Duerme.

 

Mirarlo sería la solución:

tendido con la piel más pálida y los párpados más rígidos

negando la posibilidad de la mirada,

acercarse solamente para contemplar la respiración de quien ha emigrado al sueño

despreocupado del silencio de la alcoba,

despreocupado de las voces y los monstruos que regresan de la infancia,

del futuro arrogante que exige más de lo que ofrece.

 

Es un silencio que tumba las ansias al mirarle y disimular

que mi mundo no nació a raíz de sus ojos perdidos,

que no hay explosiones y catástrofes amurallando mis pasos

ante un cuerpo que no es solamente un cuerpo

también es la construcción de todas las tardes cuando muero

sin saber dónde poner mis huesos ni vaciar mi sangre

ni borrar la memoria.

 

Es un cuerpo

uno azul blanco verde

toda la pasión de tibia caricia

aprisionada en jeans oscuros.

 

Es el crista de un lente

donde pareciera que los animales extintos renacen con el parpadeo

porque también en sus ojos la guerra sabe distinto

y baila el humo del cigarro sobre sus pestañas de adolescente

mientras destruye con su palabra cualquier discurso sin sentido.

 

Y ahora

en esta parte de la casa

con el rostro escurrido y el camino desdibujado, deshabitado

me sabe a rayo el aliento;

oxido mis pasos para entregarme

sin excusas al cauce de mi sangre podrida,

líquidamente

liquidarme.

 

La taquicardia se esfuma

y queda su cuerpo en medio del sueño

mientras espero que despierte

y con su boca

colorear mi mundo.

Escrito por Adrián Mendieta Moctezuma

Tlaxcala, México. 1995. Ha publicado en diversos sitios impresos y electrónicos. Incluido en algunas antologías locales. Ha asistido a diversos encuentros y lecturas, locales y nacionales. Autor de Nacer del incendio (La cosa escrita, 2016).