Ella me contó mientras yo le mojaba las heridas.

Le dolía; sé que le dolía,

pero ella no quiso moverse,

se arrojó al abismo mientras se decía.

Me hablaba a mí, mientras sus ojos de plata le llovían.

Me hablaba a mí, pero se hablaba también a sí misma.

Se reconoció en su palabra,

se pudo ver en el espejo de la lengua.

Llegó la hora de coser.

Tomamos hilo y aguja y comenzó la más grande osadía.

La vi sangrar; le vi el alma desagarrada por la herida…

Entré en ella, ¡Ay!, ¡Cómo le dolía!

¿por qué entré?,  ¡¿por qué me dejaste hacerlo, dulce niña?!

luego lo supe…

Necesitabas otros ojos, unos que vieran la salida.

Te presté los míos para que te colgaras de ellos

y te abrieras paso a la luz que con los tuyos no veías.

Escrito por María A. Zorro

Estudiante de literatura y psicología de la Pontificia Universidad Javeriana-Bogotá, Colombia.