El dolor se bautizó con mi nombre justo cuando el cielo empezó a llorar la muerte de mi padre. Atropelló una de las letras hasta volverla ‘’i’’ y finalmente nombrarse Carmín. Se puso vestido de novia y danzó frente a todos los asistentes al funeral que parecían ignorar su presencia, se puso tacones de madera en un suelo de brillante mármol, se convirtió en la ruidosa hiena y el feroz león.

Parecía siempre estar suspirando humo de cianuro que poco a poco me iba destrozando por dentro. Sus manos de lija acariciaban mi rostro hasta hacerlo sangrar y así quedar dormida. En sus pies, espinas de rosa, en sus senos bombas, en sus labios astillas, en sus ojos, el basto universo.

Carmín sonreía con ironía cuando el recuerdo se apoderaba de mí, me pegaba bofetadas que terminaban en océanos en los que yo misma me iba ahogando y salía a flote cuando el último aliento estaba a punto de escapar. En ocasiones Carmín era el ave rapaz a la espera de mi carne viva, se saboreaba tanto que parecía que aun sin voz pudiera agradecerme. Yo mientras tanto, celebraba su existencia porque al fin y al cabo estaba llenando mi soledad.

La habitación apenas para que dos o tres pensamientos vagaran en el aire era el sitio de encuentro de amantes perdidos. Nos habíamos vuelto uno, nos besábamos y amábamos que la alegría alcanzó a sentirse triste.

Carmín era hombre cuando los golpes debían ir al corazón, utilizaba fuerza de cientos de leones con hambre y atacaba sin piedad. Era mujer cuando se ponía su vestido rojo con escote que me seducía en las noches más negras. Era singular cuando la sangre fluía por las muñecas y se fundía con mis lágrimas, singular por ser externo. Era plural cuando el recuerdo de mi padre, la misma sangre de las muñecas y la soledad se mezclaban como remolino en otoño cuando todas las hojas decidían bailar al tiempo sin el cuidado de tropezar una con otra.

Carmín quitaba la sombra para que el sol quemara, luego lanzaba rayos y ponía diez piedras en el camino no sin antes taparme los ojos. Carmín sentía celos de mis sonrisas y mis recuerdos felices, se botaba al suelo, arrancaba uno por uno sus cabellos y gritaba hasta que el mundo temblaba de miedo. Lo único que podía hacer era arrullarla como a un bebé que le quitaron su juguete favorito, o al que le negaron el dulce más exquisito. Le cantaba al oído y la alimentaba con un biberón caliente, pero ella, más digna que nunca se convertía en veneno y se introducía por mi boca, se deslizaba suavemente por la garganta para que el daño fuera más profundo, caía en el estómago, se metía por las venas y ahí se quedaba a dormir.

Las noches se volvían cada vez más largas, la silueta de mi padre se postraba en los pies de mi cama casi siempre a la misma hora. Me miraba orgulloso, me sonreía, pero yo sentía que la muerte me llamaba desesperada, casi que me arrastraba por toda la habitación mientras mis uñas se aferraban al presente, desgarraba las sabanas, cambiaba los colores de las paredes, se desteñían.

Fue un catorce de abril del presente año cuando desperté por inercia, el día estaba fresco, se sentía un ambiente peculiar, algo había cambiado. Fui directo a la cocina y serví mi café, me senté en el sofá y ahí mismo pude contemplar el amanecer. Una pluma, perfectamente ubicada en el borde de la mesa, me invitaba a utilizarla. La cogí suavemente y abrí la libreta.

Escribí palabras sueltas, unas agudas, otras graves. Los caballos empezaron a galopar en el campo de la mente, trotaban sin cesar, sin detenerse, sin miedo, sin prisa. Escribí, pude escribir después de meses sin hacerlo, escribí bocanadas de risas, llanto fresco, gritos leves. Escribí hasta que las palabras exigieron que las dejara descansar.

Carmín al otro lado de la mesa, asomó su cabeza, las letras, la cogieron de los brazos, la L formó un tubo largo, y la O tomó aire hasta volverse un 0. Las demás la empujaron hasta que su cabeza estuvo dentro del 0, éste sin embargo, siguió tomando aire hasta que Carmín murió ahorcada. Escribí para que no volviera, escribí para que su muerte fuera también mi muerte, pero no una muerte física ni espiritual, sino una que me hiciera crecer. Escribí para que las olas del mar bañaran mi ser, para que su propia espuma me dibujara barbas y enormes cejas, para ser gigante y pisar al dolor ahora sin nombre.

Escrito por María Paula Vargas

Mi nombre es María Paula Vargas. Tengo 20 años y estudio sexto semestre de Creación Literaria en la Universidad Central de Bogotá, Colombia.