Como ocurriría con una biografía de un humano, la de una casa no empieza con su nacimiento. Hay algunos factores externos a la entidad en sí que determina, o al menos condiciona, su futuro antes de que el primer ladrillo sea colocado. El caso de Barril de Oro no es una excepción a esta regla. Situada en una zona cercana a Avinus (una localidad insignificante que no figuraba en los censos de la provincia), la suerte de la casa estaba ligada a la del pueblo. El lugar en sí era un monte bastante inhóspito, solo había una huella de caballos para acceder al lugar y el río más cercano estaba a tres kilómetros. El constructor y dueño de la casa (el alma primigenia de Barril de Oro) era un joven albañil entusiasta con una voluntad más fuerte que un tornado. Al terreno lo consiguió como pago por un quincho que hizo al intendente de Avinus.

En la gestación de Barril de Oro ayudaron sus cinco hermanos, su padre y dos de sus tíos. Entre todos fueron aportando para que el más pequeño de la familia consiguiera su lugar en el mundo. El nombre, Barril de Oro, se lo debía a un cactus. El cactus tiene la capacidad de sobrevivir en los lugares más desolados y la casa, si quería prosperar, debía hacerlo pese a la aridez de su entorno.

El nacimiento (cuando el joven se mudó) fue celebrado con una fiesta que duró un día entero. En esa jornada se contaron las experiencias de cada uno de los familiares  que habían abandonado la casa que los vio nacer. Además de las historias, no faltaron los consejos bienintencionados y repetidos hasta el cansancio. Mario en su prepotencia juvenil creyó innecesarios todos los consejos y advertencias, pensando que superaría cualquier problema. Esa noche durmió intranquilo, pese a la alegría que había tenido durante el día, la mudanza suponía también un desapego con el que no contaba.

En las primeras semanas de vida de Barril de Oro, la presencia de Ernesto (padre de Mario) fue casi constante para ayudar a su hijo con los distintos arreglos que iban surgiendo del uso de la casa. Su madre cebando mates era un agregado que le daba a la casa un aspecto menos inhóspito, más agradable. A decir verdad, no era que Mario no pudiera hacer funcionar a Barril de Oro por sí mismo, sino que la casa le parecía demasiado vacía y silenciosa sin la presencia de sus familiares.

Pasados los primeros meses, las visitas de sus padres se fueron distanciando y Barril de Oro se fue convirtiendo en un verdadero hogar. El silencio de la casa se fue poblando de sonidos. Algunos eran naturales como los ladridos de tres perros callejeros que habían sido adoptados por el dueño de la casa, así como unas gallinas y un caballo. Otros provenían de una radio que heredó de un tío. Además de los sonidos, se notó un cambio en las personas que frecuentaban a Barril de Oro. Ya no eran solo los padres sino que se sumó el grupo de amigos de la infancia de Mario.

Barril de Oro contaba ya con cuatro años cuando apareció su segundo espíritu. Alma, nombre de la nueva habitante de la casa, ya había ido numerosas veces. Pero en esa ocasión llegó para quedarse. En los primeros días, Alma fue modificando algunos detalles superficiales en la casa. A medida que fue adquiriendo confianza  intentó (con cierta resistencia) transformar la casa en un nivel más estructural. Hubo una tensión entre lo nuevo y lo viejo hasta que se alcanzó el equilibrio pasados unos meses. Aunque dentro de Barril de Oro predominó la estructura antigua con algunos detalles introducidos por Alma, el espacio verde alrededor de la casa fue completamente transformado con la aparición de una huerta y unas plantas florales que trajo consigo la mujer.

Cuando se alcanzó ese nuevo equilibrio, la situación interna de Barril de Oro sufrió nuevas transformaciones. Empezaron a aparecer los primeros hijos de Alma y Mario Mansilla. La casa necesitó entonces nuevas habitaciones. Durante la niñez de los hijos, las modificaciones en la casa corrían casi exclusivamente por la voluntad de Mario. Sin embargo, cuando los hijos fueron creciendo y Mario fue saliendo de a poco de su actividad, el crecimiento de la casa fue acelerado y caótico.

Podríamos decir que Barril de Oro había llegado a la adolescencia. Ya no había un alma (ni dos en armonía) que dirigiera el desarrollo. Cinco hijos y dos hijos políticos habitaban la casa, cada uno con su idea particular sobre el futuro de Barril de Oro. De la misma forma en que el adolescente humano tiene múltiples proyectos y personalidades en conflicto dentro suyo, así ocurría con Barril de Oro.

Juan compró el terreno de al lado para ampliar la casa, pero su hermano mayor, Mariano, había conseguido unos caballos “casi regalados” y le usurpaba el terreno recién adquirido. Por su lado Amanda protestaba porque los caballos le arruinaban las verduras de la huerta mientras que la más pequeña, Julia, decía que se iría cuando tuviera la primera oportunidad. Fueron unos años de grandes proyectos y grandes cambios, muchos de los cuales quedaron a la mitad.

Fue en esos años cuando, por un accidente, Barril de Oro adquirió una cicatriz que lo marcó. En una noche tormentosa, en la que los rayos se sucedían con una frecuencia aterradora, un árbol cayó encima de lo que era la antigua habitación de Mariano. Hubo otros daños menores, que en los siguientes días tuvieron que solucionar, pero al llegar a la habitación se decidió en familia (aunque fue más la imposición de Mario como jefe de la casa) que se arreglara la pared dejando parte del tronco dentro de la casa.

Llegó la etapa de la adultez de Barril de Oro. De todos los posibles futuros que albergaron en un momento u otro los habitantes, sólo quedaron algunos proyectos a medio realizar y algunas adiciones menores a la estructura original. La casa adquirió entonces una forma más definitiva (puesto que las casas, como los hombres, siempre están en un constante cambio). Hubo un éxodo paulatino de los hijos de Mario y Alma. El primero en abandonar el hogar fue Mariano, su deseo de progreso chocaba drásticamente con la mentalidad “pueblerina y pequeña” de Avinus en general y de su familia en particular. Pasados dos años, fue Juan quien se mudó. De un espíritu más tranquilo que su hermano mayor, decidió establecerse en Avinus, que le daba una mayor independencia pero no se alejaba demasiado del lugar. Por último, Julia se fue a la gran ciudad apenas cumplió sus dieciocho años, con la idea de estudiar medicina.

A diferencia de sus hermanos, Amanda no sólo que no se fue de Barril de Oro sino que asumió, junto a su marido, la calidad de nuevos señores de la casa. Por su parte, Angélica se quedó en el rol de la “tía ensimismada” como fue llamada posteriormente por los hijos de Amanda y los de Juan.

Ese fue el período más estable que tuvo la casa. Luego de una década, la situación en el pueblo cambió de manera drástica, se había terminado una fábrica que era la fuente de trabajo de más de la mitad de Avinus. Al principio no se sintió las repercusiones en Barril de Oro, ya que los habitantes no dependían de la fábrica, pero eso obligó a Juan a ir a la gran ciudad a buscar mejor suerte. Eventualmente los puestos de trabajo fueron mermando, y Amanda tuvo que abandonar la casa. Mario había muerto años atrás y sólo Alma y Angélica se resistieron a abandonar el lugar.

Había llegado la etapa de vejez de Barril de Oro. A las pocas semanas del “abandono” como decía amargamente Alma, cerraron las habitaciones que ya no se usaban y se redujo el espacio habitable. La casa se volvió silenciosa y daba la impresión de faltarles vitalidad. No había vecinos inmediatos, por lo que Angélica tenía que caminar hasta el pueblo una vez a la semana para comprar provisiones.

No pasó un año antes de que Alma muriera, oficialmente de un paro cardíaco, pero Angélica sabía que fue de tristeza. A los cinco días de la muerte de Alma, Juan y Amanda convencieron a Angélica que debía irse con ellos a la gran ciudad. Lo que más dolió a todos fue el comentario de un nieto de Amanda que al ver la casa toda arruinada dijo con su honestidad infantil “¡Qué fea casa!”. Barril de Oro quedó abandonado, un cadáver que se perdía en un pueblo que semejaba cada vez más a una necrópolis de casas.

A pesar de esa imagen de ruina y decadencia, Barril de Oro volvió a tener habitantes poco después de que la familia Mansilla se mudara a la gran ciudad. Se trataba de un grupo de lagartos overos que consideraron el lugar como un excelente refugio para pasar el invierno.

Escrito por Andrés Mazzoni

Andrés Mazzoni (Morteros, 07 de febrero de 1989). Estudió Licenciatura de Letras modernas en Córdoba, Argentina. Escribe desde que puede, lee más de lo que escribe. Ha colaborado con la Gárgola Azul. Contacto: andresmazzoni@outlook.com

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