Mis codos…
Hay días en los que no puedo dejar de mirarlos en el espejo. Pellizco y juego con la piel gruesa, grisácea y casi inerte que recubre el hueso de mi articulación. La única parte de mi cuerpo que me hace sentir insegura; no puedo maquillarla o adornarla, y con el clima ardiente de Guayaquil, utilizar prendas que los recubran es casi un suicidio. Las pocas personas que se han percatado de su falta de gracia se burlan de mí cuando los ven; hacerlo no es cosa difícil, a simple vista resultan curiosamente desagradables, y al alargar tu mano para tocarlos se siente la misma sensación de adrenalina y asco que se hace presente al meter tu mano en el estanque de los sapos. Aunque al tacto se parezca más a la piel de un reptil.

¡Reptiles! A veces comienzo a creer que en realidad fui concebida como uno de ellos; que crecí los primeros seis meses de gestación con las características de una tortuga, para que al último momento el señor divino al que tanto le reza mi madre se diera cuenta de que había hecho la cagada. Tuvo tan poco tiempo para re-moldearme que se le olvidaron mis codos.

Otra de mis teorías es de que cuando estuve a punto de nacer, mi madre fue mordida por una iguana, y que sus babas entraron también a mi torrente sanguíneo. Debió ser una cosa de locos; de seguro esa es la razón por la que fui extraída de su vientre por cesárea; para evitar que me transformara en una iguana y arañe el interior de su útero con mis garras. Pero si esto hubiera ocurrido, me hubieran inyectado alguna especie de antídoto poderoso y hasta ahora no he logrado encontrar la cicatriz de esa supuesta vacuna.

La imaginación vuela cuando se trata de imaginar la procedencia de estas anomalías. De vez en cuando, creo recordar el haber sufrido un terrible accidente en bici que culminó con un trasplante de piel en los codos, y que ante los bajos recursos económicos y desesperación de mis padres, decidieron trasplantarme la piel de los codos de un muerto. Este detalle suele ser remplazado con la piel del talón, de la rodilla, o del escroto; del mismo muerto, claro.

Al final, creo que nunca sabré la verdad del origen de esta tragedia natural y no es que me preocupe tanto por ello.  Digo, al fin y al cabo ni siquiera puedo lamerlos, y no recordaría que esa área de piel está a punto de caerse a pedazos si mi madre no me reclamara a diario diciendo:

–Doménica ¡Ponte un poco de crema en esos codos!

Escrito por Doménica Concha

Doménica Concha Guerra; Guayaquil, 1998. Estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de las Artes de Guayaquil