Se me está terminando la fiesta de escribir con entusiasmo.

 —Ángeles Mastretta

Estoy en la Ciudad de México, en el último día del primer mes del año, recuerdo cómo en agosto de 2017 comencé una columna que se llama Mendigos del mar para dar a conocer a personas que en verdad están al fondo del alcance, en su obra, mezclados a la tristeza, talento no funcional, seres que no suben el oleaje o quizá ya ni respiran. Reseñar, esbozar, abrir el diálogo, aspirar a la crítica.

Estaba a punto de comenzar una revista, sería la encargada de Voces Nuevas, una segunda etapa de radio y asistir a lo que hubiera sido la presentación de mi nuevo libro en Barcelona. How cool is that? Peeero llegó el mes, el día en que no hubo nada más digno —posible— que el silencio. Es de obviarse: no era la manera en que aspiré al silencio.

Tengo la espalda contracturada, es mi manera de empatizar con los cimientos que no lograron sostenerse.

Algo así decía el texto que gracias a una tarea/encargo logré escupir después del sismo. Desde entonces: nada. En Año Nuevo me encontré a mí, Mendiga del mar, con anhelo de hundirme, transmitir. Celebrar algo. Olvidar. Y no.

Remembranzas: vives en el mismo país que vivías ayer, a diferencia de ser ahora la sirena que sabe que no existe; pues esta desesperanza citadina empieza a ser añeja en el primer mes del año, en donde no puedo salivar en calma al pensar en las personas viviendo un invierno muy distinto al mío.

Todo lo que hay aquí son palabras que le puse a algún amor, palabras que puse en Siria, publicadas, por publicar y otras que, como mi entusiasmo, quedarán a la deriva. Están aquí porque el sentimiento es el mismo. Un mal hábito. Un rumor en mi memoria. 

¿Serán un grito de esperanza? Me dijo una amiga la gente necesita esperanza, como hoy pienso que me diría: hay mucho por celebrar. Y me alegra saberla así, pero quiero tener derecho a lo opuesto. Pienso que tanto la desesperanza como el hambre nos harían al menos estirar la mano. No me causa horror o me siento en ninguna posición de juzgar a quien pudo celebrar, de hecho, siento envidia.

Recordé un letrero que alguien mencionó en un taller: La poesía no es suficiente. ¿Y la melancolía? La melancolía es todo lo que pudo ser posible y no fue. La melancolía arrasa mi idea de aquellos niños. Los niños duelen más, quiero decir: los hombres y mujeres que no llegarán a ser. No, tampoco es suficiente. Aún así, para esos niños, para ellos es que tiemblo y balbuceo.

Lo hago a modo de carta, de poemas fragmentados, a modo de impotencia y me importa. Ya que después del sismo otro amigo junto con su novia tuvieron la iniciativa de llevar cartas, palabras de aliento, compañía en tinta, hologramas de no están solos. Miré cómo pasaban los días, miré las convocatorias en las que ahora sí participaría, cerrarse, la carta que no me atreví a enviar… y este largo enero pasar como un suspiro. Pues en aquel entonces (19 de septiembre) me sentí sin derecho a expresar porque era oportuno, un protagonismo inadecuado.

Supongo que son los edificios, así como personas, que se pueden reparar, otros tendrán o ya fueron demolidos. Digamos que yo soy un dictamen atemporal. Pido perdón si detuve algún camino, si no respondí como era esperado, si no vuelvo a creer/escribir que la poesía es suficiente.

 

Debajo o encima de Tlalpan

 

I

 

México es el cielo en una tumba

un puño de ángel ha tocado su espacio

de gris se viste en gala fúnebre

refleja rostros vacíos se desliza en siluetas

mece sus cabellos

sus pasos solitarios

sin retorno

en la noche oculta de las sombras

 

Ofrezco misas silenciosas

océano de flores a esos niños

y una cruz obligada en su lugar.

  

 

II

 

Qué canto nos devuelve

su lado oscuro de ternura

 

Cómo sacar de lápidas

n e b l i n a

su infancia

que lanza piedras y nunca les sonríe.

  

 

III

 

El sudor como llanto del cuerpo

su muerte

el llanto del silencio.

  

 

IV

 

Al final del camino

cómo explicar su muerte

en esos muros

no aceptaré lo incierto

recorrido de pólvora

en el centro de su pecho

 

No habrá manera de avivar

sus pies pequeños

no será posible

colgar guirnaldas

no existirán oídos

nadie les prestará un cuerpo

quedará como recuerdo

de  a g u a

en bocanadas de humo

un epitafio breve

 

Llevaré a cuestas

un anhelo de reclamo

pues nunca es propicio

que sus nombres

escapen de la boca

al final del camino

encenderé cien velas

en su memoria.

 

Escrito por Alicia Camposalas

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