Enrique Salazar

Guadalajara, 1995 - Ciencias de la comunicación - Escritor, cineasta, crítico, docente