“Volver a trazar un periplo reitera el periplo: al decirlo una vez, vivimos dos veces. Decirlo tres veces es vivirlo cuatro”

(Michelle Onfray)

Hicimos un viaje familiar con la excusa de un Festival de Cine. Partimos a La Habana, Cuba, al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Partimos con mi hermano, el director, su hija y nuestra madre. Nuestra película se llama Sapo. La llevamos conversando hace más de 10 años. Hicimos el guión junto a mi hermano y él la filmó en tan solo dos semanas. Se post-produjo al fin tras dos años. Hoy es la diversión. Sin embargo, no nos animamos a quedarnos en esa fiesta a la orilla del malecón en el mítico 1830 y el único día que coincidíamos en la ciudad cuando exhibirían Sapo, nos equivocamos de cine.

El resto del tiempo es pasear por una capital alejada de todos los parámetros que conocemos, un mundo detenido en los 70, una década que solo mi mamá vivió. Mi hermano y yo nacimos en los 80. Mi sobrina Ema, la hija del director, en lo que vendría a ser los 2010. Alojamos en Miramar, un barrio cercano a la Quinta Avenida, ahí donde Silvio Rodríguez le cantaba a las prostitutas, “las flores nocturnas”, junto a la fila de embajadas, incluida la de Venezuela, donde se lee una gigantografía de Chávez que dice “Hasta siempre, comandante”, incorporado a un panteón heroico de mártires como Fidel, el Che, Martí, Manzano, Cienfuegos. Hasta se nos aparece un Salvador Allende con la mano en alto en la Avenida de los Presidentes. Nos esforzamos por repasar la historia, aunque seamos turistas, aunque lo nuestro sea negarla. Porque saltamos en aquella dirección “donde las cosas sucedieron”, aceptamos lo dado –como nos increpa Dean MacCannell. Allende se murió y Fidel también. Aquí la Guerra Fría no terminó el 89 con la Caída del Muro del Berlín, sino apenas cuando Raúl Castro y Barack Obama se sentaron a conversar durante la Sétima Cumbre de las Américas en Panamá. Conozco Cuba justo dos años después que eso. La historia ya fue.

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Escultura Salvador Allende en la Avenida de los Presidentes

 

En otro barrio está la Embajada de España, al costado del Museo de la Revolución. Está siempre llena de personas haciendo fila, buscando la posibilidad de tomar un vuelo que los lleve allá donde un familiar fue a buscarse la vida sin saber lo que le esperaba, tratando de torcer la historia con el orgullo de haber sido la última colonia perdida por ese imperio hoy inexistente. Con Chile hay buenas relaciones. Nos cuentan que cuesta muy poco obtener una visa. Vienen médicos a hacer su especialidad, se quedan. Hacen giras artísticas a lo largo del país con alguna asociación cultural, pero que siempre se ocupa de traerlos de vuelta a la isla.

Desde Miramar tomamos cocotaxis para que las marejadas del Malecón nos empapen y hagan chillar de felicidad a la Ema. También tomamos esos autos de los 50 que brillan de colores pasteles pero eléctricos. Nos emborrachamos pero no tanto. Es invierno caribeño y la humedad no es abrasadora. El alcohol no alcanza a evaporarse, se queda en el cuerpo. Quizás por eso tomamos menos. Aunque hacemos la ruta de Hemingway pasando por el Floridita del daiquiri y el mojito de la Bodeguita del Medio. Cantamos en el sitio donde Wim Wenders se le ocurrió eso del Buena Vista Social Club cuando estaba ya todo hecho. Recorremos la Plaza de la Revolución pensando en esos discursos de 6 horas. Nos acreditamos en el Hotel Nacional para ir a actividades del Festival a las que finalmente nunca vamos. Excusas. Recorremos un poco de Vedado, Fortaleza y los fuertes de la ciudad. Comemos langosta como si no existiera la extinción. Buscamos esa trascendencia de la totalidad, de una postal sin fueras de cuadro. Pretendemos incorporar los fragmentos de esta ciudad en una experiencia unificada. Un esfuerzo que, según nos advierte MacCannell, algo así como nuestro inquisitivo confesor en este periplo, está destinado al fracaso. Queriendo ser iguales, acaban por develarse todas nuestras diferencias, todas nuestras discontinuidades.

 

Somos unos turistas rematadamente predecibles. Somos el prototipo de la dicha. Y lo estamos, dichosos. En la fotos salimos con una sonrisa de oreja a oreja, aunque MacCannell considere que los turistas son precisamente el opuesto de la revolución. Nada más paradójico que ser turista en Cuba. Promovemos aquella disposición a aceptar (e incluso venerar) todo, de puros felices. Por un momento, permanecemos alejados del deseo de resistir y transformar las cosas.

El turista tiene una actitud que vuelve al hombre contra el hombre en una ecuación “ellos son turistas, yo no”. En un lugar como Cuba, no obstante, la guerra está perdida. Turistas somos todos. Lejos de nosotros queda el romántico viajero.

Un día partimos a Varadero. Es la vida del all inclusive que te desconecta de cualquier tipo de verdad, si es que algo así aún existiera. Pero nos llena de alcohol y comida non stop, insaciable, excesiva, dale que es gratis, aunque no, all you can, all you resist. Solo nos toca resistir la comida, nada más trascendente que eso. Y a diferencia de Foster Wallace después de su crucero de lujo por el Caribe con el fin de contar su experiencia en la revista Harpers, esto es algo supuestamente divertido que probablemente volveré a hacer. Solo que a mí nadie me paga. Sin patrocinadores ni el sarcasmo infinito, reincidiría.

El mar es perfecto. Plácido e interminable. Las piscinas en los shows no paran. Son invitaciones que te sugieren ser feliz todísimo el santo día. Normalmente habría buscado un rincón imposible donde los ecos de la frecuencia animé no llegaran, pero esta vez me sumo. Nos reímos con la Ema, que está en tránsito de quitarse los pañales. Se anda cagando por ahí. Está siempre tan contenta que no le da ni tiempo de aguantarse. No podemos dejar de mirarla, de grabarla, de hacerle fiesta. Todo el tiempo que no está cagando, ahí estamos para dejar registro de su viaje precoz.

Tomamos una rutina en solo cuatro días de desayunos y almuerzos apoteósicos. El capuccino del bar, la pasada al hall en busca de conexión cibernauta, para la fotito en instagram, para hablar con el novio que vive tan lejos, la mañana en la playa, la tarde en la piscina con bailarines colorinches que se sumergen aeróbicamente, el bingo, la sauna y esas comidas en lugares que simulan elegancia. Luego el show, los tragos de colores y quedarse conversando en alguna de las habitaciones. Matar mosquitos o algún otro bicho siniestro, un gusano de la anti-revolución. No alcanzamos a darnos ni cuenta de la extrañeza. Es tan fácil acostumbrarse a esta vida mientras vamos tomando color en la piel.

Como dice Onfray en su Teoría del viaje, su poética de la geografía, deberíamos ser capaces de inventar una inocencia, no tomar las cosas como dadas, prejuzgadas. Sin embargo, no nos creemos capaces. Asumimos este lugar bajo conceptos como devaluación, mercado, lo cerrado, lo abierto, el Estado, el control central, el liberalismo y la revolución. Somos “militantes de nuestro propio arraigo”. Y es que finalmente el viaje no conduce más que al egoísta yo, dice Nietzsche, a la dietética de los placeres, a aquel camino que “lleva a la apropiación alegre y feliz de la propia vida” (Onfray 91).

Alabamos al país. Cómo pueden tener tantas garantías sociales, ser tan educados, tan respetuosos. Tanta música, tantos hospitales, tantos cines. Su planificación central les ha funcionado. Viven realmente al margen de la locura capitalista, son cooperativos. Para algunos, su moneda está completamente devaluada, vale una tres o cuatro veces menos que los dólares que entran de fuera, los nuestros. Para otros, ellos simplemente protegen su sistema y su economía, tienen lo que necesitan. Nadie muere porque le faltó una oportunidad, por llegar tarde. La gente por la calle hace autostop y los coches están obligados a llevarlos. Nadie se queda abajo. Han plantado una bandera que reza “Territorio libre de analfabetismo” hace ya bastantes años. Una consigna que aplica en un sentido amplio. Al mismo tiempo, en Chile, un día domingo de calor hay elecciones y está ganando el candidato de derecha. Un día nefasto y frente al cual nos hacemos los tontos. Nos sentimos mal por no votar pero preferimos ni recordarlo. La diferencia entre los dos contrincantes fue mucho más arrolladora de lo que cualquiera se hubiese esperado. Ni las mentirosas encuestas lo vieron venir. Pasamos casi el día completo navegando en un catamarán echados en una red que no es de peces capturados, o tal vez sí. Nadamos con un delfín tanto más inteligente que las personas que están votando en ese preciso momento en Chile. Y que nosotros, claro. Volvemos al hotel y prendemos la TV algo ansiosos. Agarramos la señal venezolana, Telesur. El resultado nos abate. Allí nos hablan del peor escenario para el país sudamericano, mientras pasan revista de medios como El Mostrador, El Ciudadano y el The Clinic. Cantamos “Hasta siempre comandante” con coros de música cubana y tomando piñas coladas en un lugar de mentira. Y qué más podríamos hacer desde aquí. Seguiremos mandando propuestas de libros y de guiones a los Fondos Concursables del Estado, saldremos a la calle de vez en cuando a decir basta o tal vez me de por irme nuevamente del país que me tiene en arraigo, retribuyendo una beca utilizada en una disciplina inútil para el próximo gobierno. Le comento lo sucedido a una señora cubana mientras reservo alguna entretención del all inclusive. Ella me dice que es lamentable lo que pasa en el continente. En el mundo en realidad. Ella le debe todo a la izquierda y a la revolución, me dice. Si no, sería una guajirita sin derechos. Y yo estoy ahí frente a ella, con derecho a consumir y sin trabajo. Recién retornada, siento un familiar deseo de volver a huir.

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La turista en la Plaza de la Revolución

Nosotros nos quedamos con un presente ridículo o gastamos el tiempo tratando de entender en algo el pasado. Aquí, en cambio, creen en el futuro. Por eso los niños son tan venerados. La Ema es nuestro mejor pasaporte. Leo un libro de Karla Suárez, El hijo del héroe, editado por Comba, mi editorial en Barcelona. El libro habla de la guerra y de la muerte, de lo que significa llevar la historia pegada al cuerpo como una baba fría y pegajosa. Habla de Angola y esa guerra a la que enviaron a tantos y a otros les resultó tan absurda. Nosotros, por nuestra parte, vamos como a la deriva. “La muerte es hueca y se ríe de los adjetivos. Absurda, inútil, inesperada o dulce, da igual. Para vencer el susto de la muerte mis tíos varones necesitaban hacer crecer paredes en mi cuerpo. Eso. Algo que pareciera tierra firme”. A nosotros la tierra firme nos espanta y el futuro queda lejos, muy lejos. No hemos conseguido boletos para ir allí ni hemos recibido noticias de Festivales de Cine que se celebren en ese exótico lugar.

*Imagen portada: “On deck” de Malcolm Morley. 1966. Magna on canvas

Escrito por Constanza Ternicier

Constanza Ternicier (Santiago de Chile, 1985) es Licenciada en Letras Hispánicas por la PUC. Máster y doctoranda en Teoría Literaria y Literatura Comparada por la UB y la UAB, respectivamente. Autora de las novelas Hamaca (Minimocomún, 2014; Caballo de Troya, 2017) y La trayectoria de los aviones en el aire (Comba, 2016).

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